23 de julio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 6): "El Código y la Medida"

La narrativa fantástica constituye una importante vía de escapismo, en especial durante los años de infancia y juventud en los que tan importante es ejercitar los músculos de nuestra imaginación y explorar nuestro mundo interior. En efecto, las fantasías ajenas enriquecen las nuestras y ayudan a que tomen forma, se desarrollen y se independicen hasta adoptar un carácter único. En cierta forma nos permiten experimentar situaciones imposibles en nuestra vida cotidiana, explorando así facetas de nuestro ser que quizá no podamos explorar de otro modo. Leyendo un libro de la Dragonlance, por ejemplo, puedes fantasear con la idea de convertirte en un taimado y manipulador mago, en un despreocupado y alegre kender o en un curtido y despiadado mercenario. También tienes la opción de verte encarnado en un caballero de brillante armadura que obedece con ciega lealtad los preceptos de su orden de caballería, aunque ya desde niño dicha posibilidad me pareciera la más aburrida. Cuando me adentré en esta saga por primera vez hace ya muchos años buscaba la emoción del puro escapismo y por eso me vi atraído con rapidez hacia los personajes completamente opuestos a mí. Fantaseaba con tener la convicción de Raistlin, la picaresca de Tasslehoff o la independencia de Kitiara. En cambio, detesté desde el principio a Sturm Brightblade, el taciturno aspirante a caballero que regía su vida por unas leyes tan antiguas como anticuadas. Me parecía un personaje soso y aburrido que fastidiaba mis idílicas sesiones de fantasía con su personalidad apagada, su incapacidad para reconocer sus errores y su obcecada fijación en unas reglas que ni siquiera él mismo comprendía. En su momento no me di cuenta de que la razón por la que el pobre Sturm no me caía bien era porque se parecía demasiado a mí mismo. Después de todo, a nadie le gusta mirarse en el espejo y encontrar que la imagen que le devuelve está muy alejada de sus fantasías. Cuando deseas con todas tus fuerzas ser Raistlin, Tasslehoff o Kitiara, verte reflejado en Sturm supone una severa bofetada.

Ahora, muchos años después de que conociese al joven aspirante a caballero por primera vez, me he puesto a reflexionar de nuevo sobre este personaje al abordar un libro protagonizado por él en esta relectura nostálgica de la Dragonlance que estoy llevando a cabo. Titulado El Código y la Medida (The Oath and the Measure en el original, en uno de esos raros casos en los que la adaptación al castellano respetó el título en inglés), este cuarto volumen de Los Compañeros de la Dragonlance me parece un libro irregular y extraño: su propuesta inicial resulta inesperada y fresca, pero algunas decisiones narrativas cuestionables acaban lastrando el conjunto. No obstante, creo que ofrece una visión muy interesante de su protagonista, en el que se atisba el potencial oculto bajo la rigidez caballeresca y el respeto casi fanático hacia la tradición. En cierto modo, este libro es una tragedia; una tragedia sobre la oportunidad perdida de elegir un camino distinto y escapar del pasado, del peso de la herencia y de la tiranía de las tradiciones. Independientemente de la calidad del libro, su mayor logro consiste en arrojar nueva luz sobre Sturm y, por tanto, en invitar a establecer nuevas valoraciones y juicios sobre él. Aunque impulsada por la nostalgia, este relectura está siendo mucho más cerebral y analítica de lo que yo mismo esperaba, hasta el punto de que me está permitiendo desarrollar nuevos puntos de vista sobre este personaje, que antaño me pareció el más insulso de entre todos los protagonistas de la Dragonlance.

El libro fue publicado allá por 1992 y lo escribió Michael Williams, un autor responsable de otros títulos de la saga y también de algunas obras de producción más personal aunque menos conocidas. Ambientado en la juventud de Sturm y situado bastantes años antes del comienzo de las Crónicas de la Dragonlance, esta precuela nos narra el extraño episodio del primer viaje del muchacho a su tierra natal de Solamnia tras muchos años de exilio. En una época en la que los campesinos se habían vuelto contra la orden de caballeros, a los que erróneamente consideraban responsables de las calamidades que asolaban el mundo, el castillo Brightblade fue puesto bajo asedio y tanto el niño Sturm como su madre tuvieron que huir del lugar. Su padre, el Caballero de Solamnia Angriff Brightblade, quedó atrás y nunca más se volvió a saber de él, dejando en su retoño el permanente deseo de seguir sus pasos y honrar así su sacrificio. Después de pasar  años criándose en la lejana ciudad de Solace, Sturm al fin regresa a su país y se presenta ante la Orden de Caballeros de Solamnia con la esperanza de ser admitido en el futuro. Inesperadamente, la aparición de un curioso personaje llamado Vertumnus durante una celebración de los caballeros causa un gran alboroto. Vertumnus posee una magia salvaje relacionada con el bosque y la música, conjura ilusiones y parece saber mucho sobre los caballeros y sobre sus secretos. Es más, incluso parece saber la verdad sobre lo sucedido a Angriff Brightblade tiempo atrás. Alterado por la mención a su padre, Sturm se enfrenta al desconocido y le desafía a un duelo. Comprometido entonces por su honor y su adherencia al Código y la Medida, las antiguas reglas que rigen a la Orden, nuestro protagonista tendrá que recorrer Solamnia hasta llegar a los dominio de Vertumnus en el Bosque Sombrío, con el fin de concluir su combate con el mágico ser el primer día de primavera. De esta forma, el joven se equipa con espada y armadura y viaja por las tierras que podrían haber sido su hogar, encontrándose por el camino con los más inesperados compañeros de viaje: una elfa protestona, una miedosa araña gigante y un burlón jardinero que parece mejor capacitado para la aventura que cualquier caballero.

Lo primero que llama la atención de El Cógido y la Medida es la naturaleza de su antagonista, si es que puede considerarse como tal. Vertumnus, también llamado Lord Silvestre o simplemente Hombre Verde, no es el típico villano de la saga. No se trata de un mago malvado ni de una criatura consagrada a los dioses de la oscuridad, sino más bien de un ser de los bosques que no rinde cuentas a nadie y actúa siguiendo sus propias motivaciones. Esto supone un cambio refrescante tras los libros anteriores de Los Compañeros de la Dragonlance, en los que el papel del villano venía siendo interpretado por los habituales hechiceros corruptos. Sin embargo, este personaje se aborda de una manera tan críptica que cuesta entender los motivos que le llevan a inmiscuirse en los asuntos de los caballeros. Si bien es cierto que hacia el final del libro se nos ofrece una información que sirve para conectar a Vertumnus tanto con la Orden de Caballeros de Solamnia como con el padre de Sturm, la explicación se me antoja escasa como para justificar sus acciones. Dicho de otra forma, aunque pueda entender los objetivos que desea conseguir este hombre estrafalario, la manera de llevarlos a cabo me parece algo fuera de lugar, demasiado ambigua y carente de lógica. El hecho de que la corte de personajes que acompaña a Vertumnus (una pareja de dríades, una druida y su hijo) se presente de la misma forma críptica y ambigua no ayuda a entender a este grupo tan particular. Creo que la intención del autor es transmitir que, al tratarse de seres de los bosques, obedecen unas reglas propias muy alejadas de los mecanismos habituales que rigen al resto de personajes, que pese a vivir en un mundo de fantasía se rigen más o menos por los mismos principios que nosotros, los lectores. No obstante, falla al darle coherencia interna a esas reglas particulares del bosque, que parecen azarosas y sin sentido.

El tono del libro también merece ser analizado por el contraste que se establece entre la primera mitad y la segunda. Este volumen tiene mucho de comedia negra durante sus primeros compases, aunque luego deriva hacia un aire de melancolía y tristeza. Desde luego, el serio y taciturno Sturm parecía el personaje menos apropiado para una aproximación cómica y puede que por eso la primera mitad funcione tan bien. El viaje de nuestro protagonista sigue la célebre ley de Murphy, que determina que si algo puede salir mal probablemente saldrá mal. Atrapado por un tecnicismo del Cógido y la Medida solámnicos, Sturm se ve obligado a viajar hasta el Bosque Sombrío y todo le sale mal durante el viaje: se queda encerrado en las ruinas de un castillo, su espada se rompe, su caballo pierde una herradura, intenta rescatar a una elfa a la que cree en peligro y acaba siendo reprendido por ella... todo ello mientras se le agota el tiempo para llegar a su destino antes del primer día de primavera. El aprendiz de caballero termina viajando con Mara, la elfa que en verdad no necesitaba ser rescatada, Cyren, la araña gigante que en realidad no estaba atacando a la elfa, y Jack Derry, un aparentemente simple jardinero que para su sorpresa resulta ser más astuto y mejor espadachín que él. De esta forma, el escritor subvierte las expectativas del lector, que quizá esperaba una heroica aventura caballeresca en la que el protagonista demostrase su valía. Lo que se acaba encontrando es, desde luego, bastante distinto.

La visión que se ofrece aquí sobre los Caballeros de Solamnia no es nada halagüeña, de hecho. En este momento de la cronología la Orden está muy lejos de sus días de gloria, pero el autor se empeña en mostrarnos su peor cara. Aquí vemos a unos caballeros desconectados de la realidad de su país y atrincherados en sus vetustas fortalezas mientras rememoran un pasado que ya sólo les importa a ellos. Para el autor, el Código y la Medida son pesadas anclas que mantienen a la Orden en una posición de estatismo y, lo que es peor, permiten que los caballeros menos honrados se amparen en esos viejos principios para justificar sus fechorías. Resulta impactante que alguien desee ingresar en semejante grupo, sobre todo después de comprobar que la mayoría de los aspirantes son jóvenes procedentes de familias nobles y ricas que no tienen ningún respeto por sus compañeros y que desconocen el significado de la palabra honor más allá de los viejos preceptos que aseguran defender. Pese a que aún queda algún viejo caballero con fuertes creencias (el hombre de Gunthar Uth Wistan le resultará familiar a los lectores de las Crónicas), la Orden en sí parece agostada y caduca. Las acciones de Vertumnus, por cierto, parecen más enfocadas a liberar a los caballeros de su errónea visión que a atacar a la propia Orden. Es fácil empatizar con un objetivo así.


Toda esta aventura de Sturm parece destinada a abrirle los ojos al muchacho respecto a la institución de la que quiere formar parte. Su viaje por Solamnia le lleva a rememorar la historia de su familia e incluso a encontrarse con el fantasma de uno de sus antepasados, que está bastante lejos de la idílica imagen caballeresca que el joven aspirante había dibujado en su mente. Su peripecia también le lleva a conocer las circunstancias en las que desapareció su padre y a destapar la traición urdida por uno de sus compañeros caballeros. El mismo traidor se encarga de conspirar contra Sturm, emplazando varias trampas en su camino y contratando a mercenarios y asesinos para que acaben con él antes de que llegue al Bosque Sombrío. Aún así, nuestro protagonista sigue empeñado en ser Caballero de Solamnia. De ahí que la segunda mitad del libro resulte tan amarga: el muchacho tiene la oportunidad de renunciar a esa vida y buscar otro camino, pero a pesar de todo decide continuar con su empeño de ser caballero. Eso es lo que en última instancia le conduce hasta su trágico final en las Crónicas, aunque ya hablaremos de eso en su momento.

Por todo la anterior, el gran conflicto que se presenta en este libro tiene poco que ver con un duelo de espadas con un hombre mágico de los bosques y mucho con el dilema interior de un personaje que se debate entre honrar el legado de su familia o dejarlo todo atrás y conformarse con ser un simple granjero en una ciudad remota. Lo irónico es que en gran medida Sturm quiere ser caballero para seguir los pasos de su padre, pero lo que se nos cuenta aquí sobre Angriff Brightblade nos hace pensar que se trataba de un caballero que había empezado a distanciarse del Código y la Medida. Era una voz disonante dentro de su Orden y algunos incluso habían empezado a percibirlo como una amenaza, por lo que adherirse con ciega firmeza a los principios de la Orden no parece la mejor manera de honrar su memoria ni mucho menos.

Pero una cosa es el conflicto interno del personaje y otra es la trama. La una es el vehículo para el otro y normalmente ambos están fuertemente relacionados, de tal manera que la conclusión de la trama suele suponer también la resolución del conflicto. No es el caso en esta ocasión, ya que me ha parecido que la trama que se presenta y el conflicto de Sturm estaban un tanto desconectados. Por momentos la presencia del aprendiz de caballero en el argumento incluso parece testimonial, ya que su influencia en los acontecimientos es casi nula y sus acciones no parecen tener un peso real. Finalmente tiene su duelo contra Vertumnus, sí, y se le ofrece la elección de continuar con la Orden o aceptar un nuevo camino, pero luego la trama continúa sin que Sturm tenga ningún papel destacado. De hecho, el argumento sobre el traidor se resuelve en un epílogo narrado por el propio Sturm, a quien a su vez le han relatado los acontecimientos, lo cual me parece una decisión narrativa cuestionable. A los lectores nos gusta que los protagonistas tengan una participación activa en los acontecimientos de la historia, de forma que ésta suponga algún impacto para ellos y les haga evolucionar como personajes. En este caso no tengo claro que los eventos en los que participa, con frecuencia obtusos y cargados de ilusiones y metáforas propias de los seres del bosque, hagan que Sturm crezca como personaje. Al final es como si todo hubiese sido un extraño sueño que se olvida al despertar, sin dejar huella alguna en él

Otra cuestión discutible respecto a la narrativa tiene que ver con los personajes secundarios del peculiar grupo que acompaña a Sturm en su viaje. La elfa y la araña gigante tienen un trasfondo bastante curioso, pero hacia el final se produce en ellos un giro inesperado que no me parece oportuno ni bien aprovechado. Aunque perseguía la sorpresa, creo que el autor acaba restándole buena parte del interés a estos personajes y volviéndolos anodinos con esa decisión. Aunque su participación en la primera parte del libro es muy agradecida y da lugar a varios momentos divertidos, la manera en la que concluye su participación en esta historia me ha parecido insatisfactoria. Otro tanto podría añadirse del jardinero, Jack Derry, cuyas misteriosas habilidades acaban explicándose con otra de esas sorpresas que no consiguen más que hacer que el lector levante una ceja con suspicacia. Tanto en el caso de Jack como en el de los dos anteriores, el escritor complica innecesariamente a unos personajes al querer rizar el rizo de su ya compleja historia. A veces la respuesta más sencilla es también la más efectiva y a este libro, que hacia el final pierde un poco el norte con tanto discurso ambiguo, tanta ilusión y tanta magia del bosque, le habrían venido bien algunas verdades sencillas a las que poder aferrarse.

Finalmente, un último aspecto a criticar tiene que ver con su naturaleza como precuela. Esto es algo que ya he comentado en varias ocasiones, afirmando que no soy ningún extremista de la corrección cronológica, pero creo que hay un límite que debería ser respetado: en ningún libro ambientado en la época previa a las Crónicas deberían aparecer dragones o draconianos. En esta caso aparecen ambas criaturas y eso me parece forzar demasiado la cronología. La aparición del dragón está amparada por la bruma y la confusión, por lo que el protagonista no llega a conocer con claridad el tipo de enemigo con el que se ha encontrado. En cambio, sí llega a encontrarse con un grupo de draconianos, a contemplar sus verdaderas apariencias e incluso a escuchar sus voces, entrando así en contradicción con la sorpresa que genera la revelación original de estos seres en las Crónicas. Es el típico detalle molesto tan habitual en las precuelas y que puede dejarse un lado sin dificultad. Como ya he comentado, el libro tiene otros problemas mucho más severos.

En la vertiente más positiva, El Código y la Medida explora un concepto muy llamativo: el uso de la magia a través de la música. De esta forma, aporta ciertos datos sobre los modos de los antiguos bardos (un tipo de personaje no especialmente frecuente en la Dragonlance) y los efectos místicos de su música. Tantos Vertumnus como Mara se pasan buena parte del libro tocando la flauta y generando efectos mágicos con sus melodías. Esto no deja de ser una curiosidad, pero despertaré el gusanillo de los jugadores de Dragones y Mazmorras.

Sin duda lo más positivo del libro es la visión que aporta de Sturm como un hombre trágico, encadenado desde su niñez a un destino no especialmente agradable. En algunos momentos, sólo durante unos pocos, se atisba cómo sería el muchacho si no estuviese comprometido con su herencia y olvidase su deseo de entrar en la Orden. En dichos momentos parece un personaje muy distinto; uno capaz de ser libre, de disfrutar de la vida y de superar su pasado. Incluso parece un personaje con cierta vis cómica, capaz de burlarse de sus propias desventuras. Pero esos momentos son breves y cuando pasan quedan el mismo Sturm taciturno y retraído de las Crónicas, el que antepone el honor de un padre al que apenas conoció a su propia vida y el legado de una Orden que no tiene ningún interés en él a su propia felicidad  personal. Tan convencido está de la bondad y la valía de sus ideales que no se da cuenta de que le separan del resto del mundo. No los cuestiona ni reflexiona sobre el Código y la Medida a los que hace referencia el título, sino que simplemente los acepta porque es su deber como ha sido el deber de su familia durante generaciones. Por todo esto, Sturm Brightblade es un prisionero de sus propias creencias y vive toda su vida coartado por ellas, desde el momento en que se separa de su padre siendo un crío hasta su enfrentamiento final en la Torre del Sumo Sacerdote con la Señora de los Dragones Azules en el segundo volumen de las Crónicas.

Cuando empecé a leer estos libros hace muchos años el adjetivo que más asociada con Sturm era soso o aburrido, pero después de la reflexión que me ha invitado a hacer esta entrega de Los Compañeros de la Dragonalnce me parece más adecuado considerarlo triste o desdichado. Quizá consagrar tu vida a unos ideales elevados pueda considerarse un acto heroico, pero sobre todo es algo triste: al fin al cabo, el héroe siempre sacrifica su propia felicidad para estar a la altura de sus creencias.

Con esto podemos cerrar el comentario sobre El Código y la Medida, un libro con varias ideas interesantes pero un desarrollo irregular, más próximo al nivel de Qualinost que al de El Incorregible Tas o el de Kitiara Uth Matar, entregas mucho más disfrutables. El siguiente libro de la lista se titula Pedernal y Acero, penúltimo volumen de Los Compañeros de la Dragonlance, y se centra en el apasionado pero tumultuoso romance entre Tanis y Kitiara, una pareja tan atractiva como conflictiva. El título viene a ofrecer una buena metáfora sobre la relación entre ambos, ya que al igual que saltan chispas al golpear el pedernal o el acero de un yesquero, otro tanto ocurre cuando chocan dos temperamentos tan opuestos como el de estos dos personajes.

14 de julio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 5): "Kitiara Uth Matar"

Desde mi punto de vista, uno de los grandes problemas del género de espada y brujería es su visión romántica e idealizada de la vida en un mundo medieval. Todos los libros de narrativa fantástica derivados de juegos de rol tradicionales vienen a cumplir el mismo objetivo principal que dichos juegos, que es constituir una forma de evasión. Después de todo, ningún jugador de Dragones y Mazmorras quiere preocuparse por las consecuencias e implicaciones reales del estilo de vida del medievo, sino dejarse llevar por la ilusión y vivir una aventura imposible. Sería un absoluto fastidio que su cuidado personaje muriese poco antes de poder combatir contra un malvado dragón por haber contraído una simple infección o por las deficientes condiciones higiénicas de su entorno, circunstancias muy comunes en tiempos medievales. Hablamos de una época en la que la gente podía morir por algo tan banal como una caries, lo cual sin duda rompe el encanto de cualquier fantasía. Es preferible, por tanto, obviar esos aspectos y proyectar una imagen mucho menos ajustada a la realidad pero mucho más atractiva. Yo soy el primero que viene buscando evasión en muchas ocasiones, por lo que no me cuesta dejarme llevar por el engaño sin reparos. No obstante, a veces el endulzamiento que produce la pátina de fantasía e irrealidad me resulta un tanto empalagoso. En esos momentos echo en falta una visión algo más cruda de ese escenario; una en la que los personajes piensen y actúen como lo haría un verdadero habitante de la Edad Media. También ansío que se aborden las dificultades que implica el hecho de sobrevivir al aire libre y enfrentarse a las inclemencias del clima sin apenas avances tecnológicos o que se mencionen las costumbres en ocasiones repugnantes de unas gentes con escasa cultura y muy pocos medios. Por eso encuentro especialmente refrescante el libro que decide mencionar lo incómoda y arriesgada que es la vida del aventurero trotamundos en lugar de idealizarla y por eso disfruto cuando se mencionan los deficientes hábitos higiénicos de los personajes o su pensamiento retrógrado e ignorante. Por mucho que se trate de volúmenes poblados por elfos, enanos, kenders y otras criaturas imaginarias, esos toques de verosimilitud siempre les otorgan un sabor distintivo. Kitiara Uth Matar, el tercer volumen de la hexalogía titulada Los Compañeros de la Dragonlance, es uno de esos libros.

Escrita por Tina Daniell, una autora con varias entregas de la saga en su haber, esta tercera parte tiene poco que ver con las anteriores. Recordemos que Los Compañeros de la Dragonlance es la adaptación al castellano del más apropiado título inglés Dragonlance Meetings, ya que esta serie pretende narrar los primeros encuentros entre los compañeros que posteriormente protagonizarán las Crónicas de la Dragonlance. Qualinost  narró el inicio de la amistad entre Flint y Tanis, mientras que El Incorregible Tas introdujo a Tasslehoff, por lo que las expectativas iniciales me hacían pensar que este nuevo volumen reuniría al trío ya conocido con la guerrera y mercenaria Kitiara Uth Matar. Nada más lejos de la realidad, ya que Flint, Tanis y Tas están ausentes de la narración. Si hay un primer encuentro en este libro es el de Kitiara con sus dos hermanastros, Raistlin y Caramon, pero más allá de eso no hay ninguna conexión aparente con las entregas anteriores de la serie. Incluso diría que bien se podría leer de forma individual y aislada, ya que apenas requiere conocimiento previo sobre la Dragonlance. Se trata de un libro que funciona por sí mismo sin necesidad de ampararse en acontecimientos anteriores o posteriores, aunque se trata de una precuela y, como tal, adolece de los típicos problemas de todas las precuelas. Pero antes de abordar dichos problemas hay que reconocerle su merecido mérito por narrar una historia de fantasía cruda y mordaz, alejada del romanticismo con el que se aborda el género con tanta frecuencia y con cierta carga de discurso social. No en vano ésta es una historia protagonizada por una mujer inmersa en un mundo de hombres, por lo que sus aventuras no son para nada sencillas.

Como muchas campañas de Dragones y Mazmorras, el inicio de este libro trata sobre abandonar la seguridad del hogar y lanzarse al mundo exterior en busca de emociones, riquezas y gloria. Nuestra protagonista es la joven Kitiara Uth Matar, hija de Gregor Uth Matar, un caballero que por alguna razón misteriosa ha abandonado su noble orden y vende sus servicios como mercenario. Tal es la admiración que Kit siente hacia su padre que desde niña está convencida de querer seguir sus pasos y convertirse en una guerrera que luche a su lado, certeza que sigue intacta después de que Gregor la abandone siendo niña. Sin embargo, el destino no deja de ponerle trabas para seguir los pasos de su progenitor. Tiempo después de la marcha del cabeza de familia, su enfermiza madre, Rosamun, se empareja con otro hombre y da a luz a los gemelos Rastlin y Caramon, pero es incapaz de atenderlos. Kit recibe entonces la responsabilidad de cuidar a los recién nacidos, en especial al débil Raistlin, que estuvo a punto de morir en el parto y que ha heredado la delicada constitución de su madre. Separada de Gregor, distanciada emocionalmente de su madre y atrapada en una vida que no desea, nuestra protagonista va acumulando frustraciones hasta que se le presenta la ocasión perfecta para dejarlo todo atrás y salir al mundo exterior. Atraída por un encuentro demasiado oportuno como para ser casual, Kit decide enrolarse en un grupo de mercenarios, pero lo que en otro libro sería el inicio de una serie de alegres aventuras descubriendo tierras lejanas, robando tesoros perdidos o luchando contra seres malvados, aquí pronto se tuerce y muestra una vertiente mucho más descarnada. Los mercenarios se aprovechan de su inexperiencia, la utilizan y poco después la abandonan a su suerte. Tras esto, la verdadera aventura consiste en sobrevivir y seguir adelante en un mundo claramente hostil, donde los idealistas son pisoteados y sólo los más despiadados consiguen medrar.

Por mucho que estemos hablando de un libro escrito en la década de los 90, durante una época en la que las inquietudes sociales de hoy en día no tenían apenas espacio para el debate, percibo cierta rebeldía en esta historia. Otros personajes de la Dragonlance lo tienen relativamente fácil para ser aceptados como aventureros nada más abandonar su hogar, sobre todo los masculinos. En cambio, Kit tiene que esforzase continuamente para ganarse el respeto de los que hay a su alrededor. Es más, incluso tiene que enfrentarse a la presión que ejercen ciertos personajes de su entorno, que prefieren verla dentro de una cocina que enarbolando una espada en mitad de la espesura. No es que el libro tenga un claro tono reivindicativo, pero sí se intuye cierta consciencia por parte de la autora de que las mujeres no lo tienen fácil en este mundo de fantasía eminentemente masculino. Además de constituir un punto con el que resulta fácil empatizar, esto también le aporta a la historia de Kit ese toque de verosimilitud que tanto me gusta. Este mundo medieval es hostil, sí, pero lo es aún más con las mujeres. Por eso nuestra protagonista tiene que dejar atrás todo idealismo y adoptar una moralidad más bien laxa, pragmática y propia de un superviviente. Durante su primer viaje por el mundo, Kit abandona la fantasía de reunirse felizmente con su padre desaparecido y se endurece, se vuelve astuta y muestra lo despiadada que puede llegar a ser. Así se forja su fuerte individualismo y nace su leyenda; una leyenda capaz de eclipsar las hazañas de su padre.

Pero como ya apunté antes, esto es una precuela y la Kitiara que encontramos aquí está aún lejos de ser la guerrera legendaria que aparece en volúmenes posteriores de la saga. Creo que el libro hace un buen trabajo encaminando al personaje hacia su destino, pero su propia naturaleza como precuela juega en contra de su propuesta. Me explico: hay dos aspectos negativos de los que rara vez suelen escaparse las precuelas y el primero de ellos tiene que vez con la irrelevancia de sus propuestas y la carencia de sorpresas. Cualquier precuela debe cuidarse de no introducir elementos persistentes que no estaban presentes durante la historia en la que se basa, por lo que sus herramientas narrativas están coartadas de antemano. Los personajes nuevos introducidos en una precuela están destinados a morir, a marcharse o a desaparecer, ya que no estaban presentes en la historia original. Así, su presencia parece condenada a resultar irrelevante desde el principio. Queda en manos del escritor el saber emplear a esos personajes aparentemente intrascendentes para impulsar el arco del protagonista, de forma que los eventos del libro supongan un avance en su desarrollo y no la mera sucesión de eventos vacíos para rellenar su cronología. En este caso, me parece que a Tina Daniell le cuesta bastante dar forma al arco de Kit, mostrando muchos de esos encuentros vacíos que no parecen llevar a ninguna parte. El libro introduce un buen puñado de personajes nuevos de los que se intuye que tendrán escasa relevancia y su impacto sobre nuestra protagonista es irregular. No todos contribuyen a forjar su personalidad o a mostrarle una faceta del mundo en el que vive, por lo que algunos episodios caen dentro de esa categoría de simple relleno para la cronología y no tienen gran importancia.

Es posible que esto último se deba a que el libro no tiene un arco argumental claro durante buena parte. De hecho, el primer tercio no es más que un prólogo ampliado y desde ahí el argumento parece ir perdiendo el norte poco a poco hasta que la autora, en un momento inesperado y muy inteligente, reconduce la narración y desvela cuál era la verdadera trama de la historia. De esta forma, el libro se cierra con un clímax tanto argumental como emocional que me parece de lo más apropiado y que sirvió para cambiar mi opinión final sobre el conjunto una vez acabada la lectura. Después de todos los prolegómenos, resulta que en su conclusión esta historia sí que sirve para forjar el carácter de Kit y para enseñarle un par de lecciones valiosas. La primera es que uno no puede escaparse de las consecuencias de sus propias acciones y la segunda y más importante es que para sobrevivir no hay que confiar en nadie más que en uno mismo. El futuro del personaje le lleva por senderos oscuros y el título original del volumen (Dark Heart) resulta mucho más apropiado para insinuarlo que el castellano. Quizá hubiese preferido que la autora se ahorrase los desvíos previos para llegar a este punto, pero reconozco que es precisamente la distracción que generan dichos desvíos lo que acaba haciendo que el giro final impacte con tanta fuerza.


El otro aspecto negativo en el que suelen recaer las precuelas es el de las inconsistencias y contradicciones. Cuando una cronología es tan extensa y ha sido desarrollada por tantos autores distintos como la de la Dragonlance, es casi inevitable encontrarse tarde o temprano con algunos detalles que no encajan del todo bien. En este caso, se trata de los años de infancia de los gemelos, Raistlin y Caramon. Los eventos más destacados de esos años, en especial la entrada de Raistlin en la escuela de magia, han sido abordados por otros libros (por ejemplo Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia, ambos ya comentados en este blog) y la historia narrada aquí difiere en varios aspectos. En Kitiara Uth Matar, Raistlin acude a la escuela de un mago llamado Morath mientras que en Raistlin, el aprendiz de mago, el chiquillo ingresa en la escuela de Maese Theoban. Hay sustanciales diferencias no sólo entre ambos maestros sino también entre ambas versiones de la escuela, para gran fastidio de los obsesos de la cronología. Sucede lo mismo con el episodio de la agonía y muerte de Rosamun, que es algo diferente al que se narra en el otro volumen. No obstante, cabe destacar que Kitiara Uth Matar se escribió antes que Raistlin, el aprendiz de mago, por lo que la responsabilidad de las incongruencias debe recaer sobre el segundo. Pero claro, resulta que Raistlin, el aprendiz de mago, por su mayor popularidad y trascendencia, se acabó erigiendo en la versión canónica y tiene mucho más peso que el presente título. Sea como sea, la lectura de cualquier precuela debería implicar cierta flexibilidad hacia la continuidad cronológica. Para esta precuela en concreto quizá haga falta un extra de flexibilidad, aunque desde luego esos detalles menores no impidan disfrutar de su propuesta.

También cabe mencionar que usar a Raistlin como secundario en la historia de otro personaje es un riesgo, ya que el joven y carismático mago tiende a acaparar la atención tanto de escritores como de lectores. Da la impresión de que la autora se olvida por momentos de que Kit es la protagonista, hasta el punto de dedicarle un par de capítulos casi por entero a su hermanastro. Pero esto sólo sucede durante los compases iniciales, claro está, ya que cuando arranca el viaje de Kit se renueva por completo el elenco de secundarios. Los más destacados son sin duda los miembros del grupo de mercenarios al que se une la muchacha, una buena selección de personajes de dudosa confianza y pasado oscuro: El-Navar, el exótico karnuthiano que oculta una naturaleza dual; Ursa, una especie de figura paternal distorsionada para Kit que sabe más sobre Gregor Uth Matar de lo que aparenta; Radisson, un ladronzuelo con aspecto de comadreja; Pesquis (Tristón para los amigos), un lacónico aficionado a la magia; y, finalmente, Colo, una rastreadora de aspecto salvaje y costumbres extrañas. Lo curioso es que, pese a ser personajes moralmente reprobables, el libro hace un buen trabajo construyendo un sentimiento de camaradería entre ellos. Camaradería, que no afecto; pues no es lo mismo una cosa que la otra. Aún sabiendo que en última instancia serán personajes poco trascendentes para el futuro, resultan bastante llamativos. Es posible que la tensa relación entre Ursa y Kit, que nunca llega a definirse de forma clara, sea la más interesante del libro.

Algo tiene que hacer bien la autora para que sea tan fácil conectar con sus personajes, incluso con los más irrelevantes. Hay momentos en apariencia insustanciales que logran con facilidad que el lector sea partícipe de sus desventuras. Tal es el caso del capítulo en el que Kit se oculta en un pueblucho de mala muerte y acaba haciendo buenas migas con Mita, un muchacho huérfano, y Paulus, un enano solitario. La escasa trascendencia de los personajes secundarios no impide establecer un vínculo emocional con ellos, por lo que cuando golpea la tragedia su impacto es devastador. Ya sea la de un curtido mercenario, la de un personajillo humilde o la de una pobre yegua, la muerte golpea con inesperada dureza en este libro. No es de extrañar, por tanto, que Kitiara acabe volviéndose tan despiadada, ya que el mundo entero parece conspirar en contra de sus deseos. Justo cuando parece encontrar su lugar entre los mercenarios, llega la traición. Justo cuando parece encontrar el amor con Patric, el hijo errante de una familia noble, todo sale mal. Justo cuando por fin encuentra una pista sobre el destino de su padre... bueno, no es para nada lo que esperaba.

Aunque apenas aparece durante un par de páginas al principio, Gregor Uth Matar es uno de los personajes más presentes a lo largo de la narración. Podríamos decir que la búsqueda de Gregor es el hilo conductor de la historia, aunque no siempre lo sea de una forma evidente. También es el catalizador del efectivo giro final, bastante inesperado por las circunstancias en las que se produce. Aún así, el misterio en torno a Gregor queda lo suficientemente abierto como para que Kit nunca pueda encontrar la respuesta que ha pasado toda su vida buscando, cosa que tengo que aplaudir. Digamos que nuestra protagonista sale al mundo exterior siendo una niña que busca a su padre, a quien tiene en un pedestal. Por el camino descubre que quizá Gregor no era tan honrado como parecía ni suscitaba la misma lealtad en los demás como en ella, lo cual lleva a la muchacha a replantearse las pocas certezas que habían condicionado su vida hasta el momento. En cierto sentido, durante la búsqueda de su padre, Kitiara escapa de su sombra y se encuentra a sí misma. Había esperado luchar al amparo de su padre, pero nunca se había planteado la posibilidad de superar los logros de su progenitor y hacerse un nombre propio. Así, el epílogo de la historia sirve para que nuestra protagonista haga las paces con su pasado y se desvincule de su legado, abriéndose a un futuro en el que podrá demostrar su valía por sí misma. Ya no es la hija de Gregor, sino un ser independiente, temerario, despiadado y, en resumidas cuentas, libre.

Finalizada esta disfrutable entrega, el siguiente volumen de Los Compañeros de la Dragonlance cede el papel central a un personaje que nunca me llamó demasiado la atención y que quizá sea el más soso entre todos los aventureros que protagonizan las Crónicas. El próximo libro a comentar se titula El Código y la Medida y está centrado en Sturm Brightblade.

8 de julio de 2017

[Animación] Castlevania según Netflix: un comentario sobre la primera temporada


El siguiente texto contiene SPOILERS sobre la trama de la primera temporada de la adaptación de Castlevania.

Empezaré por sincerarme y reconocer que mi conocimiento de la franquicia Castlevania es muy superficial y viene de haber jugado un rato a un par de juegos (Symphony of the Night y Lords of Shadow, para más señas) sin haber llegado a completarlos. He estado documentándome en la red, pero tanto la cronología de la saga como el árbol genealógico de sus protagonistas me parecen sendos galimatías. Aunque no me falta interés, carezco de la paciencia y del tiempo necesarios para sumergirme en los numerosos juegos y asimilar en detalle su historia, su contexto y sus señas de identidad. Lo que me ha atraído a la serie de animación recién estrenada por Netflix no ha sido, por tanto, la veterana franquicia de Konami, sino el nombre de uno de los implicados en el proyecto: Warren Ellis, un escritor a quien respeto y que ha producido algunos cómics que considero esenciales para entender el panorama de las últimas décadas. Baste con mencionar títulos como The Authority, Planetary o Transmetropolitan para recalcar la importancia de este autor. Si bien es cierto que la serie ya tenía ganado cierto interés por mi parte al tratarse de una producción de animación, siendo como soy un gran aficionado a la animación tradicional, la presencia de Warren Ellis fue lo que terminó de decantar la balanza.

Pues bien, tras haber visto los cuatro capítulos que constituyen la primera temporada, no puedo estar más decepcionado respecto a la participación de Ellis en esta adaptación de Castlevania. El guión me ha parecido convencional y perezoso, además de carente de personalidad. Me ha resultado difícil adivinar las rasgos estilísticos que asocio al trabajo de este guionista más allá de las típicas frases malhabladas de su protagonista y de algún chiste subido de tono sobre fornicar con cabras. Por otro lado, el desarrollo de la historia es sumamente previsible, sin ningún giro sorprendente ni ninguna vuelta de tuerca que consiga subvertir las expectativas del espectador. Siendo Ellis un guionista al que le gusta retorcer los tópicos y añadir distintas capas de lectura a sus historias, esto es un tanto decepcionante. Imaginaba que se las habría ingeniado para introducir subrepticiamente una lectura social o política en un argumento en apariencia tan trivial como el de un cazavampiros enfrentado al vampiro por antonomasia. No ha sido el caso, desde luego.

Por si lo anterior fuera poco, esta versión de Castlevania contiene algunos recursos narrativos que me parecen mal empleados, en especial las elipsis del primer episodio. Una elipsis es un salto temporal que suprime de forma deliberada algunos acontecimientos de la narración con el objetivo de dejar al espectador intrigado y tratando de rellenar por sí mismo ese hueco. Bien empleado, este recurso asegura la sorpresa y potencia la implicación del receptor de la historia que se está narrando, pero para ser verdaderamente efectivo requiere haber establecido antes un contexto y haber proporcionado suficiente información previa al espectador para que el salto temporal no le resulte confuso. Es decir, que los personajes y su entorno deben haber sido introducidos de manera adecuada antes de saltar hacia adelante. Dicho de forma más sencilla: si apenas conocemos a un personaje, ¿por qué debería importarnos lo que le suceda en el futuro? Sólo un narrador torpe utilizaría una elipsis nada más iniciarse una historia, cuando aún no se ha presentado al espectador el marco en el que transcurren los sucesos narrados ni los personajes que son objeto de los mismos. Esto es justo lo que hace el primer episodio de Castlevania con el personaje de Lisa. Cuando apenas se ha presentado en la misma escena con la que arranca el capítulo (Lisa llegando al castillo de Drácula), el guión da un salto adelante en el tiempo y muestra su muerte en la hoguera. Puesto que aún no se ha visto qué es lo que hace que este personaje sea especial ni cuál es la influencia que ha tenido sobre Drácula, resulta muy difícil empatizar con ella y con la reacción del vampiro ante la muerte de su amada. Esto es una elipsis mal empleada que además fracasa en su intento de impactar al espectador: ¿por qué debería preocuparme ver que Lisa arde en la hoguera si apenas sé nada sobre ella?


El primer capítulo no había hecho más que empezar y ya me había encontrado con un problema narrativo impropio de Ellis. Fue la primera señal de alarma, pero no la última. La propia estructura de los capítulos me fue resultando cada vez más desastrosa a medida que avanzaba la temporada. Estos cuatro episodios carecen del ritmo que se espera de una serie de televisión, lo cual es evidente en sus poco inspirados finales. Esperaba al menos unos cliffhangers que supiesen atrapar al espectador, cosa que no he encontrado. El guión no parece haber sido escrito para ser dividido en cuatro capítulos consecutivos, sino que me ha parecido más propio de un largometraje que ha sido cercenado en cuatro segmentos de similar duración. Hay quién dirá que no importa si es una película o una serie, ya que se trata de una producción de Netflix y lo que se lleva hoy en día es verse todos los capítulos del tirón, pero en realidad hay una gran diferencia en cuanto a la narración que se espera de una película y la que se espera de una serie. Una buena serie debe ser consciente de su formato y hacer que los episodios que la conforman funcionen no sólo en su conjunto, sino también de forma individual. No es el caso de Castlevania, que funcionaría mejor como película individual que como serie.

Todo lo anterior me hace plantearme hasta qué punto ha llegado la implicación de Ellis en este proyecto animado. Sé que la adaptación de Castlevania llevaba bastante tiempo rumoreándose, por lo que es bastante posible que la producción pasase por diversas fases antes de alcanzar su forma final. Es probable incluso que parte del guión (o quizá hasta parte de la animación) estuviese ya realizado antes de que Ellis entrase a colaborar con el estudio. Si es así, el guionista tuvo que adaptarse a las circunstancias y trabajar con el pobre material con el que contaba. He leído que originalmente fue contratado para escribir el guión de una película, lo cual me encaja. El guión de estos cuatro episodios sería pues una simple revisión del guión para el largometraje con algún que otro arreglo. Quién sabe, puede que Ellis simplemente lo considerase un trabajo alimenticio y no le dedicase mucho tiempo ni esfuerzo. En cualquier caso, el resultado queda muy lejos de cualquiera de sus trabajos anteriores.

Nótese que no hablo de la calidad de la serie como adaptación de los videojuegos de Konami, ya que no me siento capacitado para ello. Sólo me he referido a su calidad narrativa, que es más bien escasa. Nos encontramos ante la típica historia de un héroe que se ha apartado de su camino y se presenta en un primer momento como alguien rudo y maleducado. El azar le lleva poco después a encontrarse con una mujer que le hace replantearse su postura moral y retomar su papel heroico. No es nada que no hayamos visto cientos de veces con anterioridad y ni siquiera destaca por ser una historia bien narrada. No sé hasta qué punto los personajes son fieles al material de partida, pero hasta dónde yo conozco la franquicia todos sus personajes son estereotipos bastante clásicos. Opino que hubiese resultado mucho más atractivo enfocar la historia de otra manera, por ejemplo narrándola desde el punto de vista del antagonista (Lords of Shadow hacía algo similar, de hecho). Desde mi punto de vista, esta serie habría ganado algunos puntos si en lugar de estar centrada en el cazavampiros Trevor Belmont hubiese estado narrada desde la perspectiva de Drácula. Como mínimo habría servido para que todo resultase un poco menos trillado.

Dejando la narrativa a un lado, hay que reconocer que la animación es modesta aunque cumplidora. Está claro que el estudio no ha contado con un amplio presupuesto y en algunas escenas esto es más que evidente. Puede percibirse el interés por reflejar la estética de los juegos y, de hecho, el diseño de los personajes parece bastante fiel al de sus contrapartidas pixeladas, lo cual es de agradecer. También hay algunas escenas que les han quedado bastante resultonas, en especial el combate final entre Trevor y Alucard (del que hablaré con más detenimiento en unos instantes). No obstante, el resultado final se queda dentro de la media. Series como Legend of Korra o la nueva Voltron (también disponible en Netflix) superan con creces lo visto en Castlevania, aunque una comparación directa sería injusta si tenemos en cuenta los presupuestos y el tamaño de los estudios responsables.


Lo que sí me ha disgustado de la animación es el uso del gore, que en lugar de emplearse para reforzar la contundencia de la ambientación parece usarse más bien para generar un impacto gratuito en el espectador. Quizá hubiese cumplido con su objetivo si no hubiese sido un gore tan... contenido, creo que es la palabra que mejor lo define. La serie cuenta con muchas imágenes de violencia explícita, sí, pero nunca "demasiado" explícita. Este es un gore tímido y temeroso de resultar escandalosamente excesivo, que guarda un decoro que no es necesario en una producción adulta. Esta es una historia sobre un cazavampiros que lucha contra demonios con su látigo, se supone que el propio Infierno se ha desatado sobre la tierra liberando sus peores horrores y no olvidemos que hablamos de una serie de animación, con todo el margen que eso proporciona a la hora de mostrar violencia. No entiendo que los animadores se hayan quedado a medio camino cuando podrían haber dado rienda suelta a la sangre, a los seres grotescos y a los desmembramientos más imaginativos. A saber si Konami o Netflix han tenido algo que ver en esto. 

En resumen, hasta ahora he comentado que el argumento es predecible, la narrativa es algo torpe, el toque de Warren Ellis es casi inexistente, la animación es del montón y el gore no es tan exagerado como podría ser. He sido bastante severo en mi valoración, pero lo cierto es que estos cuatro capítulos me han resultado bastante entretenidos. No sé cómo habrán sido recibidos por los aficionados a la franquicia, pero para alguien como yo, cuyo conocimiento sobre la saga de los Belmont es escaso, la serie supone una introducción interesante. Está lejos de ser una gran serie, desde luego; no sólo porque sus valores de producción son reducidos, sino porque le faltan imaginación, descaro y ganas de innovar. Esta versión transita por senderos bien conocidos por todos y sorprende más bien poco. En mi caso, aún con mi escaso conocimiento sobre los juegos, pude deducir que la chica perdida que Trevor busca en determinado momento iba a ser una hechicera de la familia Belnades y que el personaje misterioso que dormía bajo la ciudad iba a ser Alucard, el hijo de Drácula y Lisa. En ese sentido, la carencia de sorpresa me parece un punto negativo, aunque también puede verse como algo positivo: la serie ofrece nada más y nada menos que lo que se espera de un Castlevania. Es una adaptación fiel y competente, aunque no brillante, lo cual no es poca cosa en esta época de adaptaciones mediocres y poco respetuosas con su fuente original.

Personalmente, lo que consiguió ganarme después de todo fue el combate final del cuarto episodio. He tenido la impresión de que el personaje de Alucard es sin duda lo mejor de la serie pese al poco tiempo que tiene en pantalla. Puede que esto se deba a que es un tipo de personaje mucho más afín a mis gustos que Trevor o puede que me enamorase de la forma que han tenido los animadores de caracterizarlo, proporcionándole un estilo de esgrima caballeresco (Alucard lucha con un brazo a la espalda, como los esgrimistas), pero me ha parecido que tiene mucho más gancho que los otros dos protagonistas. Trevor Belmont, pese a sus ácidos diálogos (muy bien apoyados por el doblaje, por cierto), me parece muy plano. Sypha Belmades me gusta un poco más y creo que los animadores han encontrado una forma muy vistosa de plasmar su uso de la magia, aunque temo que su independencia inicial se acabe diluyendo y acabe destinada al rol de damisela en apuros en el futuro. En cualquier caso, Alucard roba la escena desde el momento en que aparece y relega a ambos a un segundo plano.


Para ir concluyendo este comentario, considero necesario indicar que el contenido que Castlevania empieza ofreciendo es algo pobre. Es un poco triste, pero habría que considerar que esta primera temporada no es más que un prólogo o incluso un episodio piloto. La historia introduce la amenaza de Drácula en el primer capítulo, pero los tres siguientes la dejan de fondo mientras se dedican a reunir a los tres aventureros que acudirán al castillo del señor de los vampiros a fin de derrotarle en la siguiente temporada. Así pues, el capítulo cuatro acaba de forma brusca con un final tan abierto que me ha resultado algo insatisfactorio pese a la introducción de Alucard. En definitiva, más que considerarla una temporada inicial habría que pensar en ella como en un entrante o un aperitivo; un aperitivo bastante escaso y algo insípido, sí, pero con posibilidad de mejorar su sabor en el futuro. Soy optimista respecto a la segunda temporada, que ya ha sido confirmada y doblará el número de capítulos. Si se trabaja un poco más el guión mientras la animación se mantiene competente se puede obtener un muy buen resultado. Hay un amplio margen para mejorar, sin duda, en especial en lo referente a la narrativa.

Mientras tanto, nos quedamos con una primera temporada que no aprovecha del todo su potencial y tiene algunos fallos, pero que también tiene algún momento memorable (el combate entre Trevor y Alucard, una vez más) y, en el fondo, se deja ver. Ojalá tenga éxito y, además de propiciar una continuación mucho más redonda, permita que otras producciones de animación similares obtengan la luz verde. Hoy en día la animación occidental está más enfocada al público infantil que a las audiencias adultas y las pocas propuestas adultas tienden mas hacia la comedia (Rick and Morty BoJack Horseman, entre otras) que hacia la fantasía, por no mencionar que las técnicas tradicionales están de capa caída ante la prominencia de la animación digital. Por todo ello, encontrarse con una serie de animación tradicional como Castlevania, por floja que sea, es un pequeño regalo. Esperemos que otras sigan su ejemplo y encuentren su sitio, ya sea amparadas por Netflix o por otras plataformas.

6 de julio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 4): "El Incorregible Tas"

Hay tantas historias distintas dentro del género de espada y brujería que es inevitable que acaben mezclándose en nuestra cabeza. Después de todo, la gran mayoría comparten rasgos comunes o transcurren en mundos similares. Por este motivo es importante que cada mundo de ficción introduzca elementos distintivos propios que le permitan diferenciarse del resto y destacar en algún aspecto. En el caso de la Dragonlance dicho elemento son los kenders, unos graciosos hombrecillos con tendencia a apoderarse de las posesiones ajenas. Aunque en el fondo no son tan distintos a los halflings o medianos que presentan otras sagas de narrativa fantástica como El Señor de los Anillos o los Reinos Olvidados, la Dragonlance enfoca a los kenders de forma que consigue presentarlos como seres únicos dentro de su género. Se puede pensar en ellos como en una versión descarada y cleptómana de los hobbits si se quiere, aunque esa me parece una visión muy reduccionista. A mi modo de ver, los kenders son seres que encarnan la esencia misma de la aventura. Son viajeros por naturaleza, ignoran lo que es el miedo, no son nada conservadores, se arriesgan sin pensárselo dos veces y siempre están dispuestos a descubrir algo nuevo. Por otro lado, no comprenden las costumbres ajenas ni se sienten atados por el concepto de propiedad privada, aunque también son abiertos y sinceros. Se diría que son incapaces de pensar o hacer algo malvado, ya que son criaturas consagradas al disfrute y a la alegría.

Uno de los rasgos característicos de estos personajillos es el fenómeno que experimentan durante sus años de juventud y que supone una especie de rito de transición entre la adolescencia y la vida adulta: el "ansia viajera" (o wanderlust en el original). Se trata de un impulso innato e irresistible que hace que el joven kender abandone su hogar y se dedique a viajar sin rumbo por el mundo, viviendo aventuras y visitando tierras lejanas. Dicho impulso puede durar años y es el motivo por el cual los kenders están tan extendidos por este mundo imaginario. Quizá también es el motivo por el que son considerados una molesta plaga por otras razas, en especial por los humanos. La insaciable curiosidad de los kenders suele llevarles a meterse en problemas, para regocijo de los lectores que gozamos de sus historias.

En esta ocasión quisiera hablar de un libro protagonizado por el kender más célebre de todos, Tasslehoff Burrfoot, uno de los personajes más graciosos y entrañables de la Dragonlance. El segundo volumen de la hexalogía Los Compañeros de la Dragonlance se titula El Incorregible Tas y narra el primer encuentro del kender con Flint y Tanis durante su ansia viajera (de hecho, el título en inglés del libro es Wanderlust). Si el anterior volumen (Qualinost, comentado en la anterior entrada) era una historia reposada y tranquila en la que se iba fraguando poco a poco la amistad entre el enano y el semielfo, esta segunda entrega es como un torbellino de acontecimientos motivados por la participación de Tas. Nos encontramos ante una historia de aventuras desenfada y sin complejos, que pese a ser una precuela situada varios años antes de las Crónicas de la Dragonlance (verdadero punto de inicio de la saga) no tiene problema en recurrir a la extensa mitología de este universo de ficción o incluso en añadir elementos nuevos a dicha mitología.

Hay ciertas historias que se mencionan varias veces a lo largo de la Dragonlance sin llegar a desarrollarse nunca del todo, como el incidente de Flint con el bote que llevaría al enano a odiar cualquier medio de desplazamiento sobre el agua o las aventuras de Tas con un anillo mágico teletransportador. Una de esas historias era la del malentendido con cierto brazalete forjado por Flint que acabó en posesión de Tas por obra y gracia de sus ágiles manos de kender. Ese episodio del brazalete es el que llevaría a Tas a conocer y entablar amistad con Flint y Tanis. Pues bien, El Incorregible Tas se encarga de desarrollar ese episodio bien conocido por los lectores de la saga de maneras sorprendentes. ¿Y si el brazalete no era una simple pieza de metal sino un objeto mágico con capacidades sobrenaturales? ¿Y si hubiese sido encargado por un personaje misterioso que debía cumplir una misión? ¿Y si la intervención del kender hacía que el brazalete acabase en manos de un enemigo terrible? ¿Y si para recuperarlo los compañeros tuviesen que vivir una aventura peligrosa y excitante que les llevase a conocer tierras lejanas y seres extraños? Así, lo que había sido presentado en otro libros como una simple anécdota menor, aquí se convierte en una aventura extraordinaria.

Por una parte, convertir ese pequeño incidente en la chispa que pone en marcha una cadena de acontecimientos que acaba desembocando en una historia de altos vuelos me parece un gran acierto. El libro es un continuo crescendo que empieza con una simple feria y acaba con una batalla enorme contra un hechicero oscuro, un gigante y dos minotauros de piedra, por lo que deja poco espacio para el aburrimiento y no deja de sorprender hasta su conclusión. No obstante, por otro lado me parece que resulta un tanto excesivo como precuela que es. Me explico: el punto de partida que suponen las Crónicas indica que en ese momento se cree que los dioses han abandonado el mundo de Krynn y uno de los motivos que lleva a los protagonistas a reunirse tras varios años separados es precisamente poner en común los hallazgos obtenidos durante su búsqueda de pruebas de la existencia de los viejos dioses. Teniendo esto en cuenta, hay que mencionar que El Incorregible Tas fue escrito mucho después de las Crónicas, aunque cronológicamente sea anterior. En este libro los personajes se enfrentan a un mago malvado que está en comunión con uno de los viejos dioses. Tas incluso llega a escuchar la voz del dios hablando con su esbirro, lo cual  no encaja del todo bien con esa posterior búsqueda de pruebas de la presencia de las divinidades. Es más, al final el kender acaba en posesión del objeto que usaba el mago para comunicarse con el dios. ¿Y dicho objeto no es acaso una prueba de la presencia de las divinidades en Krynn? Diría que este problema  de coherencia es común en la mayoría de las precuelas de esta saga y sólo resulta molesto para aquellos que están obsesionados con su cronología, lo cual no es mi caso. Soy consciente de que tener a los personajes expuestos a la influencia de un dios maligno debería darles pocos motivos para dudar de la influencia de las deidades en el futuro, pero hay que concederles cierto margen a las precuelas para que usen aspectos de la saga posteriores a las Crónicas. De lo contrario, estos libros tendrían muchos menos elementos con los que construir sus historias.

Quería mencionar esa circunstancia porque es algo que he pensado varias veces mientras leía el libro, pero incido en que no es algo que me haya impedido disfrutar de su propuesta ni mucho menos. El Incorregible Tas tiene un historia muy entretenida y bastante más sólida que la del anterior volumen, cuya principal tara era una conclusión demasiado apresurada. En ese sentido, los responsables (Mary Kirchoff y Steve Winter en este caso) firman un trabajo muy competente, que hace buen uso de varios elementos bien conocidos por lectores de la saga (por ejemplo, los elfos dragonestis o elfos marinos) y además introduce algunos nuevos (principalmente los faetones, unos seres con alas de fuego salidas de la mitología griega). Por otro lado, el libro consigue transmitir ese aire de campaña de juego de rol de lápiz y papel que le faltó al anterior. Como derivados que son de Dragones y Mazmorras, los libros de la Dragonlance que narran una historia que no desentonaría dentro de una partida de rol tradicional son los que mejor funcionan, al menos desde mi punto de vista. Si bien es cierto que esperaba alguna conexión con lo sucedido en Qualinost y no la he encontrado, aún tengo que leer los siguientes volúmenes de Los Compañeros de la Dragonlance antes de concluir que no hay ningún hilo argumental que conecte los distintos volúmenes de la hexalogía. Todo parece indicarlo, pero quiero ser optimista.


Pero es el momento de pasar a lo verdaderamente reseñable de este libro: el kender. Leyendo esta saga a veces he tenido la sensación de que se transmitía una imagen demasiado infantil de Tas, como si fuese un niño que acompañase a los demás aventureros y de vez en cuando hiciese alguna trastada para generar los momentos de comedia. No estoy en contra ni mucho menos de que se use al personaje como alivio cómico, pero en ocasiones echaba en falta que se explorase más la vertiente pícara y astuta del kender. Después de todo, se trata de un trotamundos que ha recorrido buena parte de Krynn antes de acabar en Solace conociendo a Flint y a Tanis. Por suerte, este libro le dedica casi de forma exclusiva los primeros capítulos, dibujando una imagen mucho más próxima a lo que yo esperaba que fuese la vida de un kender que sufre el ansia viajera de su raza. Por ejemplo, algunos comentarios que hace Tas sobre el tiempo que pasó en cierto burdel sirven bien para alejarle de esa imagen infantil y mostrar que se trata de un hombrecillo inocente pero no ingenuo. El kender ya ha viajado mucho y ha pasado tanto por buenos como por malos momentos antes de comenzar esta historia, por lo que desde luego no es estúpido. Otra cosa es que su presencia genere al caos allá por donde va, lo cual no es intencionado por su parte sino fruto de su ruptura con las reglas de convivencia convencionales y de su curiosidad sin límites. Tas es como un huracán, un fenómeno natural al que no se le puede poner freno y que actúa sin ningún tipo de malicia; simplemente hace lo que le dicta su naturaleza.

La caracterización del kender es lo que más he disfrutado del libro, en especial durante el tramo inicial y durante los últimos capítulos. Aunque hacia la mitad del volumen el protagonismo se reparte entre Tas, Flint, Tanis y un nuevo personaje llamado Selana (una elfa dragonesti), quien lleva la batuta tanto al principio como al final es el alocado kender. Esto justifica el título en castellano del libro, aunque la nomenclatura original me parece más atractiva. Tas es aquí el motor que pone en marcha los acontecimientos, así como quien juega un papel fundamental en su resolución. Esto hace que el tono de la historia sea ligero, tendiendo hacia lo hilarante en más de una ocasión. Incluso en los momentos más graves, las acciones del hombrecillo invitan a la risa. La narración también tiene algunos giros inverosímiles, en consonancia con ese tono de comedia que lo impregna todo. Baste mencionar la pequeña odisea por la que pasa el famoso brazalete "extraviado" (que no "robado"), que pasa por varias manos por mediación del kender hasta acabar en poder del villano de la historia. No faltan tampoco las constantes historietas de Tas ni las menciones al Tío Saltatrampas, una especie de figura mítica para la raza de los kenders que parece tener una relación familiar con todos y cada uno de sus congéneres.

Respecto al villano de la historia, su presencia no se deja sentir hacia la mitad del libro (descontando su breve presentación en un confuso prólogo que no adquirirá sentido hasta más adelante). Se trata de un hechicero renegado que ha jurado lealtad a un dios oscuro y pertenece a esa categoría de villanos histriónicos que tanto me gusta. Es uno de esos villanos conscientes de su propia maldad y tan seguros de su supremacía que ni siquiera conciben la posibilidad de ser derrotados; de esos que disfrutan exponiendo sus planes delante de sus enemigos y riendo de forma siniestra poco antes de acabar derrotados de la forma más contundente imaginable. En su caso, su final es una cuestión de justicia poética y reconozco que me parece muy bueno. Sin embargo, este es el segundo volumen de Los Compañeros de la Dragonlance y, al igual que sucedió en el primero, el villano es un mago renegado con intenciones siniestras. Espero que las siguientes entregas añadan algo más de variedad respecto a sus antagonistas.

Por otro lado, el libro juega bien sus cartas respecto al cuarteto protagonista. Como ya he mencionado antes, Tas es el personaje mejor caracterizado, pero Flint y Tanis no se quedan muy atrás. Sin ignorar lo narrado en Qualinost y referenciándolo en la medida de lo posible, los autores muestran una imagen coherente e interesante del dúo formado por el enano y el semielfo. Flint sigue siendo la figura entrañable y paternal, además del personaje gruñón y cabezota por antonomasia, mientras que Tanis tiene madera de líder pero sigue afectado por su naturaleza mestiza y por sus sentimientos conflictivos hacia su hogar élfico. También se intuye que Flint ha envejecido mucho más de lo que aparenta y que Tanis empieza a encontrar su propio lugar en el mundo. Estos serán aspectos que se explorarán más adelante, ya durante las Crónicas, pero prueban que al menos los autores conocían el material sobre el que estaban trabajando. Queda un último personaje que comentar y es el último miembro del cuarteto: Selana, la elfa dragonesti. No es habitual encontrarse con elfos marinos en la Dragonlance más allá de su puntual participación en las Crónicas, por lo que se agradece que se proporcione al lector la oportunidad de conocer mejor su cultura. Por desgracia, el personaje de Selana es bastante estereotípico y resulta demasiado familiar. Entiendo que la intención era la de introducir a una figura similar a la de Laurana, una elfa de familia noble que ha sido criada entre lujos y que tiene que endurecerse y aprender a valerse por sí misma una vez que sale al mundo exterior, pero Selana se queda a medio camino. En algunos momentos se muestra como alguien muy competente, pero hacia el final del libro acaba ejerciendo el rol de damisela en apuros que tanto detesto. Por tanto, se trata de un personaje que me ha generado cierta ambivalencia y, puesto que ya no aparece en más libros, no podrá redimirse de esa impresión.

Pero como de costumbre estoy siendo demasiado puntilloso en mi comentario. Los libros de la Dragonlance ofrecen diversión sin pretensiones y no es justo exigirles algo que vaya más allá de eso. El Incorregible Tas, como muchos otros de su saga, es un libro entretenido que se lee en un suspiro y deja muy buen sabor de boca. Tiene sus pequeños aspectos criticables como cualquier otro, pero en su caso es fácil olvidarlos y dejarse llevar por el tono alegre y despreocupado de la historia del kender. Hay escenas muy divertidas en este volumen, como la visita de Tas a la feria, la borrachera en la posada El Último Hogar o el momento en el que Tas toma una poción mágica de polimorfismo que le permite transformarse en varios animales. Me quedo también con el episodio de los sátiros, que narra entre líneas cómo nuestros queridos personajes acaban participando en una orgía en mitad del bosque. Ese es justo el tipo de cosa que te puede pasar cuando te dejas enredar por un kender como Tasslehoff.

La siguiente parada de este viaje a través de la Dragonlance supone otro libro que no leí en su momento, el tercer volumen de Los Compañeros de la Dragonalnce. Su título deja pocas dudas sobre lo que se puede esperar de él: Kitiara Uth Matar. El personaje de Kit siempre me gustó mucho, aunque tenía la impresión de que no se había explotado tanto como otras figuras ilustres de la saga. No parece que Flint, Tanis y Tas vayan a tener presencia en este tercer volumen, pero cualquier lector de la Dragonlance sabe que allá donde esté Kitiara los gemelos Raistlin y Caramon no andarán muy lejos.

15 de junio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 3): "Qualinost"

Después de repasar los libros centrados en los primeros años de Raistlin, el personaje más popular de esta saga de fantasía, me apetecía hacer lo propio con los demás aventureros que protagonizan las Crónicas de la Dragonlance y rememorar así sus orígenes. Quizá esté demorando demasiado el momento de releer las Crónicas, que como ya apunté son el eje central que articula toda esta franquicia, pero no tengo prisa. Aunque iba a ponerme ya con los Preludios, que son dos trilogías ambientadas inmediatamente antes de las Crónicas, he decidido embarcarme antes en la lectura de otros seis volúmenes cronológicamente anteriores. Los Compañeros de la Dragonlance es una colección de seis libros escritos por distintos autores que narran los primeros encuentros entre quienes se convertirán en los futuros héroes (de hecho, el título en inglés de la colección es Dragonlance Meetings). Recuerdo haber comenzado a leer esta hexalogía hace años, aunque nunca llegué a terminarla. Es buen momento para enmendar ese error.

Como todas las subcolecciones de la franquicia, Los Compañeros de la Dragonlance es independiente del resto de libros aunque está plagada de guiños y referencias a su universo. No obstante, hay que tener en cuenta que la historia continúa de un volumen a otro, por lo que deben ser leídos en orden (al contrario de lo que sucede con los Preludios, que son independientes entre sí y pueden ser abordados en cualquier orden). El primer volumen se tituló Qualinost en su edición española, aunque el título en inglés es mucho más sugerente: Kindred Spirits. La historia transcurre casi por completo en la ciudad élfica de Qualinost y tiene como protagonistas a dos de los compañeros: el enano Flint Fireforge y Tanis el Semielfo. El libro no sólo narra su primer encuentro, sino también el desarrollo de su incipiente amistad. En los siguientes volúmenes se les irán uniendo los demás personajes que acabarán conformando el elenco principal de las Crónicas.

Qualinost fue escrito por Mark Anthony, un escritor habitual en el entorno de la narrativa fantástica hace ya unos años (además de este libro de la Dragonlance también firmó varios de Reinos Olvidados, la otra gran saga noventera de espada y brujería), y Ellen Porath, coautora de otros volúmenes posteriores de Los Compañeros de la Dragonlance. Ambos autores están bastante por debajo de lo que ofrecen Margaret Weis y Tracy Hickman en los títulos principales de la saga, pero Qualinost supone una historia entretenida y entrañable, aderezada con unas pequeñas notas de misterio. Si bien no llega a ser un libro notable, sí es al menos recomendable.

Como decía, el grueso de la narración se sitúa en Qualinost, capital de uno de los dos grandes reinos élficos del mundo de la Dragonlance: Qualinesti. Durante los años posteriores al Cataclismo que lanzaron los dioses sobre la tierra como castigo por la arrogancia de los hombres, Qualinesti cerró sus fronteras. Desde entonces, los habitantes de Qualinost han tenido poco contacto con el mundo exterior, aunque entre ellos ha ido surgiendo el debate acerca de si se deberían retomar los contactos comerciales que tuvo antaño el reino. Sin embargo, los tumultuosos años posteriores al Cataclismo, con toda la violencia que conllevaron, hicieron que muchos nobles elfos acabasen despreciando a las demás razas y en especial a los humanos, responsables de muchas tragedias para los suyos. Precisamente uno de nuestros protagonistas es producto de una de esas tragedias.

El libro arranca con el nacimiento de Tanis, el hijo mestizo de una elfa violada por un asaltante humano. Exhausta por el parto y desolada por el asesinato de su esposo a manos de los mismos humanos que la forzaron, la madre es incapaz de reponerse y muere poco después de dar a luz. Bautizado con el nombre élfico Tanthalas, el bebé es entonces acogido por su familiar más cercano, su tío Solostaran, el Orador de los Soles (título que ostenta el gobernante de Qualinost, a quien se puede considerar rey de Qualinesti). Pese a su ascendencia humana, el Orador cría a Tanis junto a sus propios hijos, Porthios, Lauralanthalasa (Laurana para abreviar) y Gilthanas. Aunque la corte no aprueba la decisión de su gobernante, acaba aceptando a Tanis a regañadientes. Eso no quiere decir que el joven semielfo sea visto con buenos ojos ni mucho menos: los demás elfos no lo consideran semielfo, sino semihumano; alguien cuya sangre está contaminada por una especie inferior y violenta. Su sangre humana es motivo de burla constante, cuando no de abierto rechazo.

Siendo Tanis poco más que un niño para los estándares élficos (recordemos que esta raza es mucho más longeva que la humana), el Orador decide establecer contactos comerciales con un reputado artesano del metal: un enano llamado Flint que es invitado a Qualinost para que pueda ofrecer sus servicios a los elfos. La llegada del maestro enano es todo un acontecimiento, pues es el primer visitante de otra raza que atraviesa las fronteras tras muchos años de aislamiento. Flint ya no es joven (según los estándares enanos, cuya especie es tan longeva como la de los elfos), pero aún le queda suficiente espíritu aventurero como para trasladarse a Qualinost y empezar una nueva vida entre los elfos. Allí, además de entablar amistad con Solostaran, también desarrollará un profundo afecto hacia Tanis. Después de todo, ellos son los únicos habitantes del reino que no son elfos de sangre pura.

Probablemente lo más interesante del libro sea su tercio inicial, que se centra en establecer la relación entre Flint y Tanis. El enano, de carácter exagerado y gruñón, esconde un corazón tierno y no tarda en adjudicarse un rol atento y paternal. Por su parte, el semielfo encuentra en Flint a alguien a quien confiar sus sentimientos. De hecho, Flint es la primera persona a la que se abre realmente. La suya es la amistad entre dos parias, entre dos seres que no encajan en su entorno. Aunque los nobles elfos respeten las habilidades del enano con el metal, nunca será aceptado como un habitante de pleno derecho de Qualinost. Por su parte, Tanis siempre será un mestizo. Ambos encuentran refugio y solaz el uno en el otro, lo cual es muy emotivo y hace que ésta sea una lectura tan entrañable.

Si incido tanto en los prejuicios raciales es porque creo que es uno de los temas centrales del libro. Esto no es novedoso ni mucho menos; no lo era cuando fue escrito y no lo es hoy en día, pero el enfoque desde el que se aborda el tema es lo que me parece interesante. Dentro del género de fantasía no suele ser habitual ofrecer un retrato de los elfos como unos racistas obsesionados con la pureza de su sangre. Ese papel suele estar reservado a los humanos o a los enanos (cuya rivalidad con los elfos es parte integrante de casi todos los grandes universos de fantasía medieval). Lo curioso de la propuesta de estos dos autores es que el menos prejuicioso de todos los personajes es precisamente el enano, mientras que muchos de los elfos que aparecen son abiertamente racistas y rechazan de forma tajante y automática a todo aquel que no consideren puro. No obstante, los nobles elfos son conscientes de que si quieren que su reino siga prosperando es imprescindible que abra sus fronteras; no sólo para establecer rutas comerciales, sino también para permitir que artesanos como Flint traigan nuevo conocimiento a los estancados elfos. Se encuentran, por tanto, ante una paradoja, en la que están obligados a convivir con aquellos a los que desprecian si quieren sobrevivir, pues la alternativa es vivir aislados en su pequeño mundo y quedar privados de los progresos que han realizado otras razas. Visto desde una óptica actual es un tema muy vigente estos días y me parece muy apropiado para un libro enfocado sobre todo a los lectores juveniles.


En cuanto a la trama, quizá la mayor pega que se le puede poner es lo mucho que tarda en arrancar. Un defecto bastante común en este tipo de libros (ya sean de la Dragonlance, de los Reinos Olvidados o de cualquier otro universo nacido de un juego de rol de lápiz y papel) es que pasan más tiempo construyendo la ambientación de la historia que narrando la propia historia. Quizá sea un vicio heredado de los juegos de rol, en los que es tan importante establecer el escenario antes de comenzar la campaña propiamente dicha. En todo caso, me gusta pensar que esto hace que sean lecturas atmosféricas, es decir, libros que ofrecen una gran cantidad de información para que el lector sea capaz de reconstruir un escenario mental con todo lujo de detalles. Quizá luego la trama no sea muy original ni esté llevada con mucha destreza, pero el hecho de estar tan sumergido en el mundo que te ha presentado el libro hace que te interese y te impacte más. En este caso, la trama tarda más de doscientas páginas (de las algo menos de cuatrocientas que tiene el libro) en arrancar. Para entonces, justo en el momento en que las piezas dispersas empiezan a encajar y el misterio cobra sentido, el lector ya conoce tan bien la vida en Qualinost que, lo quiera o no, ya está implicado.

En efecto, hay un misterio en este libro; o más bien un conjunto de misterios relacionados. De manera tangencial a las andanzas de Flint y Tanis en la ciudad de los elfos, poco a poco se va desvelando una trama que implica un atentado contra el trono del Orador de los Soles, una venganza que hunde sus raíces en el pasado de la corte y un viejo secreto perdido siglos atrás en el reino (y que tiene que ver con cierto objeto legendario de la mitología de la Dragonlance: la Gema Gris de Gargath). La resolución de la trama es bastante satisfactoria, aunque muy brusca. Ciertos detalles quedan demasiado en el aire para mi gusto, lo que me transmite la impresión de que los autores se excedieron en el número de páginas y el editor tuvo que meter la tijera en el tramo final. El clímax de la trama se produce en el último capítulo y luego no hay más que un epílogo de poco más de tres páginas para abordar las consecuencias, lo cual me parece escaso y algo torpe. Irónicamente, el epílogo trata sobre Tanis quejándose por los cabos sueltos que han quedado sin resolver. Suscribo sus quejas, desde luego. El final de este volumen me parece un tanto torpe.

Obviamente no voy a estropear el misterio desvelando aquí la identidad del asesino. Sí que puedo decir, como ya he comentado, que la resolución de dicho misterio me parece satisfactoria. La trama en sí está bien llevada (prueba de ello es que el lector puede llegar a deducir la identidad del asesino antes de que el libro la desvele) y no es su cierre lo que está resuelto con torpeza, sino el posterior epílogo. Unas cuantas páginas más hubiesen bastado para redondear la lectura y casi siento que me las han escatimado, dejándome con un final excesivamente abrupto que no presta suficiente atención a las consecuencias de los acontecimientos presenciados.

Puede que esta sea una queja algo desmesurada, ya que después de todo este libro es una precuela y adolece del mismo defecto que muchas precuelas: la ausencia de sorpresa. Puesto que muchos de los personajes que aparecen aquí están presentes en libros posteriores, es fácil deducir quién vivirá y quién morirá. El lector sabe que Flint y Tanis tendrán un papel destacado en las Crónicas, por lo que no tiene mucho sentido preocuparse por su seguridad. Lo mismo se puede aplicar a Solostaran y sus tres hijos, Porthios, Laurana y Gilthanas. La familia élfica también aparece en las Crónicas y alguno de sus miembros incluso interpreta un rol importante (Laurana, sin ir más lejos). Y claro, organizar la trama de una precuela en torno al misterio de un intento de asesinato cuando sabemos que las posibles víctimas tienen que aparecen en libros posteriores no me parece lo más inteligente que podían haber hecho los autores. Ese es el gran problema de las precuelas, que tienen que contar historias interesantes sin tener demasiadas consecuencias para el futuro, ya que es la única forma de conservar algo de coherencia en la cronología. A veces esto juega en su contra.

El tema de la coherencia me parece destacable, ya que tengo un vago recuerdo de las Crónicas y no sé hasta qué punto la caracterización de Solostaran y sus hijos en este volumen es coherente con la que realizaron Weis y Hickman. Gilthanas y Porthios tienen un protagonismo relativo, pero Laurana y su padre ocupan buena parte de la narración. La joven elfa, prácticamente una niña al comienzo de la historia, es una caprichosa y una mimada. Ha sido criada entre algodones y desconoce lo que es el dolor, por lo que aún está muy lejos de la regia presencia que ofrecerá en las Crónicas. Esto encaja perfectamente con lo que sé sobre el personaje, que pasa de ser una princesita repelente a convertirse en una gran líder e inspiración para hombres y elfos. El desengaño amoroso que tiene con Tanis en este libro no es más que el primer paso de su camino hacia la madurez. Solostaran, por su parte, desarrolla una amistad muy bonita con Flint, que se convierte en su confidente. No recuerdo si esto se menciona en las Crónicas, pero estaré atento cuando llegue a ellas en mi relectura. El Orador de los Soles se muestra aquí como alguien tolerante y dispuesto a combatir los prejuicios de su reino abriendo sus fronteras poco a poco y no esa no es la imagen que recuerdo de este personaje en los libros de Weis y Hickman.

Respecto a los personajes nuevos que tienen su primera y única aparición en la saga en este volumen destacaría a dos: tía Ailea, la partera que ayudó a Tanis a nacer, y Miral, el mago de la corte. Ailea viene a ser una suerte de figura maternal para Tanis y le ayuda en el proceso de aceptar su sangre humana, ya que ella misma tiene ascendencia humana. También viene a ofrecer una advertencia al semielfo respecto a enamorarse de un humano, ya que son mucho menos longevos que los elfos y sus vidas se agotan en un suspiro. No se me escapa la ironía de esto, ya que lo primero que hará Tanis en cuanto abandone Qualinost será precisamente enamorarse de una humana: Kitiara. En cuanto al mago, el personaje de Miral me ha resultado un tanto ambivalente. Los misterios que esconde le convierten casi desde el principio en el principal candidato para ser el antagonista de la historia, aunque aparentemente no tenga motivos para serlo. Los escasos detalles sobre su pasado se nos van desvelando con cuentagotas utilizando el recurso de narrar sus sueños, algo muy típico pero siempre interesante. El personaje me ha parecido atractivo, aunque no deja de ser una versión élfica de Raistlin. Parece un mago mediocre y debilucho, pero esconde un gran poder. Muestra su rostro más amable ejerciendo el rol de curandero y mentor de los hijos del Orador, pero también oculta muchos secretos. Es el tipo de personaje que me gusta, aunque no comprendo al cien por cien sus motivaciones. Hacia el final del libro, de hecho, toma alguna decisión que me parece poco justificada, pero eso al menos sirvió para generarme alguna sorpresa.

El resto de personajes que aparecen, miembros de la corte del Orador de los Soles, no me parecen dignos de mención por su escasa relevancia. Si bien es cierto que gran parte del libro se centra en las intrigas de la corte, la mayoría de los cortesanos se limitan a mostrar su rechazo hacia Tanis. Por tanto, su única función en la historia es la de constituir el elemento hostil del escenario. Aunque hay una conspiración y un intento de asesinato, esta no es una historia de suspense. Ni siquiera creo que pueda considerarse una historia de aventuras, pues la acción es limitada y los capítulos situados en el bosque que rodea a Qualinost son más bien pocos. En algún momento aparece un tylor, un gigantesco reptil inteligente emparentado con los dragones (básicamente es un dragón sin alas, para que nos entendamos), pero su presencia es anecdótica. También aparecen los misteriosos senderos mágicos que antaño usaron los sabios elfos, pero una vez más su importancia es muy relativa. Por supuesto, también están presentes los inevitables momentos de humor, protagonizados en esta ocasión por Pies Ligeros, la encantadora mula de Flint, pero las dosis de comedia están muy repartidas. Esta es por encima de todo, la historia de la amistad entre Flint y Tanis, un enano y un semielfo que forjan lazos en un entorno que les rechaza y les considera diferentes, cuando no inferiores. No será el libro más dinámico de la Dragonlance, pero sólo por el tema que trata ya me parece una lectura recomendable.

En el siguiente volumen de Los Compañeros de la Dragonlance, Flint y Tanis, tras abandonar la ciudad élfica, se encuentran con un nuevo amigo: Tasslehoff Burrfoot, el kender. Este divertido personaje siempre consigue hacerme reír, por lo que apuesto a que el siguiente libro va a resultar entretenido. No sé por dónde tirará el argumento y si habrá una trama de fondo relacionada con el misterio de la Gema Gris que se introduce aquí, pero estoy dispuesto a averiguarlo. La próxima lectura de la lista se titula El Incorregible Tas y hablaré sobre ella en la siguiente entrada de esta serie.

2 de junio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 2): "Raistlin, mago guerrero" y "Raistlin, el Túnica Roja"

Superado mi primer contacto con la saga después de muchos años y con ganas de seguir rememorando los viejos tiempos, la siguiente parada de este viaje para revisitar la Dragonlance parecía obvia. Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia tuvieron su continuación directa en Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja. Los cuatro libros se editaron en su momento en España dentro de la colección llamada La Forja de un Túnica Negra, un título bastante desafortunado por estropear un acontecimiento de gran importancia en las Crónicas de la Dragonlance (una trilogía publicada con anterioridad pero cronológicamente posterior). En cualquier caso, los títulos en castellano poco o nada tenían que ver con los originales. Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia eran en realidad un único libro dividido en dos, The Soulforge, y lo mismo sucedía con Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja, que en su edición original se publicaron como Brothers in Arms. De nuevo escritos por Margaret Weis, co-autora de las Crónicas y las Leyendas y escriba principal de la saga (aunque no en solitario esta vez, ya que Don Perrin aparece acreditado como co-autor), estos libros son una secuela directa de los anteriores. No obstante, creo que están un escalón o dos por debajo en cuanto a su calidad e interés.

El anterior volumen terminó con la narración de uno de los eventos cruciales de la Dragonlance: la Prueba a la que se sometió Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería para convertirse en mago. En ese examen se jugó algo más que la posibilidad de seguir estudiando la disciplina por la que tanto había sacrificado, ya que arriesgó su propia vida, su salud física y hasta su propia alma. Así, los primeros capítulos de Raistlin, mago guerrero se centran sobre todo en explorar las consecuencias físicas de la Prueba, ya que el cuerpo del recién nombrado Túnica Roja (consagrado por tanto a Lunitari, diosa de la magia neutral) acabó prácticamente destruido. Si ya desde niño había sido enfermizo y debilucho, desde su paso por la Prueba su cuerpo siempre está al límite del colapso. Además del evidente cambio en su apariencia (su cabello encanecido, su piel dorada y sus pupilas en forma de reloj de arena), sus pulmones tienen que realizar un esfuerzo extra para seguir respirando y frecuentes ataques de tos dejan al joven indefenso. Si da la impresión de que lo único que lo mantiene vivo es su fuerza de voluntad es porque así es (bueno, eso y la voluntad de cierto Túnica Negra llamado Fistandantilus que tiene un interés especial en él).

Si todo el libro se hubiese centrado en desarrollar las consecuencias de la Prueba, tanto respecto al estado de salud del mago como a su relación con su hermano gemelo, Caramon, hubiese sido una lectura fascinante. La relectura de sus primeros capítulos me resultó absorbente por su tono reposado, intimista e introspectivo. Hay una tensión tremenda entre los dos hermanos tras lo sucedido en la Prueba que podría haber destruido cualquier relación fraternal entre ellos, pero siguen juntos porque no tienen otra alternativa. Raistlin había deseado ser mago para poder reivindicarse y no depender del apoyo de su gemelo, pero después de conseguir su objetivo su dependencia de Caramon se ha multiplicado y, con ella, su amargura. Por su parte, el musculoso guerrero ha sido testigo de la ambición y el rencor de Raistlin y ha visto con sus propios ojos lo que es capaz de hacer por la magia (y más concretamente lo que que es capaz de hacerle a él, su propio hermano). Cualquier otro habría salido huyendo de allí abandonando a Raistlin sin ningún remordimiento, pero en cambio él demostró una fidelidad a prueba de bombas al permanecer a su lado. Sus esfuerzos por tratar de racionalizar lo sucedido en el anterior libro me parecen especialmente conseguidos, ya que aunque Caramon no es muy inteligente tampoco es estúpido. Estoy convencido de que entendió lo que había visto y sus intentos de racionalizarlo para restarle culpa a su hermano son tan patéticos como humanos.

Por desgracia, no todo el libro sigue esa tónica. La exploración de la psique de los personajes pronto queda en segundo plano para narrar una aventurilla sin demasiada trascendencia en la que los gemelos ingresan en un ejército de mercenarios y libran su primera batalla como soldados profesionales. La historia en cuestión alberga algunos guiños claros hacia lo que se estaba gestando en ese momento de la cronología de la Dragonlance, con el despertar de los dragones tras miles de años de letargo, el regreso de la maligna diosa Takhisis y los ejércitos del general Ariakas agrupándose para conquistar el continente. Sin embargo, le falta algo de garra al conflicto que narra, probablemente por lo mal estructurado que está el argumento. Raistlin, mago guerrero es un libro sin una línea narrativa clara, ya que se limita a ir relatando acontecimientos que se suceden sin que parezca haber una trama que los relacione. Dicha trama no aparece hasta el siguiente volumen, Raistlin, el Túnica Roja, pero lo hace de forma irregular y con una conclusión apresurada. Pero quizá el mayor problema es que los personajes principales no tienen un arco argumental claro: Raistlin se convierte en mago guerrero y Caramon en soldado, sí, pero más allá de eso no se obra ninguna transformación especial en ellos, no avanzan en su desarrollo como personajes ni salen cambiados por estos acontecimientos. El único que sale enriquecido de esta historia es el mago, que averigua algunos secretos sobre su cayado, el Bastón de Mago que le entregó el líder del Cónclave de magos tras superar la Prueba y que perteneció mucho tiempo atrás a Magius, hechicero legendario que combatió en la primera Guerra de los Dragones.

Sólo un personaje tiene algo parecido a un arco argumental y es Kitiara, que de nuevo vuelve a tener cierta presencia en la historia aunque no llegue a cruzarse directamente con sus hermanos (y ellos por su parte no lleguen a ser conscientes de su implicación). En efecto, Kitiara acapara una buena porción de los capítulos de Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja, por irónico que esto sea teniendo en cuenta sus títulos. Se trata de un buen momento para centrarse en este personaje, ya que los acontecimientos se sitúan en los años previos a las Crónicas, cuando Kitiara entra en los ejércitos de Ariakas después de haber abandonado a sus hermanos y a sus amigos. Abandonar, que no olvidar, pues Kitiara aún está resentida por su fallido romance con Tanis el Semielfo. Fruto de ese resentimiento tendría un breve escarceo amoroso con Sturm Brightblade, otro de sus compañeros, que acabaría con un embarazo no deseado y un bebé abandonado (que aquí apenas se menciona de pasada pero tendría su peso en otros libros de la saga).


Mientras que los segmentos de Raistlin y Caramon son un viaje de madurez y descubrimiento, los de Kitiara son un descenso voluntario a las tinieblas. Los gemelos prueban por primera vez la vida como mercenarios y demuestran su valía, mientras que su hermana hace una apuesta arriesgada para conseguir poder entre las fuerzas de la oscuridad que comienzan a alzarse en ese momento. No tengo ningún reparo en decir que los capítulos de Kitiara son, por lo general, más interesantes que los de Raistlin y Caramon. No obstante, en última instancia saben a poco. Hay una razón por la que podía recordar buena parte de Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia pese a no haberlos leído en años, en tanto que Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja se habían borrado de mi memoria casi por completo. Estos dos son libros entretenidos, pero no memorables ni trascendentes. No son fundamentales para el desarrollo de ninguno de sus personajes centrales y se pueden pasar por alto sin mayor pérdida. Desde luego, si el objetivo es seguir la trayectoria de Raistlin, estos libros se pueden considerar prescindibles al depositar gran parte de su peso en Kitiara.

Su narración también es bastante más farragosa que la de los volúmenes anteriores, con una tendencia algo molesta a recurrir al vocabulario medieval más rebuscado. En más de una ocasión me he visto a mí mismo recurriendo al diccionario para maravillarme con las mil y una maneras de referirse a una misma prenda de vestir de uso militar. Que no se me interprete mal: jamás me molestaré por tener que consultar el diccionario y aprender nuevo vocabulario, pero es fácil detectar los casos en los que el uso indiscriminado de una terminología concreta obstaculiza el ritmo de la narración. Éste es uno de ellos.

Pese a todo, el gran problema de estos libros es quizá su conclusión, demasiado apresurada y carente de contundencia. Casi parece que la intención era dejar la historia en suspenso hasta una supuesta secuela que nunca llegó y es una pena, porque el resultado final habría sido más memorable con un final más rotundo. Hay un asedio a una ciudad amurallada y una batalla entre dos ejércitos, sí, pero ninguno de los personajes principales participa en ella. Raistllin usa el Bastón de Mago para combatir contra un Dragón Rojo... aunque no sabe que es un dragón, ya que ha adquirido forma humana. Esa es un poco la impresión general que deja su lectura: pasan cosas, pero alrededor de los personajes, sin que sean capaces de entenderlas del todo ni de sobrecogerse con su alcance. Supongo que es la consecuencia natural de presentar un argumento relacionado con dragones en una precuela cuando, según la cronología de la saga, no se puede hablar abiertamente sobre el despertar de los dragones hasta las Crónicas. Sólo el buen conocedor de la Dragonlance sabrá apreciar la importancia de los acontecimientos que se relatan aquí y su relación con libros posteriores (por la importancia de los huevos de dragón que aparecen en estos libros con la creación de los perversos draconianos de las Crónicas). siendo para los demás una simple aventurilla.

Aún así, Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja tienen sus momentos. Una vez más, Margaret Weis se desvela como una gran arquitecta de mundos, ofreciendo un contexto complejo, rico y atractivo en el que enmarcar su narración. También sabe proporcionar a Raistlin y Caramon los compañeros apropiados para que puedan mostrar sus mejores virtudes. En este caso, Caramon entabla amistad con Cambalache, un semikender (una mezcla muy poco habitual en la Dragonlance) poco apropiado para el combate para diestro en el arte del trueque. El conflicto entre sus dos naturalezas tan aparentemente opuestas es bastante curioso, aunque no se explora demasiado (y el personaje no volvió a aparecer en ningún otro libro, por lo que no es más que una nota a pie de página dentro de la saga). Por su parte, Raistlin tiene que trabajar para el Maestro Horkin, un hechicero que sirve en el ejército de mercenarios aunque no haya pasado la Prueba ni forme parte de una de las tres Órdenes. Siempre es interesante comprobar cómo reacciona Raistlin ante alguien a quien no respeta por considerarlo un inferior intelectual, por lo que la relación entre ellos es muy curiosa. Las tiranteces iniciales acaban dando paso a un agradable respeto mutuo, pero no antes de que el joven Túnica Roja ponga a prueba tanto su valía como su paciencia, sobre todo esto último.

También me gusta el personaje de Immolatus, un Dragón Rojo obligado a tomar forma humana (una capacidad que estos reptiles siempre han poseído de manera innata en la saga) en contra de su voluntad que se basa buena parte de la historia quejándose, presumiendo, insultando a todos los que hay a su alrededor y, en resumen, pidiendo a gritos que alguien le clave un puñal entre los omóplatos. Siempre disfruto de los villanos ostentosos y pagados de sí mismos, tan seguros de su poder que se creen por encima de todo y se encargan de dejarlo claro con su actitud. Immolatus es uno de esos personajes y me ha resultado deliciosamente insoportable.

Me hubiese gustado que el libro se hubiese centrado más en la dureza de la vida del ejército de mercenarios, pero me da la impresión de que la presenta de una manera bastante edulcorada. Después de todo, el líder del ejército, el Barón Ivor de Arbolongar, es un noble que sigue el código de caballería y sus mercenarios sólo aceptan los contratos que él considera moralmente apropiados. Quizá hubiese sido más interesante que se tratase de un auténtico ejército de mercenarios en el que el dinero estuviese muy por delante del honor. En cuanto a la narración del asedio de la ciudad en la que participa el ejército del Barón, hay una escena que en mi opinión destaca por encima de las demás y es la que muestra el primer e infructuoso ataque, en la que Caramon sobrevive a duras penas mientras sus colegas mercenarios caen ante los arqueros y las catapultas de las murallas enemigas. Es el equivalente medieval a narrar el desembarco de Normandía y quizá por ello es una escena tan cruda e impactante. El resto de escenas de combate son poco más que escaramuzas, en comparación. Ni siquiera el combate final contra Immolatus le hace sombra a esa escena. Habría sido interesante que la narración siguiese por ese camino, pero la Dragonlance es una saga donde prima la fantasía por encima del realismo. Incluso estos libros, que están tan alejados de los excesos fantásticos de las Crónicas y las Leyendas, no dejan de ser relatos típicos dentro del género de espada y brujería.

En resumidas cuentas, Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja son dos libros de espada y brujería del montón. No son especialmente malos ni tampoco especialmente buenos, sino eso, del montón. Cumplen con su objetivo de entretener, pero poco más. Es un tanto frustrante, ya que se intuye su potencial en algunos puntos pero no llega a terminar de concretarse y el final deja al lector con cierta sensación de vacío. Como continuación de The Soulforge, Brothers in Arms está bastante por detrás, aunque dentro de la media de muchos libros de la saga. Quizá se podría esperar más de Margaret Weis, creo yo. En cualquier caso, no me arrepiento de haber vuelto a leer estas dos entregas menores de la Dragonlance. Una vez terminadas, se puede dar el salto hasta los Preludios de la Dragonlance (donde los gemelos protagonizan un volumen) o directamente hasta las Crónicas, donde está el grueso de la acción. Sin embargo, a mí me apetece permanecer durante una temporada más en esta época germinal en la que aún se están cociendo los grandes acontecimientos. Unas vez refrescados los orígenes de Raistlin, Caramon y Kitiara, puede ser buen momento para hacer lo propio con el resto de los Compañeros de la Dragonlance: Tanis el Semielfo, Flint Fireforge el enano, Tasslehoff Burrfoot el kender y Sturm Brightblade el caballero. Tocará empezar a hablar sobre ellos en la próxima entrada.