6 de septiembre de 2014

[Cómic] Reseña de "Epiléptico: La Ascensión del Gran Mal", de David B.

No hace mucho tiempo, cuando la psiquiatría y la psicología aún estaban en pañales, la epilepsia era una enfermedad de difícil diagnóstico y tratamiento. No se conocían con exactitud sus causas ni se habían delimitado aún las formas en las que se presentaba. Es más, incluso se utilizaba la antigua denominación "Gran Mal" para referirse a ella, como si te tratase de una especie de influencia sobrenatural o de posesión demoníaca. Aún hoy, tras todos los avances realizados, perdura el nombre "crisis de Gran Mal" para referirse a la forma más severa de epilepsia. Aún hoy persiste parte del estigma al que estuvieron sometidas las personas que sufrieron esta enfermedad cuando nadie podía darles las respuestas que necesitaban.

Epilético: La Ascensión del Gran Mal es una novela gráfica en seis volúmenes (que posteriormente fueron recopilados en un tomo integral por la editorial Sins Entido) realizada por David B. (pseudónimo de Pierre-François Bouchard). Se trata de una autobiografía en la que el autor narra su infancia, adolescencia y juventud, fuertemente marcadas por la epilepsia de su hermano mayor Jean-Christophe. En los años 60, cuando la medicina poco podía hacer para tratar la enfermedad, la familia Bouchard se lanzó a una búsqueda desesperada que les llevaría a tratar con curanderos, espiritistas y charlatanes de la peor calaña, todo ellos incapaces de ayudar a Jean-Christophe. David B. se adentra con trazo firme en su pasado mezclando la crudeza con la introspección. La obra está cargada de angustia y de momentos dramáticos, pero no es una simple crónica sobre convivir con un enfermo sino también una fascinante reflexión en la que el propio autor se plantea el origen de su creatividad: ¿acaso es la enfermedad de su hermano el origen de su arte?


David B. ya había publicado algunas obras antes de fundar junto a otros autores la editorial independiente L'Association, pero fue amparado en ella donde pudo dar salida a sus trabajos más personales. Los sueños y pesadillas que había ido anotando concienzudamente durante años fueron la materia prima para estas historias (y también tendrían su hueco en Epilético: La Ascensión del Gran Mal), tras las cuales se sintió preparado para abordar un relato autobiográfico que llevaba veinte años queriendo abordar. Epiléptico: La Ascensión del Gran Mal (L'Ascension du Haut Mal en el original) se publicó entre 1996 y 2003, siendo nominado a varios premios en distintas entregas del Festival de Angoulême y recibiendo finalmente el premio al mejor guión en 2000.

El estilo de trazo grueso de David B. abarca infinidad de influencias que van desde el arte precolombino a las culturas asiáticas y se define por un marcado onirismo. Su trabajo está repleto de imágenes simbólicas y metáforas que capturan emociones tan dispares como la impotencia, la soledad y la rabia. Sin embargo, todo ese contenido simbólico se encuentra bastante encapsulado dentro de la típica cuadrícula de 3x3 viñetas, que está presente en la mayor parte de la obra. No es hasta que se aproxima el final de la misma cuando esta estructura deja paso a otra mucho más libre, como si tras librarse de sus demonios internos al narrar su pasado se produjese un estallido creativo en el autor. No es gratuito por tanto que éste decidiese adoptar un nuevo nombre, pues leyendo este cómic queda bastante claro el cambio que se produce en su interior: puede que la historia comience con Pierre-François, el hermano del niño epiléptico, pero sin duda termina con David B., el artista y creador de cómics.


Epiléptico: La Ascensión del Gran Mal es una mezcla extraña; tan extraña como la vida misma. Por un lado se narra la convivencia con un enfermo de epilepsia, el horror que produce contemplar sus ataques y la frustración que genera el infinito peregrinaje por médicos, curanderos, magnetistas, espiritistas y demás fauna que se aprovecha del sufrimiento ajeno para hacer negocio. Por otro lado también se narra el desarrollo del mundo interior de Pierre-François, en el que juegan un papel fundamental su pasión por el dibujo (actividad que compartía originalmente con su hermano), su fascinación por las culturas orientales y el hecho de refugiarse en la ficción en busca de consuelo. Durante gran parte de la historia, Pierre-François se ve acompañado de varios personajes imaginarios que surgen de una mezcla muy personal de las lecturas que realiza y de sus experiencias vitales más intensas (como la muerte de su abuelo). De alguna manera, el joven Pierre-François se rodea de tótems protectores para sobrevivir a la destructiva influencia de la epilepsia de su hermano y ahí es donde radica la génesis de su creatividad y de su talento como dibujante.

En la narración se percibe mucho resentimiento, pero también una tristeza abrumadora. El autor no oculta los momentos más crudos de su pasado, algunos de ellos verdaderamente escalofriantes, como el intento de suicidio de su hermana pequeña o las agresiones de su hermano Jean-Christophe hacia su padre o hacia él mismo. Tampoco oculta la rabia que albergaba hacia su hermano ni sus deseos de acabar con su existencia, pero ni siquiera la intensidad de ese odio hacia aquel cuya enfermedad ha destruido a su familia es tan intenso como el pesar que siente al verle convertido en una sombra de lo que una vez fue. La evolución de Jean-Christophe no se narra directamente, sino que se intuye a lo largo de la obra. Su presencia flota en todo momento como la de un fantasma, aunque no esté físicamente presente. Su historia, como es de esperar, es una historia de decadencia vital: un hombre cuya vida ha sido robada por la enfermedad, con el cuerpo surcado por las marcas que han dejado los golpes producto de las crisis epilépticas y la mente de un niño incapaz de comprender lo que le sucede. No es de extrañar que el autor exprese en más de una ocasión su miedo a desarrollar la misma dolencia o a transmitir ese mal a sus descendientes.


La epilepsia es casi un personaje más en la historia, simbolizada por un horrible monstruo que serpentea alrededor de Jean-Christophe, consumiendo su existencia y la de su familia. Esta visión tan personal de la enfermedad es producto de su tiempo, evidentemente. Puede que en los años 60 la epilepsia aún fuese una bestia desconocida, pero hoy en día su diagnóstico y tratamiento son relativamente fáciles. Ser epiléptico ya no significa tener que convivir con ese terrible demonio. De igual forma, el abordaje médico de la enfermedad que tenemos hoy en día poco tiene que ver con la aproximación que realizan los médicos que vemos en Epiléptico: La Ascensión del Gran Mal, que llegan a resultar incluso más terroríficos que los charlatanes que intentan "curar" posteriormente a Jean-Christophe con sus remedios orientales o sus poderes "sobrenaturales".

El hecho de que la familia Bouchard recurriese a semejante pandilla es algo que debe entenderse desde la simple y llana desesperación. Puesto que la única opción que les ofreció la medicina podía ser peor incluso que la propia enfermedad, los padres de Jean-Christophe (especialmente su madre, que no era precisamente una mujer inculta) se aferraron a cualquier atisbo de esperanza, por mínimo que esa. Esto les llevó a probar cosas tan dispares como la comida macrobiótica, la medicina china o la ouija; todo ello con la única intención de mejorar el estado de su hijo. De esta forma, entraron en una suerte de bucle, un círculo vicioso de constantes falsas esperanzas que acabó desgastando a la familia hasta niveles indecibles y teniendo consecuencias muy serias sobre sus miembros. En el caso del autor, como comentábamos antes, le llevó a refugiarse en su arte y, con el tiempo, a la necesidad de exorcizar sus demonios en forma de novela gráfica.


Epiléptico: La Ascensión del Gran Mal es una lectura muy dura, pues como otros grandes clásicos del medio como Maus, supone un viaje a través de experiencias reales absolutamente descorazonadoras. No obstante, son este tipo de experiencias las que mejor nos permiten vislumbrar la naturaleza humana en su forma más genuina; con todo lo malo, pero también lo bueno; con todas sus debilidades, pero también sus fortalezas. Si hay algo que define a la naturaleza humana es quizá su capacidad de trascender el sufrimiento y sublimarlo a través del arte, como bien demuestra la transformación de Pierre-François en David B. y la creación de este cómic excepcional.

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