17 de septiembre de 2017

[Cómic] "Venus", un interesante y poco conocido cómic de ciencia ficción

El planeta Marte siempre ha encandilado nuestra imaginación. Recientemente hemos pasado por una época en la que nuestro mundo vecino volvía a estar en boca de todos, ya fuese por los datos enviados por la Curiosity desde el propio planeta rojo, por el estreno de la película The Martian (Ridley Scott, 2015) o por la extraña serie de "ficción documental" de National Geographic Channel titulada Mars (que ya comenté en este blog hace algún tiempo). Sin embargo, este moda marciana dista mucho de ser nueva. Basta con retroceder un poco más para encontrarnos con películas como Planeta Rojo (Antony Hoffman, 2000), Misión a Marte (Brian de Palma, 2000) o incluso Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990). Si recurrimos a la literatura nos vendrán con rapidez a la memoria las novelas pulp de John Carter de Marte escritas por Edgar Rice Burroughs a principios del siglo XX. De una forma o de otra, la idea de viajar a Marte es casi tan vieja como el propio género de la ciencia ficción. En cambio, viajar a nuestro otro planeta vecino, Venus, es un concepto mucho menos popular... y con razón. Si Marte es el entorno más hostil concebible para enviar a un grupo de exploradores, Venus es lo más cercano al infierno que te puedas imaginar: la temperatura en su superficie es lo bastante elevada como para fundir el plomo y la lluvia que desprenden sus nubes está compuesta por ácido sulfúrico. Se trata, en definitiva, de una trampa mortal. Habría que ser muy insensato o muy osado para tratar de colonizar semejante lugar.


Pues bien, Venus es una miniserie de cuatro números publicada por BOOM! Studios a principios del año pasado (recopilada en tomo poco después) y narra la primera misión al planeta homónimo en un futuro cercano. Aunque a mi parecer tiene ciertos puntos comunes con el Mars de National Geographic Channel, la cierto es que nos encontramos ante una historia de ciencia ficción convencional, en la que la divulgación queda en segundo plano ante la ficción. Si bien es cierto que la historia trata de ajustarse a lo que la ciencia nos dice sobre la superficie del planeta en cuestión, ciertas concesiones (siendo la más destacada la presencia de cyborgs) la alejan de la ficción científica y de la vertiente más dura de la ciencia ficción. Esto no es negativo ni mucho menos, pero me parece importante abordar este cómic como un entretenimiento ligero y no como una sesuda propuesta de cómo debería llevarse a cabo una misión a Venus. Tengamos en cuenta que el objetivo último de la obra que estamos comentando es entretener con una historia ficticia más o menos verosímil, no ofrecer un tratado sobre supervivencia en la superficie venusiana.

Me temo que el equipo creativo de Venus no es muy conocido. Los guiones son de Rick Loverd, el dibujo de Huang Danlan y el color de Colin Bell, todos ellos nombres poco prolíficos en este medio. Este es el segundo trabajo del guionista tras Berserker, una serie para Top Cow Productions conocida por estar avalada por Milo Ventimiglia (el actor que interpretaba a Peter Petrelli en Heroes). Por su parte, el dibujante ha participado en otros cómics de BOOM! Studios como The Expanse Origins (un producto derivado de la serie de televisión del mismo nombre que adapta a su vez las novelas de James S. A. Corey) y un anual de Power Rangers. En cambio, las portadas son obra de W. Scott Forbes, un ilustrador que ha trabajado para casi todas las editoriales principales, incluyendo Marvel y DC. Entre las muchas portadas que ha realizado para las dos grandes podríamos destacar las que elaboró para Green Arrow y Spiderwoman. Dentro de BOOM! Studios también ha sido portadista de Cloaks y Effigy.

El apartado gráfico de estos cuatro números dista de ser excepcional, pero desde luego se puede considerar solvente. Su estilo minimalista es muy apropiado para capturar la estética propia del futuro cercano y la caracterización visual de los personajes es bastante sólida. Los fondos me parecen algo descuidados en ciertas páginas, pero el colorista logra salvarlos en la mayoría de ocasiones. Por otro lado, las composiciones de página siguen una estructura convencional que favorece una lectura rápida y clara, lo que hace que éste sea un cómic apropiado para lectores jóvenes o poco habituados al medio. No obstante, habría que tener en cuenta que la carga de violencia de algunas escenas puede resultar bastante turbadora para según qué lectores.


Pero pasemos ya a comentar el argumento, donde encontraremos algunas de las ideas más interesantes de esta obra. La historia nos sitúa en el año 2150, en un período en el que el agotamiento de los recursos naturales terrestres ha impulsado una nueva Guerra Fría entre las dos grandes potencias mundiales: Estados Unidos y China (que ha crecido hasta convertirse en la Alianza Pan-Pacífica). En ese marco, la Alianza Pan-Pacífica fue la primera en expandirse más allá de las fronteras planetarias, construyendo las primeras colonias mineras en Marte y reclamando el planeta rojo para sí. Eso llevó a los americanos a centrar su atención en Venus pese a las obvias dificultades que conllevaba establecer una colonia en un planeta en el que cualquier máquina quedaba reducida a escoria a las pocas horas de aterrizar. De esta forma, la NASA lanza una misión que combina tripulación civil y tripulación militar a fin de establecer una base desde la que afrontar a largo plazo la futura terraformación del entorno venusiano. Dicha nave, llamada Mayflower al igual que el barco que transportó a los primeros peregrinos hasta lo que más tarde sería Estados Unidos, sufre un accidente en el momento de iniciar su descenso al planeta. Con su capitán entre las primeras bajas, el resto de la tripulación tendrá que hacer lo posible por aterrizar de una pieza y sobrevivir con sus recursos mermados en un planeta continuamente empeñado en acabar con ellos.

Aunque la tripulación es extensa, el foco está centrado sobre unos pocos personajes. La primera protagonista es la Comandante Pauline Manashe, piloto civil obligada a tomar el rol del capitán fallecido en el accidente. Se trata de una veterana que carga con sus propias tragedias personales y que se alistó a la misión como una forma de huir de su pasado, lo cual puede resultar algo tópico pero no por ello menos interesante. En segundo lugar tenemos a la ingeniera militar Alejandra Reyes, una cyborg que ha sustituido gran parte de su cuerpo por implantes tecnológicos, de tal forma que incluso es capaz de sobrevivir en el exterior del planeta sin traje de protección. Reyes es reticente a dejar la misión en manos de una civil y mantiene cierta rivalidad con la Capitana Manashe. El siguiente personaje destacado es el Doctor Chad Park, el bromista y descarado botánico del grupo, además del único confidente de la capitana. Finalmente, tenemos al Sargento Tim Thorne, uno de los pocos militares que forman parte de la misión que apoya a la Capitana Manashe, ya que se siente claramente atraído hacia ella.

Salta a la vista el intento de los autores por presentar a un elenco diverso y multicultural, en la línea de clásicos del género como Star Trek. Las historias de ciencia ficción en las que una mujer desempeña el principal rol protagonista no son tan comunes como deberían, por lo que el hecho de tener a una capitana como protagonista de este cómic es un detalle muy agradable. Es más, los dos roles principales recaen sobre personajes femeninos, ya que Alejandra Reyes es el otro eje de la historia, al principio como posible antagonista y más adelante como reticente aliada.

La Capitana Pauline Manashe.

La ingeniera cyborg Alejandra Reyes.

Aún así, la Capitana Manashe es la auténtica estrella de esta historia. Después de todo, sus decisiones son las que determinan en última instancia que su tripulación sobreviva a las hostilidades del exótico planeta o acabe pereciendo. El primer número arranca en plena acción, con la Mayflower descendiendo hacia Venus fuera de control y con nuestra protagonista tratando de salvar la nave a toda costa. Tras el accidentado aterrizaje las cosas no dejan de complicarse, con los subsiguientes peligros del viaje hasta una base que no está preparada para sustentar a sus habitantes y las tensiones crecientes entre la tripulación civil y militar. Y, por si todo lo anterior fuera poco, el descubrimiento de que el accidente de la Mayflower pueda ser en realidad un acto de sabotaje introduce una inquietante posibilidad. ¿Es posible que haya un saboteador entre los tripulantes? De ser así, ¿intentará acabar de nuevo con la misión?

Alternando momentos de acción en los que las vidas de los personajes están en juego con escenas más relajadas en las que se ahonda en la caracterización de los mismos, los autores consiguen construir una historia con buen ritmo que mantiene al lector interesado hasta la última página. El final de la historia es, de hecho, bastante inteligente y plantea algunas cuestiones atractivas. Si bien es cierto que la identidad del saboteador es un misterio fácil de deducir, el giro de la última página es bastante más difícil de anticipar.

Todo esto hace que Venus sea una lectura de lo más agradable. Puede que no sea un cómic excepcional, pero no tengo problema en considerarlo un ejemplo notable de historia de ciencia ficción bien orquestada. Si te apetece leer un cómic de este género que se aproxime más a la realidad que nos presenta la ciencia que a la fantasía plagada de alienígenas y viajes más rápidos que la luz, se trata de una estupenda opción. Venus cuenta con todos los elementos imprescindibles en las historias de pioneros y exploradores enfrentados a lo desconocido, manteniendo los pies en la tierra y sin hacer demasiadas concesiones a la ciencia ficción más especulativa. Se podría decir que ofrece una historia bastante verosímil, quizá incluso plausible, aunque no deja de ser producto de la imaginación de sus artífices. Con el mercado del cómic americano tan saturado con los coloridos excesos de los superhéroes, encontrarse con un cómic de ciencia ficción como éste es una experiencia refrescante.


Por desgracia, de momento Venus no cuenta con edición en castellano, aunque la edición original americana puede encontrarse con facilidad en tiendas digitales como Comixology. Merece la pena echar un vistazo de vez en cuando a las miniseries que va publicando BOOM! Studios en esa plataforma, ya que sin hacer mucho ruido la pequeña editorial está lanzando cómics muy interesantes que suelen pasar desapercibidos entre la marabunta de novedades de Marvel y DC. Venus no es el único cómic de ciencia ficción que ha publicado recientemente y sospecho que tampoco es la única joya escondida en su catálogo.

9 de septiembre de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 9): "El Guardián de Lunitari"



Mi relectura de la saga se aproxima a paso lento pero seguro a las Crónicas de la Dragonlance, el auténtico inicio de esta serie de libros de espada y brujería. Siguiendo la en ocasiones enrevesada cronología, sólo me queda pasar por las dos trilogías de Preludios antes de abordar al fin El Retorno de los Dragones, primer volumen de las Crónicas. Si las Crónicas comienzan con la reunión del grupo de héroes tras varios años de separación, los Preludios se encargan de narrar lo sucedido durante ese intervalo de tiempo, antes de que arranque la llamada Guerra de la Lanza. Se trata, por tanto, de una serie de aventuras independientes que pretenden ahondar en algunas circunstancias que se mencionan durante las Crónicas, como por ejemplo el hecho de que Flint fue secuestrado durante una temporada por los enanos gully a los que tanto desprecia. Más allá de eso, como sucede por norma general en todas las precuelas, su trascendencia es bastante limitada y no aportan demasiado al panorama general de la saga. No obstante, eso no quiere decir que no sean libros entretenidos. Más bien al contrario, ya que exploran algunas ideas imaginativas que merecen ser comentadas. No hay mejor ejemplo de ello que la primera entrega de la serie original de Preludios, titulada El Guardián de Lunitari (Darkness & Light en su edición original), en la que nuestros protagonistas viajan nada menos que hasta una de las lunas de su mundo gracias a un artefacto volador construido por los gnomos.

Este libro firmado por Paul B. Thompson y Tonya R. Carter destaca por su considerable volumen, bastante por encima de la media de cualquier otro de la Dragonlance. Es un tocho que abarca casi quinientas páginas en total, en lo que sospecho que es la fusión de dos manuscritos diferentes. El Guardián de Lunitari transmite la sensación de tratarse de un libro completo al que se le ha adjuntado a modo de desmesurado epílogo el esbozo de lo que podría haber sido una nueva entrega situada a continuación. No es más que una percepción subjetiva por mi parte, pero desde luego la estructura del libro es algo menos convencional que la de sus compañeros de colección. El arco narrativo principal, que se centra en el viaje hasta la luna y las aventuras allí acontecidas, alcanza su conclusión natural cuando aún restan unas cien páginas hasta el final. Lo narrado en ese último tramo bien podría haber sido material para una secuela, tras ser debidamente ampliado y desarrollado, aunque aquí se emplea como una suerte de epílogo que cierra algunos cabos sueltos que quizá se habrían pulido más si hubiesen gozado de mayor espacio. Sea como fuere, sí que hay una clara conexión entre esa especie de epílogo extendido y la aventura lunar, por lo que no se percibe como un añadido artificial o como algo fuera de lugar. No se puede decir que el conjunto no sea coherente.

El Guardián de Lunitari arranca en un momento clave de la historia de la Dragonlance: la última reunión de los compañeros en la posada El Último Hogar antes de su separación, en la que prometen que volverán a encontrarse en ese mismo lugar cinco años después. Ese augurado reencuentro será el que dé inicio a las Crónicas, por lo que todo lo mostrado en los Preludios se ubica dentro del margen de esos mencionados cinco años. Durante ese intervalo, cada personaje estará sumido en sus propias tramas: Raistlin y Caramon acudirán a la Torre de la Alta Hechicería para que el joven mago pase la Prueba, Flint será nombrado rey de los gullys en contra de su voluntad, Tas volverá a su patria tras vivir una aventura con cierto mamut lanudo, Tanis afrontará una vez más los problemas derivados de su naturaleza como semielfo, Sturm volverá a su Solamnia natal a reclamar el legado de su padre y Kitiara... bueno, digamos que Kitiara empezará a hacer malas compañías. Pero todo eso será en un futuro más o menos cercano. Poco después de la reunión en El Último Hogar, Sturm y Kitiara deciden viajar juntos hacia el norte, aunque por motivos bien distintos, y ahí es justo donde empieza el argumento del libro que hoy estamos comentando.

El taciturno aprendiz de caballero desea viajar al país del que tuvo que exiliarse cuando la orden de caballería de su padre cayó en desgracia con la esperanza de hallar alguna pista sobre el destino de su progenitor. Por su parte, Kitiara quiere poner tierra por medio entre ella y Tanis tras una acalorada discusión que pone de manifiesto que el romance entre ellos estaba condenado al fracaso. Ciertos rumores indicaban que se estaban reclutando tropas en el norte, por lo que esa dirección parecía tan buena como cualquier otro para la joven mercenaria. Y ya que ambos se dirigían en la misma dirección, parecía lógico que Sturm y Kit viajasen juntos, aunque fuesen una pareja tan inusitada. De hecho, una de las constantes en El Guardián de Lunitari son los continuos choques entre ambos personajes, cuyos sistemas de creencias son prácticamente opuestos: Sturm cree en el honor y la justicia, mientras que Kit no cree en nada más que en ella misma y su beneficio personal; más importante aún, Sturm se rige por los principios caballerescos de bondad, servicio y entrega, mientras que la mercenaria es despiadada, egoísta y ansía el poder por encima de todo. Por si esto fuera poco, ambos tienen que lidiar también con su bagaje previo, que no es precisamente ligero. En el caso de Kit, pesa mucho su fallida relación con Tanis, a quien nunca dejará de amar y a quien nunca será capaz de olvidar ni perdonar. En el caso de Sturm, la carga proviene del exilio de su familia y la deshonra caída sobre la orden de caballería a la que admira. Los dos personajes comparten también la ausencia de la figura paternal de la que se vieron privados demasiado pronto por azares del destino, aunque la hayan afrontado de maneras distintas: Sturm ha idealizado a su padre y aspira a seguir sus pasos, pero Kit ya ha superado la sombra de su progenitor y la ha dejado atrás, en el pasado.

Todo lo anterior constituye un interesante caldo de cultivo que convierte la elección de protagonistas para esta historia en un acierto. De forma constante pero sutil, los diversos acercamientos y alejamientos de Sturm y Kitiara irán mostrando que algo se cuece entre ellos. No en vano futuros libros nos hablarán del embarazo de Kit tras este viaje al norte y del bebé que nacerá a continuación, aunque esta circunstancia no se aborde en El Guardían de Lunitari. Tengamos en cuenta que este libro se publicó en 1989, en una época en la que la Dragonlance aún estaba iniciando su expansión, pero ya deja intuir algunas semillas que posteriores autores explotarán más adelante. Para aquellos que estamos interesados tanto en las relaciones entre los personajes como en las imposibles aventuras en las que se adentran, aquí podemos disfrutar de la constante tensión dramática entre Sturm y Kit, que permanecen en la difusa frontera entre el amor y el odio durante buena parte de la trama. El suyo es un romance poco convencional, empezando por el hecho de que ni siquiera debería ser calificado como tal. Hay atracción y afecto, sí, pero también mucha bilis, mucho resentimiento y bastantes deseos de escapar de la mordedura de una doloroso pasado y de un incierto futuro abrazando lo que es a todas luces un deseo imposible. Se trata de un ejemplo bastante acertado de la complejidad de las relaciones humanas, que muchas veces se ubican en el terreno gris de la ambivalencia y permiten que una misma persona despierte al mismo tiempo sentimientos de amor y de odio, de afecto y de desprecio, de admiración y de rechazo.


Dejando a un lado los jugosos dramas entre Sturm y Kitiara, en esta ocasión la aventura les lleva hasta un lugar inusitado: una de las tres lunas que orbitan el mundo de Krynn, más concretamente Lunitari, la luna roja. Para alcanzar semejante lugar cuentan con la participación de quienes son para mí las auténticas estrellas del libro, así como los personajes más divertidos y memorables. Se trata de un grupo de gnomos que han construido una embarcación voladora apodada El Señor de las Nubes. En este punto es necesario comentar las peculiaridades de los miembros de esta raza dentro del universo de la Dragonlance, ya que son algo distintos a sus contrapartidas en Dragones y Mazmorras. Los gnomos de esta saga destacan tanto por su imparable creatividad como por su total ausencia de sentido común, lo que los convierte en unos seres despistados e inconscientes con tendencia a provocar toda clase de accidentes y percances. Son criaturas que han renunciado a toda clase de magia y viven para la ciencia, siendo la hidrodinámica su santo grial ("¡Hidrodinámica!" es de hecho su mayor juramento, equivalente a "¡Dios mío!"). Se trata por tanto de una raza de ingenieros e inventores, aunque con demasiada frecuencia su imaginación desmesurada les impide crear artefactos útiles o prácticos. Así, las máquinas gnomas tienen unas preocupantes probabilidades de estallar o de dañar a sus usuarios y, si funcionan de forma correcta, es más por mero azar que por la maestría de sus creadores. Los gnomos son, además, unos hombrecillos impulsivos e infantiles, que recuerdan a unos niños inquietos e hiperactivos que no albergan preocupación alguna por las consecuencias de sus actos... pero aún así son capaces de enzarzarse en interminables discusiones acerca de los datos más insignificantes o las mediciones más inútiles. Digamos que el pragmatismo no es su fuerte, aunque sean trabajadores incansables. Teniendo en cuenta lo anterior, no cabe duda de que su presencia siempre es fuente de carcajadas y de momentos dignos de ser recordados.

En esta ocasión, nuestros dos protagonistas han recorrido una pequeña parte de su viaje hasta el norte y se han dado cuenta de que algo siniestro se avecina, con tropas de seres con aspecto de reptil (claramente draconianos) asaltando pueblos y el odio hacia los no humanos creciendo por todas partes, cuando se cruzan con el grupo de gnomos de El Señor de las Nubes y se unen a su expedición. Al principio desconfían de la nave voladora, pero tras emprender el vuelo acaban maravillados por el ingenio mecánico y se hacen amigos de sus tripulantes. Puesto que el grupo de gnomos es numeroso, los autores recurren a un recurso tan viejo como efectivo para que todos sean reconocibles y fáciles de recordar: otorgarles a cada uno un nombre relacionado con sus tareas dentro del navío o con un rasgo personal fácil de distinguir. De esta forma, tenemos a Tartajo (el tartamudo líder del grupo), Trinos (el mecánico y responsable del motor del barco, que se comunica usando un idioma propio a base de silbidos), Alerón (el piloto de El Señor de las Nubes), Argos (el astrónomo y navegante), Chispa (el encargado de recolectar los rayos que alimentan el motor de la embarcación), Crisol (el metalúrgico y experto en química), Carcoma (el carpintero), Pluvio (el encargado de pronosticar el clima), Bramante (el cordelero experto en toda clase de cuerdas, cables y tejidos) y el pequeño Remiendos (el más joven de todos los gnomos, ayudante y aprendiz de Bramante).

Como se puede intuir, se trata de un grupo cómico y variado cuyas interacciones siempre son todo un divertimento; no sólo las interacciones entre ellos, sino también las que comparten con Sturm y Kit. Al principio los dos aventureros tardan en aceptar la compañía de los gnomos y sus llamativas manías, pero luego acaban cogiéndoles cierto cariño. Lo mismo puede aplicarse al lector, de ahí uno de los grandes peligros de este volumen: las precuelas tienen tendencia a introducir nuevos personajes que mueren a lo largo de la trama para que no interfieran con la cronología ya establecida, por lo que es posible que no todos los gnomos de esta historia regresen de su viaje a Lunitari. Es todo lo que puedo decir las respecto por motivos obvios.

Respecto al viaje hasta el astro en cuestión, es inevitable que la peripecia recuerde a Spelljammer. Para aquellos que no proceden del entorno de Dragones y Mazmorras, conviene apuntar que Spellhammer era un escenario de campaña en el que naves voladoras similares a barcos o galeones surcaban el espacio exterior y viajaban entre mundos. Aunque mucho más enfocado a la vertiente mágica que a la científica, los módulos de Spelljammer tenían en cuenta aspectos tales como que cada navío contaba con su propio campo gravitatorio y con su propia atmósfera, haciendo posible la "navegación" en el vacío. De forma similar, El Señor de las Nubes de nuestros protagonistas gnomos presta atención a ciertos detalles científicos que le otorgan algo de verosimilitud pese a su naturaleza imposible. Por ejemplo, el motor del barco volador funciona gracias a la energía eléctrica de los rayos que los gnomos "recolectan" durante una tormenta y el propio navío se sustenta gracias a un globo de "gas etéreo" más ligero que el aire. Estos detalles le dan sabor a la historia y la mantienen en ese espacio entre la realidad y la fantasía en el que todo es posible. Algunas de las secuencias más logradas del libro se ubican durante el viaje hasta la luna roja y en ellas se combinan esos pequeñas notas de realismo con la sugerente fantasía de navegar a través del vacío del espacio. A destacar la manera en la que los autores saben transmitir la noción de que la distancia recorrida es enorme y los momentos en los que cambia bruscamente el marco de referencia al entrar la nave en la zona de influencia de la gravedad del otro cuerpo celeste (se podría mencionar ese momento desconcertante en el que El Señor de las Nubes pasar en un instante de "ascender" hacia Lunitari a "descender" hacia el satélite). En definitiva, para tratarse de un libro de fantasía juvenil sabe recurrir a la perspectiva científica de vez en cuando, lo cual es lo menos que se puede esperar habiendo gnomos implicados.

Hay que aclarar, no obstante, que el viaje hasta la luna roja no es voluntario sino que se produce por accidente. Una inocente imprudencia de uno de los tripulantes gnomos estropea el motor y deja las alas de la nave fijadas en posición de ascenso, lo que unido a la autonomía de un motor recién recargado hace que la embarcación ascienda sin cesar hasta estrellarse en Lunitari. Para Sturm y Kit el viaje se convierte entonces en una cuestión de supervivencia, dadas las escasas posibilidades de reparar la nave y regresar. Para los gnomos, en cambio, es la oportunidad de explorar y catalogar nuevos hallazgos científicos. De esta manera, el tono de la historia oscila entre la despreocupación que transmiten los gnomos y la severidad que contagian los dos aventureros que se saben fuera de su elemento. Poco a poco, el sentido de la maravilla va dejando paso a la preocupación y a la opresión de un ambiente yermo y hostil... aunque sorprendentemente no deshabitado. En efecto, hay seres vivos en Lunitari y tienen sus propios intereses respecto a la accidentada expedición. Entre ellos están el autoproclamado rey Rapaldo I, otro náufrago como ellos que ha enloquecido tras años de aislamiento, y Cupelix, de quien procede el título de esta historia. Cupelix, el Guardián de las Nuevas Vidas, es un dragón cobrizo al que se le ha encargado la misión de custodiar los huevos de los dragones metálicos del Bien, exiliados de Krynn cientos de años atrás para asegurar el equilibrio después de la derrota de los dragones cromáticos del Mal. Locuaz, sibilino y ambiguo, el personaje del gigantesco reptil da mucho juego a lo largo de la narración, ya que sus intenciones son cuanto menos sospechosas.

La propia Lunitari es un lugar extraño y hostil, en el que la mera presencia de los dragones durmientes dentro de sus huevos insufla magia al ambiente y genera fenómenos extraños. Tantos los gnomos como Kitiara y Sturm llegan a desarrollar inesperados talentos sobrenaturales que, pese a resultar útiles al principio, acaban convirtiéndose en poderosos inconvenientes. Escapar de la luna roja se convierte entonces en un imperativo, aunque dicho objetivo no será nada fácil. Obviamente, sabemos que Sturm y Kit tienen que estar de vuelta en Krynn para participar en las Crónicas, así que en ningún momento el lector llega a dudar de su regreso. Lo importante aquí es el modo en que dicho regreso se produce y las pérdidas que se deben asumir para materializarlo. ¿He comentado ya que es posible que no todos los gnomos lleguen al final de la historia?

El final de la aventura lunar es un tanto anticlimático, pero personalmente me parece bastante apropiado. Tengo cierta predilección por las conclusiones agridulces y esta lo es en cierta medida. No todas las aventuras tienen por qué acabar con pompa y boato, sobre todo si no se consigue mayor beneficio de ellas que unos cuantos recuerdos tras haber sobrevivido a duras penas. El primer viaje de El Señor de las Nubes es tanto un éxito como un fracaso, pues aunque el navío llega hasta el lejano satélite (¡algo inaudito que un invento gnomo cumpla su función a la primera!) no trae ninguna prueba que lo demuestre a su regreso. Las andanzas del grupo en Lunitari tienen pocas consecuencias y, si bien puede considerarse exitoso que consigan regresar con vida, el coste de la aventura es muy elevado; por no mencionar que la importante misión en la que se embarcan los personajes junto a Cupelix es infructuosa al final. Pese a todo, el final me parece bien resuelto, además de resultar sugerente y dejar la puerta abierta a futuras aventuras. Los gnomos prometen embarcarse en la construcción de El Señor de las Nubes Fase Dos, después de todo, aunque esa será una historia que tendremos que imaginarnos nosotros, los lectores.

Lo raro del libro llega en su parte final, concluida la trama en la luna roja. Como ya apuntaba antes, los últimos capítulos siguen las andanzas en solitario de Sturm en tierras de Solamnia y bien podrían haber constituido un libro distinto si se hubiesen extendido un poco más. Conectando con las extrañas visiones mágicas que experimenta el aprendiz de caballero en Lunitari, esta pequeña trama sirve para despejar algunas dudas sobre el destino de su padre. Aunque no llega a desvelarse por completo (sería estúpido revelar por completo uno de los secretos más sugerentes de la saga), Sturm es capaz de seguir los pasos de su progenitor hasta las ruinas del castillo de su familia, donde se hará con la espada y la armadura de su padre; las mismas que lucirá al empezar las Crónicas de la Dragonlance. Pero para obtenerlas antes tendrá que enfrentarse a un siniestro personaje llamado Merinsaard que está reuniendo un ejército en el norte y que parece ser un prototipo de lo que en las Crónicas serán los Señores de los Dragones, los generales del ejército de la Reina de la Oscuridad. Se trata de una aventura breve, con algunos momentos curiosos (como ese en el que Sturm viaja junto a unos ganaderos y toma bajo su protección a Tervy, una joven salvaje de una tribu de cuatreros que me hubiese gustado ver desarrollada con más detenimiento) y un final más que decente en el que Kitiara tiene una última sorpresa que ofrecer.

En definitiva, El Guardián de Lunitari es otro de esos libros de la Dragonlance que se devoran con fruición y mantienen el interés hasta el final. Toda la parte en la que están implicados los gnomos es una gozada y esa especie de epílogo extendido, aunque de estructura poco convencional, funciona adecuadamente como cierre. Hay algunos aspectos que me parecen poco acertados, como el hecho de que aparezcan dragones y draconianos en una historia ambientada antes de su gran revelación en las Crónicas, pero esto entra dentro de mis pequeñas críticas habituales a las precuelas de la saga. En general se trata de un volumen entretenido y competente, además de una de las precuelas más memorables... aunque sólo sea por el hecho de que los personajes no viajan todos los días hasta una luna. Y continuando con las precuelas, en la siguiente entrega de los Preludios de la Dragonlance toca cambiar a los gnomos por kenders. El próximo libro que comentaré en este repaso será El País de los Kenders, un volumen protagonizado por el inefable Tasslehoff y por su tío favorito: el célebre Tío Saltatrampras, toda una leyenda entre los kenders de Krynn y un personaje digno de ser descubierto.

5 de septiembre de 2017

[Series] Twin Peaks: The Return, un viaje personal

Tengo un buen montón de borradores sobre Twin Peaks guardados en este mismo blog. Hace bastante tiempo me planteé escribir una serie de artículos en los que comentar la clásica producción de David Lynch y Mark Frost capítulo a capítulo, aunque decidí que no se publicaría ninguno hasta que los tuviese todos listos para así evitar que el proyecto se quedase colgado a mitad. Llegué a escribir sendos comentarios sobre los nueve o diez primeros episodios hasta que, efectivamente, el proyecto se quedó colgado como tantos otros en los que me he embarcado en el pasado. Dudo que alguna vez llegue a retomarlo, pese a que he pensado en él con frecuencia. No obstante, no creo que el hecho de que esos comentarios jamás vean la luz sea una gran pérdida. Después de todo, Twin Peaks ha sido comentada, estudiada y analizada por infinidad de personas con mucho más conocimiento y mayor destreza en el uso de la palabra que yo. Aún me pregunto qué podría haber aportado yo que no hubiesen pensado ya otros hace años.

Hoy la mítica serie vuelve a estar en boca de todos tras la finalización de Twin Peaks: The Return y mi pregunta sigue siendo la misma: ¿qué puedo aportar yo al comentario general que no haya sido apuntado ya por mentes más despiertas que la mía?


Hace años, cuando empecé a escribir en este blog, me creía capaz de todo. Era la época anterior a las redes sociales y los ahora anticuados foros y blogs estaban en pleno auge. En aquel tiempo, la experiencia de disponer de una bitácora propia en la que compartir opiniones sin ningún tipo de límite era novedosa y deslumbrante. Podías pasarte horas y horas escribiendo un texto de varios miles de palabras y siempre había alguien interesado en leerlo y discutirlo con detalle, lo cual hoy parece inverosímil teniendo en cuenta nuestra restricción autoimpuesta de limitar nuestro diálogo a una sucesión de ideas breves de no más de ciento cuarenta caracteres pobremente articuladas. Aquel peculiar clima invitaba a escribir, a debatir y a asumir retos, quizá incluso por encima de nuestras propias posibilidades. En mi caso particular, no había obra que no me sintiese capaz de diseccionar, analizar y comentar. No había obra que estuviese fuera de mi conocimiento o de mi alcance. Era experto en todas las materias y maestro de todas las artes. Por supuesto que podía desvelar todos y cada uno de los secretos ocultos de Twin Peaks, faltaría más.

Aquella sensación era ilusoria, claro está. Gozar de una plataforma desde la que proclamar tus opiniones no te convierte en experto ni maestro, lo cual era tan cierto en la época de los blogs y foros como lo es hoy en la era de la supremacía de las redes sociales. La gran verdad es que por aquel entonces tenía la misma autoridad que tengo actualmente para hablar sobre Twin Peaks: ninguna en absoluto. Por tanto, dejaré el análisis en manos de otros más sabios, más valientes o más soberbios que yo.


La misma soberbia que teníamos muchos blogueros en aquellos años la tienen hoy lo tuiteros que se han embarcado en la ardua tarea de realizar la autopsia a Twin Peaks: The Return para desvelar sus insondables misterios. Durante los próximos años se escribirá tanto o más como se escribió sobre la serie original hace más de dos décadas. Obviamente, surgirán muchos adalides precoces que se creerán capaces de comprender todos sus enigmas y publicarán sus sesudas teorías y disertaciones. Les daré la bienvenida a todos, aunque tengo claro que esta vez no estaré entre ellos. Esta vez no escribiré comentarios ni análisis. No habrá reseñas ni artículos por mi parte. No habrá interés en mí por desvelar secretos ocultos ni por iluminar oscuridades ajenas. No me siento capaz de hacerlo.

He aprendido a distinguir las grandes obras como aquellas que me apabullan y me hacen sentir ignorante, incapaz e indigno. No me considero inculto ni mucho menos, pero sé cuándo algo está más allá de mis horizontes personales. Son esas obras que me superan, me amedrentan e incluso me saturan las que en última instancia acabarán expandiendo dichos horizontes, pero no antes de largas reflexiones en las que digerir y asimilar lo experimentado. En un primer momento, cualquier contacto con ese tipo de producciones es como enfrentarse directamente a un vacío inabarcable e incomprensible. Así ha sido mi experiencia al ver por vez primera Twin Peaks: The Return, por cierto, no muy distinta a observar una realidad que está más allá de cualquier entendimiento. El regreso de la mítica serie está años luz por delante de los límites de mi mente, mucho más allá de esos metafóricos horizontes antes mencionados. No será fácil ni rápido recorrer la distancia que nos separa, suponiendo que sea capaz de hacerlo, aunque eso no quiere decir que no vaya a intentarlo. Quizá dentro de unos años, tras todas las reflexiones necesarias y el subsiguiente aprendizaje, empiece a sentirme capaz de hablar o de escribir sobre lo que han pergeñado Lynch y Frost.


Sentirse pequeño e ignorante es una experiencia necesaria, quizá incluso imprescindible. Sirve para adquirir perspectiva y situarse en un contexto real, en el que nadie nace siendo experto ni maestro; un contexto en el que, en definitiva, la sabiduría y la maestría son el producto de la dedicación, el estudio, la reflexión y el esfuerzo. El experto y el maestro se forjan con el tiempo, conscientes de sus progresos pero también de sus carencias. Me gusta pensar que tanto el uno como el otro saben cuándo pueden hablar y cuándo deben callar, escuchar y aprender, porque ni el verdadero sabio ni el auténtico maestro permanecen siempre estáticos: son conscientes de que su aprendizaje no debe detenerse nunca y carecen de la soberbia que les impediría admitir que hay otros mejores que ellos de los que seguir aprendiendo. Es conveniente, pues, recibir una lección de humildad de vez en cuando y hacerse consciente de las propias limitaciones para marcar con ellas la hoja de ruta que nos conducirá algún día hacia un mayor conocimiento y una mejor destreza.

La humildad es la gran lección que extraigo de Twin Peaks: The Return. Aún estoy muy lejos de poder entender la fantasmagórica visión de Lynch y Frost. Me siento estúpido y analfabeto cada vez que trato de organizar mis pensamientos sobre la serie que he visto. Me siento superado, arrollado, aplastado y destruido, pero también me siento inspirado, excitado y ansioso. Tengo hambre de conocimiento, de comprensión. Quiero entender el lenguaje visual de Lynch, sus paralelismos con las artes pictóricas de las que parte y los referentes sobre los que se ha erigido su estilo. Quiero ver más allá de lo evidente y comprender las decisiones que han llevado a que el regreso de Twin Peaks sea de esta forma y no de otra. Quiero comprender lo incomprensible y asir lo intangible, nada menos. Pero aunque sepa que jamás seré capaz de hacerlo, debo al menos intentarlo. Puede llevar años, pero después de este trance necesito expandir mis horizontes como nunca antes.


Por todo lo anterior, no habrá en este blog ningún comentario ni análisis sobre Twin Peaks: The Return. Al igual que aquellos artículos que escribí hace tiempo sobre la serie original, cualquier opinión que pueda tener sobre esta obra extravagante y desmesurada dormirá en silencio hasta el día en que sienta con total sinceridad que tengo algo valioso que aportar. En caso de llegar esa día, aquello que publique no será un pedante análisis ni una pretenciosa reseña. Ya no tengo orgullo para esas cosas. Si alguna vez llega ese momento, cualquier texto que firme surgirá de la humildad, el respeto y el mayor agradecimiento posible hacia una obra tan sublime que me hace querer ser mejor de lo que soy; que me hace querer ser digno de ella.

Mientras tanto, no voy a hablar sobre Judy. No voy a hablar sobre Judy en absoluto.

17 de agosto de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 8): "Mithas y Karthay"

Mithas y Karthay (titulado The Companions en la edición original de 1992) es la última entrega de Los Compañeros de la Dragonlance (Dragonlance Meetings), una colección que partía de la premisa de narrar los primeros encuentros entre los protagonistas de las futuras Crónicas de la Dragonlance. Dicha premisa no siempre se cumple a lo largo de los seis libros, lo cual repercute en la falta de definición del conjunto. Sin un hilo común que conecte a las distintas entregas más allá de la sucesión cronológica de acontecimientos, la hexalogía carece de personalidad propia y depende por completo de la destreza de los autores implicados en cada volumen para salir bien parados de las historias que plantean. Por fortuna, la encargada de concluir la colección es Tinal Daniell, quien fuera responsable de una de las entregas que más disfruté en su momento: Kitiara Uth Matar. Aunque Mithas y Karthay no suponga la culminación de un argumento construido libro a libro gracias a la suma de aportaciones de los distintos escritores, sí que ofrece una narración absorbente que va aumentando de intensidad hasta alcanzar un clímax muy satisfactorio que hace que la colección en sí gane varios enteros. Merece la pena pasar por los libros anteriores, algo irregulares aunque siempre entretenidos, para llegar al final de la hexalogía y experimentar la sensación de que esos personajes han ido acumulando un cierto bagaje que los enriquece y les proporciona mayor entidad.

Quizá el mejor punto de inicio para cualquier lectura de esta saga de espada y brujería sea la trilogía original de las Crónicas, pero creo que dedicar un tiempo a las precuelas (tanto a estos Compañeros como a las dos series de Preludios) tiene la ventaja de otorgarle un mayor peso a sus protagonistas. No es lo mismo asumir que los personajes son viejos amigos que vivieron muchas aventuras en el pasado porque la narración los presenta así, tal y como sucede en las Crónicas, que acompañarles durante sus primeros viajes juntos y asistir así directamente a la forja de su amistad, lo cual ocurre leyendo precuelas como la que ahora nos ocupa. Todo ese bagaje acumulado en las historias previas beneficia a la caracterización en las aventuras posteriores y ayuda a que el lector conecte y se implique con los personajes. Al menos esta es la sensación que me ha transmitido el epílogo de Mithas y Karthay, que me hizo pensar en los numerosos acontecimientos narrados en la colección desde aquel primer libro que mostraba el momento en el que Flint y Tanis se conocieron. Al llegar al sexto libro el grupo de aventureros ya está más que asentado y los protagonistas están definidos con una claridad cristalina, lo cual incluye sus filias, sus fobias y sus dramas personales. A lo largo de Los Compañeros de la Dragonlance se ha abordado la pertenencia racial de Tanis y Flint, la agotadora convivencia con el carismático y problemático kender Tas, la importancia del legado familiar para personajes como Sturm o Kitiara (ambos descendientes de nobles Caballeros de Solamnia caídos en desgracia por distintas circunstancias), la extraña y disfuncional relación entre los dos hermanos Majere (Raistlin y Caramon) y el apasionado pero tóxico romance entre Tanis y Kitiara, entre otras muchas cosas. Llegados a este punto cuesta no sentirse implicado emocionalmente con estos personajes, lo cual es hábilmente aprovechado por la autora del volumen que hoy estamos comentando.

Mithas y Karthay es una de esas historias en las que los protagonistas pasan buena parte del tiempo separados, implicados en sus propios problemas pero inmersos en acontecimientos interrelacionados, hasta que sus diversos arcos argumentales confluyen en última instancia y todos acaban reuniéndose en el momento del clímax. En esta ocasión, Caramon, Sturm y Tas son secuestrados por los minotauros mientras realizaban un viaje para comprar cierto componente exótico de hechizos para Raistlin. Con sus amigos trasladados hasta las distantes islas habitadas por los hombres toro (las mismas que dan título al volumen), el joven aprendiz de mago se dispondrá a rescatarlos acompañado por Flint y Tanis. Por su parte, Kitiara viajará por su cuenta y riesgo hasta las islas tras ser informada de lo sucedido. Ninguno de los aventureros conoce en un primer momento que acabarán inmiscuyéndose en los planes del Amo de la Noche, un chamán minotauro que pretende lanzar un hechizo que permitirá que el dios al que adora su raza, Sargonnas, el Señor de la Venganza, entre en el plano físico y encabece la conquista del mundo por parte de las fuerzas de los hombres toro.

Buena parte del libro se centra en narrar las penurias por las que pasan Caramon, Sturm y Tas como prisioneros de los minotauros, que llegan a rozar lo angustioso en un par de ocasiones. Esa parte de la historia, por tanto, se beneficia del conocimiento previo y de la implicación emocional del lector hacia los personajes: cuanto más simpáticos te resulten Caramon, Sturm y Tas, más incómoda y preocupante te resultará la lectura de su desventurado viaje. Después de todo, hay varios capítulos en los que son directamente torturados y humillados por sus captores. Por momentos creo que el libro resulta excesivo en su descripción del sufrimiento, aunque soy consciente de que estas historias de fantasía medieval no suelen estar exentas de crudeza pese a todos sus elementos ficticios. En cualquier caso, se trata de escenas ridículas en comparación con la forma en que se emplea la violencia en otras sagas como Canción de Hielo y Fuego, por ejemplo. La diferencia radica en que la Dragonlance está dirigida al público juvenil, no a lectores adultos.

Por otro lado, la autora sabe bien lo que hace al desperdigar a los personajes. Es un acierto separar a los dos hermanos, Caramon y Raistlin, ya que invita a pensar que la preocupación del aprendiz de mago por su corpulento gemelo es genuina. No obstante, Raistlin sabe mucho más de lo que desvela en un primer momento y sus movimientos siempre ocultan otras motivaciones que nada tienen que ver con el amor fraternal, lo cual es muy fiel a su caracterización más íntima. También es interesante averiguar cómo se las ingenia el enfermizo y delicado muchacho para sobrevivir en territorio hostil sin el apoyo de su vigilante y protector hermano. Si la situación hubiese sido a la inversa y Raistlin fuese el secuestrado, no resultaría nada sorprendente que Caramon encabezase su rescate. Sin embargo, en este volumen la escritora nos propone una circunstancia mucho más inusual e inesperada en la que Raistlin adopta el rol de rescatador, lo cual es muchísimo más interesante. Además, el aprendiz de mago tiene que hacer equipo con Flint y Tanis, dos personajes con los que apenas tiene nada en común y que suelen desconfiar de él. El enano y el semielfo no ven la magia con buenos ojos ni están cómodos en presencia del reservado e introspectivo aprendiz, por lo que el trío de rescatadores se mantiene en una constante tensión dramática.


Irónicamente, el único personaje que Tina Daniell no sabe desplegar con el mismo acierto es Kitiara, la apasionada mercenaria a la que tan bien supo coger el tono en el tercer volumen de Los Compañeros de la Dragonlance. En este libro la presencia de Kit no sólo es escasa, protagonizando un único capítulo y no volviendo a aparecer hasta la conclusión, sino que también acaba desempeñando el odioso rol de damisela en apuros que tan inadecuado resulta para una mujer que se gana la vida con la espada. Es importante recordar que hablamos de libros escritos hace más de veinte años, en una época en la que la cultura popular no reflejaba las preocupaciones sociales que tan presentes están hoy en día, pero esta circunstancia resulta llamativa dada la estupenda caracterización de Kit como mujer independiente y rebelde que hizo la autora en el pasado. En Kitiara Uth Matar, la mercenaria siempre tenía un rol activo en los acontecimientos, mientras que el papel que desempeña en la conclusión de Mithas y Karthay es mucho más pasivo de lo que desearía. Puede que esta sea la mayor crítica que se le puede hacer a esta entrega de Los Compañeros de la Dragonlance, aunque no es el único detalle que me ha chirriado durante la lectura.

El otro aspecto que me parece discutible tiene que ver con el manejo del tiempo y el espacio. Como se puede esperar en base a la sinopsis planteada, nos encontramos ante un libro que se centra en el viaje de los rescatadores para alcanzar a los secuestrados en las lejanas islas de los minotauros. Como en muchas otras historias de fantasía medieval, el grueso principal del argumento transcurre durante el viaje propiamente dicho. Pues bien, si cogemos un mapa de Krynn (el mundo ficticio en el que se ubica la Dragonlance), marcamos los puntos en los que se encuentran los personajes al iniciarse el argumento y vamos trazando las líneas que recorren durante sus respectivos desplazamientos, nos sorprenderá comprobar lo vastas que son las distancias que han viajado. Dichos desplazamientos, además, transcurren de forma paralela hasta que todos los compañeros se reúnen en un mismo punto. El problema es que si uno se pone estricto y empieza a hacer cálculos numéricos sobre distancias y tiempos, los datos no encajan: es totalmente imposible recorrer distancias tan enormes en los tiempos marcados por la narración, ya sea a pie, a caballo o en barco. Obviamente, el lector medio no se molestará en analizar los detalles de la historia hasta semejante nivel, pero basta un mínimo esfuerzo mental para poner en jaque la verosimilitud de los acontecimientos. Al fin y al cabo, incluso los mundos de ficción deben obedecer una serie de normas físicas básicas y si el autor no las respeta se arriesga a que se le vean las costuras a su relato.

Reconozco que no es nada fácil manejar una historia con varios arcos argumentales paralelos que acaban confluyendo al final, pero me parece tarea del escritor el llevar a cabo los tediosos cálculos que aseguren que su argumento es verosímil. Eso incluye calcular cuántos kilómetros deben recorrer los personajes en cada jornada para llegar a su destino, manteniendo la cifra dentro del intervalo de lo físicamente posible. Narrar un viaje sin definir con detalle las distancias y los tiempos es arriesgado, sobre todo cuando el libro incluye un mapa para que lector pueda consultarlo a su antojo. Una posible solución para no hacerse un lío de cifras pasa por hacer trampa y recurrir a la magia, lo cual me parece un recurso un tanto perezoso. Es justo el recurso que utiliza Tina Daniell para que los cálculos de su viaje tengan sentido, haciendo que los personajes recorran parte de la gigantesca distancia de su recorrido mediante un desplazamiento mágico. En esta historia tanto los secuestrados, cuyo barco es transportado de un extremo a otro del mapa por una tempestad mágica, como los rescatadores, que usan un portal para ahorrarse el grueso del viaje por tierra, recurren a la magia. No me parece la mejor solución posible para el problema planteado, sobre todo porque incluso teniendo en cuenta el uso de la magia siguen quedando cuestiones que no acaban de encajar: ¿cómo consigue entonces Kitiara llegar a las islas de los minotauros desde Solamnia antes que sus compañeros que han viajado por medios místicos?

En cualquier caso, la autora emplea un recurso que me parece muy efectivo para transmitir la sensación de estar inmersos en un largo viaje durante uno de los capítulos. Se trata del capítulo en el que Tanis, Flint y Raistlin se embarcan para cruzar el Mar Sangriento en dirección a la nación de los hombres toro, que está narrado como si se tratase de un diario de a bordo anotado por Tanis. Me parece un recurso mucho más útil e interesante para reflejar el paso del tiempo y para mover a los personajes una larga distancia sin consumir un número excesivo de páginas. En volúmenes anteriores de la hexalogía he tenido la sensación de que los autores no han sabido manejar bien el ritmo de su relato y se han quedado sin páginas al final, dejando la conclusión o el epílogo algo cojos. Me ha alegrado comprobar que Mithas y Karthay es el caso opuesto, ya que la narración conserva un ritmo bien equilibrado que aumenta progresivamente de intensidad hasta su conclusión, que viene seguida de un adecuado epílogo que sirve como cierre tanto para la historia planteada en este libro como para la colección de la que forma parte. Dejando a un lado mis críticas sobre el rol de Kitiara y el manejo de las distancias y los tiempos, no tengo problema en admitir que este es un libro bastante sólido; es más, diría que es uno de los mejores de la hexalogía.

Se trata de uno de los títulos que mejor aprovecha el entorno de fantasía de la saga, recurriendo a uno de los bestiarios más extensos que recuerdo, con criaturas de todo tipo que van desde gigantescos gusanos marinos, leucrottas, orughis, bulettes y rocs hasta un descomunal hatori, todos ellos seres poco comunes tanto en Dragones y Mazmorras como en la propia Dragonlance. También cuenta con unos personajes secundarios muy llamativos, como la agradable semiogro Kirsig y los representantes de las dos especies más relevantes en esta historia: los kiris, unos primitivos aunque nobles hombres pájaro, y los minotauros. Ambas razas son enemigas, por lo que nuestros protagonistas acaban aliándose con los kiris antes del asalto final contra las fuerzas del Amo de la Noche. Como en cualquier precuela, es fácil adivinar qué personaje secundario no llegará vivo al final de la lucha, pero esto es inevitable. Finalmente, Mithas y Karthay es de especial interés por ofrecer un vistazo a la sociedad de los minotauros, que son seres que no existen en el universo de Dragones y Mazmorras pero que poseen una amplia presencia en la Dragonlance. Más allá de las esperadas muestras de brutalidad, resulta fascinante descubrir que los hombres toro gozan de su propia organización política y religiosa, con sus correspondientes intrigas y juegos de poder. No obstante, quizá lo más sorprende del libro sea la presencia del único kender perverso que recuerdo haber leído en esta saga; uno que sigue conservando su naturaleza entrometida y su peculiar sentido del humor pese a estar alineado con las fuerzas del Mal. Su inclusión en la historia es tan ocurrente como perturbadora.

Con esto concluye mi repaso a los seis volúmenes que componen Los compañeros de la Dragonlance, pero antes de llegar a las esperada relectura de las Crónicas de la Dragonlance aún quedan unas cuantas precuelas que revisitar: en concreto, las dos trilogías de Preludios ambientadas en los años anteriores a las Crónicas en los que los compañeros se separan para buscar evidencias sobre la presencia de los viejos dioses en el mundo. La primera de estas trilogías comienza con El Guardián de Lunitari, una historia protagonizada por la difícil pareja constituida por Kitiara y Sturm, que por azares del destino acabarán viajando en un barco volador de manufactura gnoma hasta Lunitari, la mismísima luna roja de Krynn. Será el próximo libro a comentar en esta serie de artículos.

4 de agosto de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 7): "Pedernal y Acero"

Los Compañeros de la Dragonlance (Dragonlance Meetings en el original) es una hexalogía que pretende narrar los primeros encuentros entre algunos de los personajes más destacados de esta saga de fantasía. Esta es una característica a la que los anteriores libros no prestaron mucha atención y que esta penúltima entrega, Pedernal y Acero (Steel and Stone es el título en inglés), vuelve a poner sobre la mesa. Nos encontramos ante el primer encuentro entre Tanis el Semielfo y Kitiara Uth Matar, una pareja cuya relación pasa por ser una de las más tormentosas de la Dragonlance. Puesto que cada entrega de la hexalogía es cronológicamente posterior a la anterior, ambos personajes ya han tenido ocasión de ser explorados en otros libros. Qualinost se centraba en la juventud de Tanis en la ciudad elfa en la que nació, mostrando cómo su naturaleza mestiza le separaba de sus congéneres y le impulsaba a buscar una vida en el exterior, mientras que Kitiara Uth Matar fue protagonizado por el personaje cuyo nombre le da título y narraba los primeros compases de la vida de Kit como mercenaria. Por su parte, Pedernal y Acero, además de mostrar cómo se conoce la pareja y cómo se inicia su romance, se encarga de narrar una de sus primeras aventuras juntos; una aventura en la que queda bastante claro que uno de los dos no está siendo del todo sincero con el otro.

Creo que una de las razones por las que la Dragonlance fue tan popular entre las chicas como entre los chicos en su momento es el personaje de Kitiara. No es la única mujer que tiene un papel prominente en la saga, ya que hay otras como Laurana, Tika o Crysania que también acaparan gran protagonismo, pero entiendo que es mucho más fácil conectar con ella que con las otras. Además de ser una luchadora experta y una inteligente aventurera, Kit es una mujer independiente que se valora a sí misma por encima de todo y de todos. Está muy lejos de ser una heroína, desde luego, pero pese a sus acciones cuesta encuadrarla en la categoría de villanos. Kit vive como quiere, obedece sus propias normas y persigue sus propios intereses. No duda en aliarse con el mal o en llevar a cabo actos moralmente reprobables si eso le ayuda a obtener lo que desea, aunque no es intrínsecamente malvada. Simplemente es una mujer que quiere vivir la vida a su manera en un mundo con frecuencia hostil hacia las mujeres. En el género de espada y brujería más clásico los personajes femeninos suelen ocupan el rol de damisela en apuros o, lo que es peor, el de mero reclamo sexual para los lectores masculinos. Kit no es lo uno ni lo otro y, de hecho, aunque es un personaje fuertemente sexualizado, me cuesta considerar que su sexualidad esté al servicio del lector. Es más, diría que su sexualidad es suya y de nadie más.

Si lo juzgamos desde una óptica actual es posible que surjan los problemas y nos percatemos de que no es un personaje tan liberal ni empoderante como parecía serlo en la década de los noventa. El tratamiento de la sexualidad siempre suele resultar polémico en estos casos, ya que hablamos de un personaje que recurre al sexo como arma en más de una ocasión. En otros libros que ya hemos comentado tenemos algún ejemplo de ello: por ejemplo, en Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja Kitiara conseguía medrar en el ejército acostándose con su general. Entiendo por qué este tipo de conductas de un personaje femenino puedan ser discutibles, aunque no creo que descalifiquen al personaje en su conjunto. En todo caso, creo que paradójicante lo hacen más interesante. Aunque imperfecto en su tratamiento, después de todo el personaje resuena con muchas inquietudes liberales actuales. Por mi parte, me parece muy sugestivo que unos libros de fantasía para adolescente incluyesen a un personaje con una sexualidad tan abierta. Kit se acuesta con quien quiere y cuando quiere y además lo hace buscando siempre su propio placer o beneficio, de ahí que afirme que su sexualidad no está al servicio de nadie salvo ella misma.

Precisamente la sexualidad de Kitiara tiene cierta prominencia en Pedernal y Acero, ya que el inicio del romance entre el semielfo y la mercenaria viene marcado por la presencia del anterior amante de la mujer. Es más, incluso habiendo iniciado una relación con Tanis, Kit no tiene reparos en volver a acostarse con su pareja previa. Teniendo en cuenta la breve reflexión que he realizado en los anteriores párrafos, esta circunstancia me parece muy coherente con el personaje. No obstante, lo llamativo de este libro es que explora las consecuencias del estilo de vida de Kitiara y su forma de afrontar su sexualidad. En efecto, una de las subtramas del volumen tiene que ver con un posible embarazo del que cualquiera de los dos hombres puede ser el padre, lo cual supone un serio problema para la mercenaria. El estilo de vida liberal de Kit no es el más apropiado para un mundo medieval en el que no existen los anticonceptivos, pero este tema no suele tratarse demasiado. En Raistlin, mago guerrero se menciona un posterior embarazo de Kitiara (del que nace Steel Brighblade, personaje con cierta importancia en el futuro de la saga), pero más allá de eso no recuerdo otras ocasiones en las que se aborde el tema. En este libro el asunto se trata con bastante ambigüedad, ya que no llega a desvelarse la identidad del padre ni el destino del bebé. De hecho, ni siquiera llega a saberse si finalmente se produce el nacimiento o no. Sin embargo, la circunstancia crea una gran tensión dramática entre los personajes y sirve para regalarnos una de las mejores escenas del libro, en la que Kit sueña con un posible futuro en el que ha colgado la espada y se ha convertido en madre y ama de casa al cargo de sus hijos y al servicio de su marido. Sobra decir que para ella tal ensoñación es una pesadilla horrenda.

Es una lástima que el tema no se trate de forma más directa, pero una vez más debemos tener en cuenta que hablamos de una precuela que debe cuidarse de no entrar en contradicción con hechos cronológicamente posteriores. Ellen Porath, autora de Pedernal y Acero, hace lo que puede dentro de las obvias limitaciones que aquejan a todos los libros situados antes de las Crónicas de la Dragonlance. Pese a todo, y aunque en general me gusta mucho la caracterización de Kit en esta entrega, hay algunos momentos del argumento en los que el personaje no tiene un rol tan activo como me gustaría. Llega a ejercer el rol de víctima secuestrada a la que hay que rescatar hacia el final, lo que chirría un poco en comparación con la forma en la que otros libros han retratado al personaje y con mi propia concepción del mismo. Tampoco me gusta demasiado que la historia se ponga en marcha a partir de un robo por parte de Kitiara, ya que me cuesta creer que la mercenaria se rebaje de esa manera (¡no una sino dos veces en el mismo libro!). Puede que Kit tenga unos criterios morales bastante laxos, pero no creo que sea una vulgar ratera. Aunque se puede argumentar que tiene sus razones para apropiarse de las mercancías robadas, el procedimiento de coger lo que no le pertenece y huir por piernas me parece impropio de alguien que tiene otros métodos mucho más efectivos para conseguir lo que desea, ya sea mediante la espada o mediante la cama.


En cuanto al argumento en sí, nos encontramos ante una historia competente y quizá hasta un punto por encima de la media de la saga. Kitiara y su amante, un duro kernita llamado Caven Mackid, sirven como mercenarios en el ejército de un señor feudal que pretende invadir un reino cercano tras haber casado a su hija con el gobernante del mismo. Las cosas no salen bien y Kit aprovecha la confusión para robar unas gemas de hielo mágico que estaban en posesión del hechicero del ejército, un Túnica Negra que responde al nombre de Janusz. Tras dar esquinazo a Caven, la mercenaria se encuentra por casualidad con Tanis y comienza una apasionada relación con él. Pero pronto su pasado llama a la puerta, primero con el regreso de Caven (acompañado por su escudero Wode) y después con los intentos del Túnica Negra de recuperar sus joyas. Kit, Tanis, Wode y Caven acaban viéndose inmersos en una trama que implica a la hija huida del señor feudal, a un búho gigante con un sarcástico sentido del humor y a un enorme y estúpido troll de dos cabezas. Además de tener que aguantarse mutuamente, el grupo de aventureros viajará hasta las confines del gélido sur para evitar que el hechicero y su amo utilicen el poder de las gemas de hielo para conquistar el mundo. No todos llegarán al final de la aventura con vida.

Es fácil deducir qué personajes vivirán y qué personajes morirán en una precuela, pero en este caso la autora consigue conferirle cierto impacto a las muertes de sus criaturas. En ocasiones, el género de fantasía opta por narrar muertes melodramáticas en las que los personajes siempre tienen ocasión de despedirse con unas últimas palabras antes de expirar. Pese a lo inverosímil que resulta este recurso, reconozco que tiene su atractivo. Sin embargo, optar por narrar una muerte rápida, brutal y despiadada puede aumentar el impacto al hacer que el lector se vea privado de esos últimos momentos de despedida. Obviamente, en el mundo real la muerte puede presentarse de improviso y no siempre hay ocasión de despedirse antes del final. Cuando la ficción refleja la muerte de esta manera obtiene cierta verosimilitud y cierta autenticidad que no consigue de la otra forma, además de potenciar el mencionado impacto sobre el lector. En Pedernal y Acero las muertes son de este tipo: rápidas y crueles. Además, no diferencian entre héroes y villanos, ya que ambos son tratados con la misma contundencia. Por otro lado, conviene mencionar que algunos de los personajes que mueren no son humanos sino animales. Lo cierto es que ya he perdido la cuenta de la cantidad de muertes de caballos con las que me he encontrado desde que empecé esta relectura de la Dragonlance, pero las muertes de animales de este libro me parecen bastante más duras de lo habitual y quizá hasta puedan resultar desagradables para los lectores más sensibles. Hay una que me a mí me dolió especialmente, aunque no entraré en detalles por motivos obvios.

En líneas generales, el argumento del libro sabe mantener el interés del lector, aunque comete un error bastante frecuente. Su desenlace es satisfactorio en última instancia, pero resulta algo apresurado en comparación con la extensión que se dedica a la presentación. No es la primera vez que me quejo de esto hablando sobre Los Compañeros de la Dragonlance y sospecho que no será la última mientras dure mi relectura de la saga, pero me parece una protesta justificada. Cuanto mayor y más ambiciosa sea la aventura, más importante es dedicar el espacio necesario a su cierre y a las consecuencias derivadas de él. Un buen epílogo es tan fundamental como un buen desenlace o puede que incluso más, ya que las piezas se han reorganizado sobre el tablero y es preciso ofrecerle un retrato acertado al lector de cómo han quedado las cosas. El volumen que hoy estamos comentando tiene un epílogo de menos de dos páginas en el que se tienen que abordar las consecuencias de las diversas batallas, las muertes de varios personajes y el embarazo de Kitiara. Se me antoja muy insuficiente.

Por otro lado, los secundarios del libro son bastante simpáticos. Caven y Wode no destacan por su brillantez, pero creo que esa es la intención de la autora, que pretende parodiar su masculinidad hasta cierto punto. Mucho más interesantes son Kai-lid y su compañero Xanthar, el búho gigante, probablemente la aportación más memorable del libro por su actitud y sus acertados diálogos. Incluso los villanos, el señor feudal Valdane y Janusz, el Túnica Negra, tienen un trasfondo interesante que implica un impío vínculo de sangre. Además, Pedernal y Acero hace un amplio uso de la mitología de la Dragonlance, recurriendo a localizaciones tan conocidas como el Bosque Oscuro donde habitan los espíritus o las lejanas extensiones congeladas del Muro del Hielo, así como a criaturas tales como minotauros, ettins (trolls de dos cabezas) y thanois (hombres-morsa). El envoltorio ya es bastante atractivo por sí mismo, pero no olvidemos que el principal punto fuerte del libro sigue siendo la exploración del personaje de Kitiara y su relación con Tanis.

Que haya dejado para el final el comentario sobre el romance entre la mercenaria y el semielfo no significa que el libro deje de lado el tema ni mucho menos. La relación entre ambos personajes se trata de forma bastante certera, haciendo hincapié en lo poco que tienen en común más allá de la pasión y el deseo sexual del primer encuentro. Hay pocas razones para confiar en que la pareja pueda funcionar y muchas para creer que lo mejor para ambos es separarse, aunque la autora sabe dejar a los personajes en esa inexplorada zona gris de incertidumbres en la que todo es posible. Tanis y Kitiara son muy distintos y no hay duda de que ambos están en extremos opuestos del espectro moral, de eso no hay duda, pero entre ellos hay una chispa que invita a fantasear sobre las posibilidades futuras. Cabe la esperanza de que la compañía del otro sirva para que Tanis deje de estar tan encorsetado por su pasado y para que Kitiara modere un tanto su temperamento violento y su conducta egoísta... pese a las innumerables pruebas que indican que Tanis nunca podrá obviar su naturaleza de semielfo  y que Kitiara es demasiado ambiciosa como para conformarse con una vida normal y corriente.

El libro aprovecha para hacer alguna que otra referencia a temas tratados en volúmenes anteriores de Los Compañeros de la Dragonlance para reforzar las incógnitas que despierta el mencionado romance: el diferente ritmo al que envejecen humanos y semielfos siempre será una barrera entra ambos y Kitiara están tan obcecada en crearse una reputación que rivalice con la que tuvo su padre en el pasado que no dudará en pasar por encima de todo aquel que suponga un obstáculo para tal fin. Por tanto, desde el primer momento queda claro que el suyo es un romance imposible y que su destino es el fracaso. Por eso la ardiente pasión entre ellos está teñida de tristeza y por eso son tan conmovedoras las ingenuas dudas de Tanis, que sueña con una vida en la que pueda estar casado con Kit. En cambio, como ya hemos apuntado antes, para la mercenaria una vida así es una pesadilla y una condena de la que pretende escapar con todas sus fuerzas. Ya en este momento tan temprano de su relación Kit evita comprometerse con Tanis y le engaña cuando surge la ocasión, lo cual augura un final poco halagüeño para su romance. Este es justo el tipo de romance de ficción que me gusta: carnal, efímero y destinado a una oscura conclusión. Ya habrá ocasión de volver sobre el tema cuando mi repaso de la saga llegue hasta las Crónicas.

Queda un único volumen para concluir el comentario de Los Compañeros de la Dragonlance: Mithas y Karthay, un libro en el que los compañeros que dan título a la hexalogía se encuentran reunidos al fin y viven una aventura que les lleva hasta las islas de los minotauros en los confines del Mar Sangriento. Caramon, Sturm y Tasslehoff emprenden un viaje por mar en el que desaparecen, haciendo que Raistlin , Flint y Tanis deban acudir al rescate. Como no podía ser de otra forma, Kitiara está implicada en esta historia en la que también hay un dios oscuro y un plan para que los minotauros conquisten todo el continente de Ansalon. Lo comentaremos con detalle en la próxima entrada.

30 de julio de 2017

[Series] Doctor Who: El futuro es femenino

En The Doctor's Wife, cuarto episodio de la sexta temporada de Doctor Who, se hace referencia a un personaje al que llaman el Corsario. Se trata de un Señor del Tiempo que había tenido tanto sexo masculino como femenino durante sus pasadas regeneraciones y el Doctor llega a mencionar que fue "una chica mala" durante su encarnación femenina. Puede que no se tratase más que de un simple chiste, pero hoy en día podría considerarse un acontecimiento histórico: la primera mención oficial de que un Señor del Tiempo puede cambiar de sexo al regenerarse. La referencia al Corsario resultó ser el primer paso de un largo camino que ha desembocado recientemente en el anuncio de que el Doctor será interpretado por una mujer por primera vez en los más de cincuenta años de historia de la serie.



Hace unos días, alguien le preguntaba por el Corsario a Neil Gaiman, guionista de The Doctor's Wife, en la red social tumblr. Su respuesta me llamó mucho la atención y fue la que en última instancia me motivó a escribir esta reflexión. La idea de que el Corsario pudiese regenerarse tanto en un hombre como en una mujer fue obra de Gaiman, que la añadió al guión pensando que acabaría siendo desechada por introducir un elemento nuevo a la continuidad que nunca había antes sido tratado. Sin embargo, Steven Moffat, el showrunner, no sólo decidió conservar la referencia al Corsario, sino que además añadió la línea que decía que había sido "una chica mala".

Antes de concederle todo el mérito a Gaiman quizá conviene recordar que existe otra referencia aún más antigua a un Señor del Tiempo que se regenera en una mujer y que pertenece al propio Moffat, aunque está fuera de la continuidad oficial de la serie. En The Curse of Fatal Death, una parodia de Doctor Who emitida en 1999 con motivos benéficos, Moffat escribió cómo el Doctor pasaba por distintas regeneraciones hasta convertirse en una mujer, interpretada entonces por la actriz Joanna Lumley. Podemos considerar a Lumley la primera mujer que interpretó al Doctor, aunque habría que considerar que su Doctora es apócrifa al no formar parte de la continuidad. Lo mismo se podría decir de Arabella Weir, actriz que interpretó también fuera de continuidad a una encarnación femenina del personaje en Exile, una capítulo publicado en 2003 de la serie Doctor Who Unbound de Big Finish, la conocida productora de audiodramas.


En cualquier caso, sirvan estas anotaciones históricas para probar que la inquietud sobre una versión femenina del Doctor ya llevaba mucho tiempo presente en el momento en el que Neil Gaiman escribió los distintos borradores de The Doctor's Wife. Moffat ya había empleado la idea de que un Señor del Tiempo pudiese cambiar de sexo, aunque lo hiciese recurriendo a la parodia, por lo que no creo que la referencia al Corsario le resultase especialmente chocante. De lo que no cabe duda es de que al decidir conservarla en un episodio que formaba parte de la continuidad oficial estaba abriendo una puerta que ya nunca podría volver a cerrarse. Sí, podríamos discutir sobre lo flexible que es Doctor Who con su continuidad, la cual ha ignorado o reescrito a voluntad durante años, pero confirmar la posibilidad de que los Señores del Tiempo pudiesen regenerarse en hombre o mujer indistintamente era una bombazo demasiado grande como para dejarlo pasar. Dudo que en 2011, momento en que se emitió The Doctor's Wife, los implicados en ese episodio fuesen conscientes de que estaban abriendo la primera posibilidad real de tener a una Doctora en pantalla, pero sin duda hay que aplaudir su ocurrencia sobre el Corsario. Quizá no fuese más que un simple guiño, una de esas sutiles referencias con las que Gaiman adereza sus historias y potencia la imaginación de sus lectores o espectadores. Quizá a Moffat le hizo gracia la broma y por eso decidió conservarla. Sea como fuere, resultó ser un importantísimo paso hacia el futuro. Después de todo, el paso más importante para llegar a tu destino siempre es el primero, el que te pone en marcha.

De hecho, diría que en la última parte de su etapa como showrunner de Doctor Who, Steven Moffat ha ido avanzando cada vez de forma más clara hacia la consecución de una encarnación femenina del Doctor. El primer gran hito en el camino fue la presentación en la octava temporada de Missy, la encarnación femenina del Master interpretada por Michelle Gomez. Se trataba, en efecto, de la primera prueba tangible de que un Señor del Tiempo podía regenerarse en una mujer.


El segundo hito fue mucho más explícito: en Hell Bent, decimosegundo episodio de la novena temporada, un general de los Señores del Tiempo se regeneraba delante de las cámaras y pasaba del género masculino al femenino, cambiando también el color de su piel en el proceso. De esta forma, Steven Moffat confirmó que no sólo era posible el cambio de sexo durante la regeneración, sino también el cambio de raza. Finalmente, los últimos episodios de la décima temporada, recientemente concluida, estuvieron cargados de insinuaciones sobre un posible futuro en el que el Doctor fuese una mujer. Una forma muy inteligente de abordar la situación de forma indirecta fue enfrentar a Missy con la anterior encarnación masculina del Master, a la que no parecía hacerle mucha gracia la idea de que fuese a convertirse en una mujer en el futuro. "Is the future going to be all girl?", preguntaba amargado el villano. "We can only hope so", le respondía el Doctor.

Todo lo anterior nos lleva al momento presente, en el que ya ha sido confirmado que la persona que dará vida al Doctor en la próxima temporada será la actriz Jodie Whittaker. Así, el nuevo showrunner, Chris Chibnall, se ha ganado un lugar preferente en la historia de la serie por su decisión de contar con una Doctora en pantalla. Por lo visto Moffat conocía parte de los planes de su sucesor, por lo que ha ido allanándole el camino con sus últimos guiones. Así, ese primer paso que supuso la mención al Corsario ha dado lugar a que tengamos una primera Doctora canónica formando parte de la mitología de Doctor Who. ¿Pero fue ese realmente el primer paso?


Me parece importante tener en cuenta que este avance no habría podido producirse de no ser por el clima social en el que nos encontramos hoy en día. El camino que ha recorrido la serie desde que Neil Gaiman pensase en el Corsario hasta que Jodie Whittaker fuese anunciada oficialmente no se ha producido en el vacío, sino que se ha apoyado en los avances logrados en otras partes. Para empezar, Doctor Who ni siquiera es la primera gran franquicia de ciencia ficción que pone a una mujer como protagonista. Me entristece que el anuncio de Jodie Whittaker se considere algo histórico para la televisión, ignorando que Star Trek puso a una mujer al mando de una nave estelar hace más de veinte años: la Capitana Janeway de Star Trek: Voyager. Como en tantas otras cosas, Star Trek fue pionera en esto y se le debería reconocer su mérito. Eso no quiere decir que el hecho de tener a una Doctora sea menos importante o merezca menos reconocimiento, desde luego. Se trata más bien de un recordatorio de que la lucha por la igualdad en términos de representación lleva librándose desde hace muchos años y que lo que se consigue hoy se debe en gran parte a lo que se consiguió en el pasado.


Pensemos por ejemplo en el reciente éxito de la película protagonizada por Wonder Woman y en cómo está afectando al panorama cinematográfico. Era bien conocida la resistencia que tenían las productoras a financiar proyectos protagonizados por personajes femeninos dentro de géneros considerados eminentemente masculinos, como puede ser el género de superhéroes. Incluso Marvel Studios, tras haber construido una imagen de marca reconocible y exitosa con su Universo Marvel Cinematográfico, tenía grandes reservas a la hora de producir una película con protagonista femenino. Por mucho que la película de la Capitana Marvel lleve tiempo anunciada, Marvel Studios lleva años desaprovechando la oportunidad de rodar una aventura en solitario de la Viuda Negra y el motivo es que se consideraba una propuesta demasiado arriesgada. Pero ahora la enorme recaudación de Wonder Woman, una película protagonizada por una heroína y rodada por una directora, ha cambiado las tornas. Ahora lo arriesgado sería no lanzar una película protagonizada por una mujer. ah, pero Wonder Woman tampoco fue la primera película en asumir ese gran riesgo: ¿acaso no recuerdas lo que pasó cuando se anunció que los nuevos Cazafantasmas estarían compuestos por un reparto enteramente femenino? 

La acumulación de pequeños avances nos ha conducido hasta un momento muy interesante, en el que la representación y los problemas de género se han convertido en materia de preocupación y debate social. No hace tanto tiempo que le mera idea de una película de Wonder Woman se consideraba un disparate. Hubo una época en la que incluso el admirado Joss Whedon vio cómo su proyecto para llevar al cine a Wonder Woman era rechazado, pero hoy en día todos los estudios quieren tener su propia Wonder Woman. Y si el éxito de Wonder Woman ha sido posible es porque antes ha habido unas Cazafantasmas y una Buffy Cazavampiros y una Capitana Janeway y una Agente Dana Scully y una Xena y otras tantas mujeres, tanto reales como de ficción, que han abierto camino.


Por tanto, ¿a quién le corresponde el mérito de que Doctor Who tenga a la primera Doctora de su historia? ¿A Chris Chibnall? ¿A Steven Moffat? ¿A Neil Gaiman? ¿De quién es la responsabilidad? ¿Quién abrió el camino? Quizá se empezó a abrir camino mucho antes de lo que pensábamos. Después de todo, Doctor Who tal y como la conocemos no habría existido sin la productora Verity Lambert. Es más, la conocida sintonía de la cabecera de la serie, que ha permanecido casi inmutable desde los años sesenta, no habría sonado igual sin los arreglos de otra mujer, Delia Derbyshire. La historia de la fantasía y la ciencia ficción le debe mucho a todas esas mujeres que han estado trabajando desde las sombras, en ocasiones sin recibir reconocimiento por ello. En realidad el camino lleva muchísimo tiempo andándose. ¿Sabías que el primer libro considerado de ciencia ficción fue escrito por una mujer? Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, fue una de las primeras en echar a andar allá por 1818.

Con esto quiero decir, en resumen, que el anuncio de que Joddie Wittaker será la Doctora es un avance importantísimo en el camino de la igualdad de género, pero no supone ni mucho menos el final del camino. El entusiasmo que despierta el hecho de tener a una encarnación femenina oficial de este veterano personaje de ficción está plenamente justificado, pero no debería hacernos olvidar que se ha logrado gracias a los pequeños pasos que muchos otros han dado a lo largo de los años. De la misma forma, tampoco debería hacernos olvidar que seguimos estando lejos de conseguir una igualdad real o una representación paritaria. El camino debe continuar.

Desde aquí quisiera mostrar todo mi apoyo y mi admiración a todos los implicados en un acontecimiento tan importante para Doctor Who como este. Como seguidor de la serie, estoy tan ansioso por descubrir a esta nueva Doctora como por ver cómo se abordan los temas de género en la próxima temporada. ¿Se optará por cambiar la dinámica y tendrá un companion masculino en lugar de una companion femenina como viene siendo costumbre? ¿Tendrá que enfrentarse la Doctora a los prejuicios debidos a su género? ¿Se cuestionarán las futuras historias los roles de género habituales en la ficción aprovechando el cambio de sexo del Doctor? Se avecina una época fascinante para la serie; una época que además invitará a nuevas audiencias que quizá no se habían visto atraídas con anterioridad hacia la serie. Niñas y mujeres a las que Doctor Who no les llamaba nada la atención llegarán a la nueva temporada interesadas por la presencia de una protagonista femenina y puede que muchas de ellas se queden y se conviertan en fieles seguidoras con el tiempo. Son esas niñas y mujeres las que, inspiradas quizá por Doctor Who, seguirán andando el camino de la igualdad el día de mañana.