24 de enero de 2017

[Documentales] David Bowie: The Last Five Years


Por lo general no tengo problema alguno en escribir acerca de cualquier materia, ya sea literatura, cine, cómic o videojuegos, aunque desde luego estoy lejos de poder considerarme un experto en esos campos. Me gusta pensar que tengo cierta facilidad para expresarme y elaborar una opinión argumentada, como puede comprobarse a lo largo de las decenas de textos que he publicado en este blog a lo largo de los años. Sin embargo, hay unos cuantos temas que me intimidan tanto que no me siento capaz de escribir sobre ellos. David Bowie es uno de esos temas: su aportación a la cultura popular ha sido tan inmensa y su música ha significado tanto para mí que prefiero mostrar mi respeto hacia su recuerdo desde la más callada humildad. Si rompo ahora el silencio es porque me he encontrado con un material apasionado y revelador que me ha hecho entender mejor a quien fue una de mis mayores fuentes de inspiración; un material que quiero dar a conocer y recomendar tanto por su interés cultural como por su valor humano.

Emitido por la BBC en la víspera del que iba a ser su septuagésimo cumpleaños si no nos hubiese dejado en 2016, David Bowie: The Last Five Years repasa los últimos años de vida del artista, que también fueron uno de los periodos creativos más ricos de toda su extensa carrera. Durante esos años publicó dos discos, The Next Day y Blackstar, además de producir un musical basado en su legado. Por desgracia, lo que muchos quisimos ver como un renacimiento tras casi una década apartado de los micrófonos fue en realidad una despedida. Pocos días después de la salida de Blackstar, David Bowie falleció tras ser derrotado por el cáncer contra el que había estado luchando.

The Last Five Years, respetando la voluntad del cantante, no se centra en su vida privada sino en su labor artística. El documental no narra su batalla contra el cáncer ni se regodea en la amargura de su muerte, sino todo lo contrario: celebra su descomunal aportación a la música durante esos años y usa las canciones de sus últimos discos como hilo conductor para mostrar al hombre oculto tras los muchos personajes que interpretó durante su vida. Es más, The Last Five Years usa la música más reciente de Bowie, quizá la más sincera y autobiográfica que compuso nunca, como herramienta para separar al hombre real del mito que se construyó a su alrededor. Para ello recoge entrevistas con sus colaboradores más cercanos, grabaciones históricas y material inédito de sus últimas grabaciones.

"Parte de mi trabajo consiste en mentirte", llegó a decir Bowie en una ocasión. "Era demasiado tímido cuando subía al escenario, así que interpretar a un personaje me ayudaba a superar la timidez", proclamó en otro momento en referencia a su más famoso alter ego, Ziggy Stardust. Parte de su éxito se debió posiblemente a sus camaleónicas transformaciones, amoldándose a cada época y creando siempre tendencia, pero todo aquello no era más que una fachada. Raras veces podía verse al auténtico Bowie tras la máscara que había adoptado en ese momento, pero esta máscara saltó por los aires cuando supo que estaba enfermo. Quizá por eso The Next Day es un disco tan revelador.


El documental se centra en especial en tres temas de ese penúltimo disco: Were Are We Now?, The Stars (Are Out Tonight) y Valentine's Day, haciendo que cada uno de los segmentos dedicados a ellos enriquezca nuestra visión sobre el cantante. Were Are We Now? es un vistazo nostálgico al tiempo que pasó Bowie en Berlín, llevado a cabo por alguien que sabe que se encuentra en el tramo final de su vida y que está lidiando con el bagaje emocional que ha acumulado tras tantos años. Por su parte, The Stars (Are Out Tonight) es una feroz crítica al mundo del famoseo, ya que muestra a las estrellas como a unos seres inhumanos que acosan a las personas normales para apropiarse de sus vidas. Pese a que pueda parecer lo contrario, a Bowie nunca le gustaron demasiado los circos mediáticos. Puede que interpretase un papel de cara al público, pero siempre guardó celosamente su intimidad. Buena prueba de ello es que durante sus últimos años no concedió ni una sola entrevista, ni siquiera cuando publicó The Next Day. Finalmente, Valentine's Day supone un vistazo angustioso a la realidad que nos ha tocado vivir, en la que cualquier perturbado puede hacerse con un arma y entrar en un colegio pegando tiros. Valentine's Day es un alegato en contra de las armas de fuego y una condena hacia todas esas masacres que hemos visto en las noticias con demasiada frecuencia, pero no deshumaniza al asesino y eso me parece admirable: incluso los peores entre nosotros siguen siendo personas, después de todo. Si algo supo hacer Bowie con sus canciones fue capturar el sentir general de la sociedad en cada época y quizá Valentine's Day sea la que mejor captura lo que experimentamos en esta era terrible en la que nos encontramos.

The Next Day fue una sorpresa para todos. Había sido grabado en secreto, sin ser anunciado y sin las presiones que supone tener una fecha de publicación. Fue el primer trabajo de Bowie tras casi una década y mostró una imagen alejada de los excesos que le habían caracterizado en el pasado. El Bowie de ese disco es un hombre maduro que ha asumido su edad y no se aferra a lo que fue, sino que acepta lo que es. Nada parecía indicar que se trataba de un hombre enfermo que estaba preparando su despedida, aunque había sutiles pistas. En cambio, su siguiente álbum, Blackstar, fue de todo menos sutil.


Llegado a este punto, el documental sirve para poner las cosas en perspectiva. Mientras trabajaba en Blackstar, el artista estaba siendo consumido por el cáncer y sus posibilidades de supervivencia disminuían a cada día que pasaba. Fue en ese momento cuando decidió hacer realidad su viejo sueño de producir un musical de Broadway, como quien se hace una lista de las cosas que quiere hacer antes de morir. The Last Five Years se centra, además de en el mencionado musical, en dos temas de su último trabajo: Blackstar y Lazarus. El primero supone una de las canciones más enrevesadas y crípticas que recuerdo, un último misterio que Bowie dejó sin resolver y que nos corresponde a nosotros investigar. No me cabe duda de que toca temas relacionados con la espiritualidad, la religión y el deseo de trascendencia, aunque no me atrevería a aventurar una interpretación. Sí que puedo confesar lo mucho que me emocionó ver el videoclip de Blackstar porque supuso la despedida final de uno de los personajes clave del imaginario de Bowie, el astronauta conocido como Major Tom, presente en muchas de sus canciones: se perdió en el espacio en Space Oddity, quedó atrapado en un planeta desconocido donde se convirtió en un yonqui (metáfora de la propia adicción de Bowie a las drogas) en Ashes to Ahshes y finalmente encontró su último lugar de descanso bajo la luz de la estrella negra de Blackstar. Por otro lado, Lazarus tiene una lectura mucho más simple: es un tema que habla sobre la muerte y sobre lo que dejamos atrás cuando abandonamos este mundo. Tal y como desvela el documental, Bowie grabó el videoclip de Lazarus la misma semana en la que supo que su cáncer había entrado en fase terminal, por lo que en ese momento era consciente de que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. No obstante, eso no le impidió seguir trabajando.

The Last Five Years utiliza un recurso que me parece muy potente: superpone la voz de Bowie a grabaciones en directo de los músicos que colaboraron con él en sus últimos discos, realizadas tiempo después de que muriese el artista. De esta forma, su presencia inmaterial se deja sentir a lo largo de todo el documental. Un recurso similar que también emplea consiste en dejar que el espectador escuche la voz de Bowie sin acompañamiento musical ni arreglos, permitiendo incluso percibir su respiración y mostrando así su pasión y su fragilidad. Si bien el primer recurso parece pensado para ensalzar el mito, cuando viene acompañado del segundo sirve para realzar su faceta humana. A este documental no le interesa contribuir a la extensa leyenda que ha rodeado a David Bowie, sino mostrar al ser humano con sus contradicciones, sus inseguridades, sus inquietudes, sus pasiones y sus miedos. ¿Y qué mejor forma de romper el mito que acabar el metraje con un inesperado chiste de pedos? Tan obcecados estamos con el icono en el que se había convertido que incluso llegamos a dudar que Bowie se tirase pedos como tú y como yo, pero sí, lo hacía.

Para cualquier fan de David Bowie, The Last Five Years es una viaje íntimo y emocional para recordar a su ídolo un año después de su muerte. Al menos para mí lo ha sido. Es un viaje en el que las lágrimas están aseguradas, pero que no acaba con un llanto perenne sino con una sonrisa y una celebración. Para los neófitos o para cualquiera que tenga cierto interés en la cultura popular, servirá para acercarse al Bowie más íntimo y como puerta de entrada hacia su trabajo, lo cual no es poca cosa. En cualquier caso, sin duda merece la pena echarle un vistazo aunque sólo sea por el inspirador mensaje que se desprende de la narración de los últimos años del cantante. David Bowie tuvo muchas identidades y fue muchas personas distintas durante su vida, pero sólo al final de la misma se atrevió a ser David Bowie y nada más que David Bowie. Como consecuencia, vivió un estallido creativo extraordinario y nos dejó un par de trabajos inolvidables. Fue el broche de oro para uno de los grandes iconos de la historia de la cultura popular, pero también una invitación para que abracemos lo que somos en realidad, nos deshagamos de nuestras viejas máscaras y nos atrevamos a ser nosotros mismos sin temor a lo que otros puedan pensar o decir. Es el mismo mensaje que nos dejó Ziggy Stardust poco antes de volver al espacio exterior décadas atrás, pero expuesto no desde la inocente y apasionada juventud de una estrella en ciernes, sino desde la sabiduría, la tranquilidad y la madurez de quien ha vivido todo lo que ha querido vivir y ha hecho las paces consigo mismo antes de abandonar este mundo.


13 de enero de 2017

[Videojuegos] Nintendo Switch: una pequeña opinión sobre la filosofía que sustenta a la nueva consola de Nintendo


Hace ya bastante tiempo que me bajé del carro de Nintendo, pero eso no quiere decir que haya dejado de prestar atención a los movimientos de la compañía nipona. Puede que su filosofía difiera de mis preferencias como jugador, pero el impacto que ha tenido y sigue teniendo en el mundo del videojuego (y por extensión en la cultura popular) es indiscutible. Tras el descalabro de Wii U, Nintendo no está viviendo su mejor momento en términos de negocio. Sin embargo, los pilares que sustentan su filosofía permanecen sólidos como una roca y eso es algo digno de admiración. Pocas compañías tienen un compromiso tan férreo con los principios que las guían, ya que la mayoría de ellas se conforma con adaptarse a las preferencias del mercado y arriesgarse lo mínimo posible. Nintendo, en cambio, no se adapta al mercado sino que trata constantemente de crear nuevos mercados. Además, cada nueva consola que presenta supone un importante riesgo, pues implica un cierto grado de innovación. Los controladores de movimiento, las pantallas táctiles, la doble pantalla, el 3D... desde el lanzamiento de los primeros modelos de Wii y DS, Nintendo se ha dedicado a explorar nuevas formas de interactuar con la tecnología; nuevas formas de hacerla accesible a cualquier persona. A veces ese riesgo se ve recompensando, mientras que otras implica pérdidas. Pero incluso cuando una de sus consolas no funciona como se esperaba que lo hiciese, como en el caso de Wii U, se le puede adjudicar un triunfo moral. Nintendo tiene un compromiso con la diversión y el juego social que no tiene ninguna otra compañía y, pese a la inquietud que han despertado sus recientes incursiones en los dispositivos móviles, la presentación de su nueva consola, Switch, ha servido para reafirmar una vez más ese compromiso.

Hay algo que me resulta entrañable en las presentaciones de prensa de Nintendo. Quizá se deba al carácter profundamente japonés de la empresa o al hecho de que hasta cierto punto siempre resultan un tanto anacrónicas. Quizá sea algo tan sencillo como que las presentaciones de Nintendo derrochan humildad en un entorno demasiado dado a los excesos autocomplacientes. Estoy acostumbrado a que otras compañías como Microsoft o Sony realicen todo un despliegue audiovisual durante sus presentaciones (de hecho, nunca se me olvidará aquella presentación de Sony que contó con la música en directo de una orquesta, lo que fue todo un alarde de megalomanía). En cambio, Nintendo abrió la presentación de Switch, consola de la que puede depender en gran parte el futuro de la compañía, con un par de sencillas diapositivas. Es más, uno de los primeros juegos que presentó en el evento se juega mirando a los ojos al otro jugador en lugar de mirando a la pantalla, lo cual lanzaba un mensaje muy potente: la consola no es el centro de la experiencia. Mientras otras propuestas como Project Scorpio o PlayStation 4 Pro se amparan en una tecnología más potente para venderle una suerte de estatus superior al jugador, Switch deja a un lado su tecnología en favor de la interacción social más simple. He aquí la filosofía de Nintendo en todo su esplendor.

Hoy la red está plagada de artículos y comentarios sobre la presentación oficial de Switch, así que voy a ahorrarme los detalles. Lo que está claro es que esta extraña propuesta híbrida entre consola de sobremesa y consola portátil sigue haciendo el mismo hincapié en el juego social que hicieron Wii y Wii U en su momento; quizá incluso más, dada la facilidad para jugar con ella en cualquier parte y teniendo en cuenta las diversas posibilidades que ofrece el mando Joy-Con. Nintendo quiere que juguemos con nuestra familia y nuestros amigos, ya sea al aire libre o reunidos en una misma sala. Por supuesto que existe la posibilidad de jugar online con otros jugadores de cualquier parte del mundo, pero el núcleo de la experiencia que vende Switch es la interacción social directa, algo que se lleva cada vez menos. Otras plataformas ponen su énfasis sobre la potencia gráfica, el dramatismo de sus historias o el frenetismo de sus modos online mientras que los multijugadores locales son cada vez menos infrecuente. Nintendo es la más clara excepción a esta tendencia y Switch es la prueba de que su postura no ha cambiado en absoluto. Se trata de una postura muy necesaria para dar variedad a un mercado con demasiada tendencia a homogeneizarse.

Para Nintendo lo importante no es la consola, sino las personas que la usan. La consola es sólo una excusa para relacionarse, hablar y jugar con la gente que te rodea. Todo eso puede hacerse a través de la red, claro está, y personalmente no tengo nada en contra de que se haga. No obstante, creo que las relaciones indirectas en las que la comunicación está mediatizada por una máquina pierden algunos de los componentes más importantes de cualquier relación: la cercanía, el contacto físico, la posibilidad de mirar directamente a los ojos al otro; el genuino calor humano, en definitiva. Admiro a Nintento por apostar por experiencias que implican de forma tan fuerte esta relación directa con otros jugadores en un mundo en el que las relaciones cada vez están más mediatizadas por máquinas, ya sea el teléfono móvil que usamos para consultar las redes sociales y los servicios de mensajería o la consola con la que jugamos online junto a jugadores de cualquier parte del mundo. Pero tampoco quiero pecar de idealista, porque la propuesta de Nintendo no deja de ser un ideal al que aspirar y no una norma. Me cuesta creer que la mayoría de futuros jugadores de Switch sea igual que los modelos de los anuncios de la consola, esos que se llevan la consola a la fiesta inesperada que sus vecinos han organizado en su terraza o que son capaces de organizar toda una competición en el parque de su barrio. Imagino que gran parte de los compradores tendrá un perfil bastante distinto, en el que el juego social tenga una importancia considerablemente menor. Si yo me hiciese con una Switch mi perfil no sería el del jugador social de los anuncios, desde luego. Aún así, el mensaje de Nintendo me parece tan acertado como necesario: la consola, como cualquier otro aparato tecnológico, sólo es importante en tanto en cuanto te pone en contacto con otras personas, en especial aquellas personas con las que puedes interactuar directamente. Switch no sólo es una forma de diversión, sino también de comunicación social.

Es posible que parezca una estupidez considerar que una videoconsola puede ser un dispositivo de comunicación social, pero no hay más que echar la vista atrás para ver el impacto que tuvieron Wii y DS en ese sentido: hicieron que los videojuegos fuesen accesibles incluso para aquellos que no los habían probado nunca, lo que supuso que jugar en familia fuese verdaderamente posible pese al absoluto desconocimiento tecnológico de los más mayores de la casa. Yo nunca fui especial partidario de la apuesta tan poco tradicional que supuso Wii, ya que en su momento me pareció muy alejada de mi zona de confort, pero con el tiempo me he percatado de su valor y de su valentía. Recuerdo una visita que hice a un centro de rehabilitación neuropsicológica en el que, entre otras muchas actividades con los pacientes, se jugaba a la Wii. En ese caso, la consola se había convertido en una estupenda forma de comunicarse con el paciente y de ayudarle en su terapia. Dudo mucho que Xbox One o PlayStation 4 pudiesen desempeñar el mismo rol en un centro de esas características, mientras que a la vieja Wii le venía como anillo al dedo. Wii, en definitiva, además de divertir con sus juegos, era una herramienta estupenda que permitía interactuar con facilidad con los demás, incluyendo personas con necesidades especiales. Este tipo de cuestiones no suelen preocupar al jugador medio, mucho más interesado en su propia satisfacción personal, pero ahí es donde radica la verdadera importancia social de todo producto tecnológico.

Supongo que Switch es el siguiente paso en el camino que inició Nintendo con Wii, aunque no dejo de pensar que es una propuesta bastante más conservadora de lo que esperaba. Wii U ya me pareció demasiado conservadora en su momento, ya que parecía estar a medio camino entre Wii y la consola que quizá debería haber sido. Por su parte, Switch no me parece ninguna revolución sino una evolución lógica que combina todo aquellas innovaciones que tan bien funcionaron en Wii y DS pero también hace algunas concesiones al mercado actual. Tanto su presentación como el marketing que rodea a la nueva consola han dejado un tanto de lado esas típicas imágenes de familias felices jugando en el salón de casa que tanto caracterizaron a los anuncios de Wii, lo cual me parece llamativo. Quizá la apuesta de Nintendo ya no vaya dirigida a un público tan amplio, ya que de hacerlo tendría que competir con los móviles y las tabletas, que parecen haber ocupado el nicho que en su momento ocupó Wii en el salón de casa. Switch parece enfocada a un público más juvenil, a esos adultos de mediana edad que se han criado jugando y son ávidos consumidores de tecnología, y no tanto a las familias. No hay abuelas jugando a la Switch en los anuncios y su ausencia también transmite un mensaje.

El juego online de pago también puede considerarse una concesión al mercado actual, pero no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta que tanto Xbox One y PlayStation 4 requieren un pago para jugar online. Tendremos que ir acostumbrándonos a pagar si queremos jugar online en consola o ir pensando en pasarnos al PC. Sin embargo, no deja de ser chocante que una compañía tan preocupada por la diversión de los jugadores ponga una barrera tan sonada a dicha diversión como exigir un pago previo para poder disfrutar del componente online.

Finalmente, otro aspecto que me genera cierta controversia tiene que ver con la concepción de la propia consola. Leí hace tiempo que Nintendo no es una compañía tecnológica sino una empresa juguetera y hasta cierto punto estoy de acuerdo. Switch va un paso más allá de lo que llegaron Wii y Wii U en la tendencia de considerar que la consola es un juguete más que un aparato de alta tecnología. Eso es más propio de la competencia que de Nintendo, que parece más que dispuesta a seguir explotando el filón que abrió con los Amiibo. Como otros muchos han augurado antes que yo, los mandos Joy-Con de colores serán el complemento más discreto que veremos para Switch. Es lógico esperar que haya mandos decorados con motivos de diferentes juegos, permitiendo que el jugador pueda personalizar su consola. Quizá incluso haya mandos especiales que permitan realizar tareas concretas en algunos juegos, de forma similar a los periféricos que tuvo Wii. Y, por supuesto, basta con que Nintendo repita la misma estrategia que tan bien le ha funcionado con los Amiibo o con la NES Mini (lanzar tiradas iniciales pequeñas para crear una alta demanda y una sensación de urgencia en los consumidores) para asegurarse unos ingresos considerables. Personalmente, no me gusta esta estrategia ni me gusta esa concepción de "juguete tecnológico" que parece defender Nintendo, como tampoco me gusta el hecho de tener que pagar por jugar online, pero entiendo que muchas de estas decisiones han sido cuestión de supervivencia para la empresa.

Tras el relativo fracaso de Wii U y la muerte de Satoru Iwata, había cierta incertidumbre sobre el futuro devenir de Nintendo. Su incursión en los teléfonos móviles fue percibida en términos generales como una concesión desesperada a las exigencias de un mercado que ya la había dejado atrás. Es posible que Switch comparta la misma filosofía que sus predecesoras, pero no es una innovación tan arriesgada ni peculiar como lo pudo ser Wii. También es cierto que las constantes filtraciones han estropeado cualquier atisbo de sorpresa. Pese a todo, el ruido mediático que ha causado ha sido notable y quizá eso baste para tranquilizar a los inversores de la compañía durante el próximo periodo fiscal. El futuro de la compañía nipona pinta como poco interesante y merecerá la pena ser testigo de los juegos que van a ir llegando a la nueva consola. Además de lo ya visto, con esas nuevas entregas de la sagas Mario, Zelda y Xenoblade tan atractivas, habrá que ver si los desarrolladores consiguen aprovechar las peculiaridades de Switch para llevar a cabo juegos innovadores; juegos que le saquen partido al Joy-Con y a la posibilidad de jugar en cualquier parte. En cualquier caso, el compromiso de Nintendo con la diversión y el juego social siguen mereciendo todo el respeto del mundo. No puedo hacer más que desearle lo mejor a Switch ahora que ha comenzado de forma oficial su carrera, ya que el mundo de los videojuegos sigue necesitando que la filosofía de Nintendo está presente. Esa alternativa tan distintiva, tan centrada en la diversión y en la comunicación, debe estar presente y debe ser una alternativa a tener en cuenta.

8 de enero de 2017

[Literatura] Reseña de El niño en la cima de la montaña, de John Boyne


Cuando una novela se encuentra con una acogida desmesurada y se convierte en un gran éxito de ventas, su autor tiene dos opciones a la hora de encarar su siguiente obra: o bien se arriesga a probar algo diferente con la esperanza de que los lectores confíen en su talento o bien trata de replicar los elementos que funcionaron en su anterior trabajo para no distanciarse demasiado de lo que gustó al público. Es bastante frecuente que un escritor reconocido eche la vista atrás para revisitar alguno de sus trabajos previos y retomar de alguna forma su argumento o temática, lo cual no es necesariamente negativo. Pongamos como ejemplo el caso del escritor irlandés John Boyne, responsable de diversas novelas entre la que destaca la popular El niño con el pijama de rayas. Publicado en 2006, este libro tuvo una notable acogida y contó con una adaptación cinematográfica. Pues bien, tras diez años publicando otros trabajos de contenido diverso, Boyne volvió sobre sus pasos para publicar El niño en la cima de la montaña. Aunque no se trataba de una secuela, su título ya indicaba que la intención del autor era evocar las mismas sensaciones que aquel otro trabajo que tanto gustó en su momento. No obstante, en esta novela Boyne no sólo recuperó los mismos temas que ya trató en El niño con el pijama de rayas, sino que lo hizo con una mayor destreza y con una caracterización de personajes más profunda. El resultado, además de ser mejor libro, es una buena prueba de que revisitar viejas obras con una perspectiva nueva no siempre es mala idea.

La historia comienza en el París de 1936, donde vive nuestro protagonista: un niño de padre alemán y madre francesa llamado Pierrot. Su vida no es muy distinta a la de otros niños de su época y transcurre entre las clases, los juegos con su perro D'Artagnan y las confidencias con su amigo Anshel, un niño judío sordo de nacimiento que vive en su mismo edificio. Criados prácticamente como hermanos, Pierrot y Anshel incluso han desarrollado sus propios signos manuales especiales para representarse a sí mismos. Anshel eligió el signo del perro para su amigo, a quien consideraba generoso y leal, mientras que Pierrot optó por el signo del zorro, ya que pensaba que Anshel era el niño más inteligente de la clase. Como es lógico suponer por el marco histórico, las vidas de ambos están destinadas a transcurrir por caminos muy diferentes. La prematura muerte de los padres de Pierrot le obligará a abandonar el único hogar que ha conocido hasta entonces, dejando atrás a su perro y a su mejor amigo. Acogido por el único pariente que le queda, su tía Beatrix, Pierrot se trasladará hasta Alemania, hasta una residencia situada en los Alpes en la que su tía trabaja como ama de llaves. Pero no se trata de una casa cualquiera sino del Berghof, el retiro montañés de Adolf Hitler en Baviera. Rebautizado como Pieter, nuestro protagonista se verá entonces sometido a la influencia del nazismo y de su líder, el Führer.

En efecto, El niño en la cima de la montaña es un relato sobre el descenso hacia las tinieblas de un niño normal y corriente al que le ha tocado vivir una época terrible. Su transformación transcurre de forma paralela a la de Alemania, que se encamina de forma irremediable hacia la Segunda Guerra Mundial, lo cual me parece intencionado por parte del autor. Son muchas las historias que han abordado la situación de Alemania durante el auge del Partido Nazi y no todas han sabido capturar la complejidad de esa tesitura social. Además, con frecuencia la cultura popular ha desvirtuado la imagen de los partidarios del nazismo, convirtiéndolos en crueles y sanguinarios villanos de opereta. No me cabe duda de que las prácticas de este grupo permitieron que muchos individuos despreciables medrasen en sus filas, pero eso sólo es una parte del retrato global. Muchas personas de la época apoyaron a los nazis porque estaban desesperadas por creer en aquello que les ofrecían, porque tenían miedo a las consecuencias derivadas de oponerse a ellos o porque sencillamente no tenían otra opción. Muchos alemanes conocían las atrocidades que se estaban cometiendo, pero prefirieron hacer oídos sordos para protegerse a sí mismos y a sus familias. Tampoco es que ellos pudiesen hacer algo por cambiar las cosas, después de todo. ¿Deberíamos considerarlos villanos entonces? ¿Se les puede considerar cómplices de los crímenes nazis? No existe una respuesta satisfactoria para estas preguntas, pero Boyne quiere que pensemos sobre ellas mientras leemos su libro y atendemos atónitos a la progresiva transformación de Pierrot.

Esta no es la historia de un chaval que se ve corrompido poco a poco por los ideales fascistas, sino algo mucho más verosímil y perturbador. Una narración sobre cómo un niño noble y leal se convierte en un villano esperpéntico resultaría pueril y El niño en la cima de la montaña no lo es en absoluto. De hecho, creo que el proceso por el que pasa Pierrot representa bien el proceso por el que se vieron obligados a pasar muchos ciudadanos alemanes de la época. Y aún diría más: también representa la situación de todos aquellos que se han visto obligados a vivir bajo un régimen totalitario en algún momento de la historia. Apadrinado por el propio Hitler, nuestro protagonista se convierte en un partidario del nazismo, desde luego, pero los motivos que le llevan a hacerlo son harto comprensibles y el lector podrá empatizar con él en todo momento. Incluso cuando se ve obligado a ser partícipe de actos terribles, el lector puede entender lo que está experimentando el personaje porque en una situación similar es muy probable que tomase las mismas decisiones. Al menos así ha sido como he vivido yo la lectura de este libro.

La mezcla nacida de la soledad, el deseo de ser reconocido, el sentimiento de pertenencia a un grupo social, el interés por continuar un legado, el respeto a los superiores y el miedo forma un cóctel tan poderoso como peligroso. Es, de hecho, el caldo de cultivo perfecto para dar a lugar a fanatismos. La ascensión del nazismo le debe mucho a la explotación selectiva de las emociones de los alemanes, que deseaban recuperar la dignidad de su nación porque aquello era lo "justo". Pongamos a un niño que apenas ha comenzado la adolescencia en ese contexto, abrumado por la presión de su entorno y temeroso de convertirse en una decepción para el líder al que admira. ¿Acaso deberíamos considerarlo culpable por apoyar a los nazis? ¿Deberíamos verlo como un villano más? Durante todo el primer segmento del libro, el autor se encarga de construir al personaje de Pierrot, haciéndolo entrañable. A continuación, bajo la sombra de la doctrina del Führer, Boyne retuerce la moralidad de Pierrot con el objetivo de conmocionar al lector. Puedo dar fe de que lo consigue, pues en algún momento me he sentido indignado y escandalizado por las acciones del protagonista, aunque nunca he dejado de pensar que su transformación era aterradoramente verosímil y que, tras sus cuestionables acciones, seguía existiendo el niño entrañable del principio. He aquí el gran acierto en la perspectiva del autor de El niño en la cima de la montaña: conseguir que el lector sienta compasión por el "villano", por el "malo" de la historia. En realidad, en el mundo real no existen los héroes ni los villanos como en la ficción, sino gente que toma unas decisiones u otras dependiendo de la realidad en la que vive. Podremos cuestionarlos más o menos, podremos parodiarlos o incluso despreciarlos, pero nunca deberíamos deshumanizarlos. Incluso el peor de los "villanos" era un ser humano como cualquier otro. Sí, incluso Hitler.

Reconozco que yo soy el primero que tiende a ver a personajes históricos como Hitler o Himmler como parodias o esperpentos de sí mismos, en gran parte debido a la imagen de ellos que ha transmitido la cultura popular desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, por horribles que fuesen sus crímenes ambos eran personas sumidas en unas circunstancias que pueden ser estudiadas y comprendidas. En este libro la presencia del Führer no pasa del simple papel secundario, aunque su caracterización dista bastante de la simplona imagen paródica a la que muchos estamos acostumbrados. Hitler debió ser un hombre fascinante; por un lado carismático y manipulador, por otro inseguro, débil e inestable. No me sorprende que las personas de su entorno se vieran arrastradas por su influencia, como le sucede aquí a Pierrot. El pobre chaval, que carece de una figura paterna tras la penosa muerte de su progenitor, acaba encontrando el referente que busca en Hitler: un referente que le despierta tanta admiración como terror.

Boyne utiliza un recurso muy simple para transmitir el turbulento proceso por el que pasa Pierrot a lo largo de los años viviendo en el Berghof. Se trata de un recurso sutil e ingenioso que aprovecha la circunstancia del cambio de nombre del personaje a su llegada a la residencia del Führer. Puesto que su tía le recomienda cambiarse el nombre francés de Pierrot por el alemán Pieter para así ahorrarse problemas, el niño comienza a referirse a sí mismo como Pieter. No obstante, la voz del narrador omnisciente no deja de referirse al personaje como Pierrot hasta que, llegado un momento determinado en la narración, también pasa a llamarle Pieter. El lector que no esté atento puede pasar por alto este detalle tan inteligente por parte del autor, que transmite así la evolución psicológica de su criatura: en el momento en el que la voz del narrador se refiere al personaje como Pieter y no como Pierrot, su transformación se ha convertido en algo objetivo e indiscutible, quizá hasta irreversible. De esta forma, su descenso hacia las tinieblas se da por completado.

Terminar la narración en ese punto habría sido desolador en grado sumo, pero el escritor se reserva las últimas páginas de la novela para plantear una última pregunta: ¿existe el perdón para alguien que, como Pierrot, haya sido partícipe de crímenes atroces? ¿Puede esta gente aspirar a la redención? Para abordar este tema, Boyne recupera al personaje de Anshel, desaparecido durante todo el grueso de la historia. La conclusión puede resultar un tanto predecible o incluso tópica, pero no por ello es menos emocionante o deja de invitar a seguir reflexionando. Después de todo, la redención no es algo que pueda obtenerse (ni otorgarse) con facilidad. Lo único que el escritor tiene claro es que enterrar el pasado y olvidarlo nunca debería ser una opción: hay que aceptarlo por duro que sea y tratar de aprender de él.

El niño en la cima de la montaña es un libro corto y fácil de leer. Su contenido es duro de asimilar en algún momento, pero no cuenta con ninguna escena demasiado truculenta. Me atrevería a recomendarlo incluso a los lectores juveniles, pues a partir de los catorce o quince años me parece un relato accesible. Personalmente, me parece bastante superior a El niño con el pijama de rayas, lo cual evidencia la evolución como escritor que ha experimentado John Boyne durante esta década. Ambas obras pecan de los mismos tics que tanto suelen aparecer en los bestsellers, eso es innegable, aunque El niño en la cima de la montaña plantea unas cuestiones mucho más agudas e incisivas, dando lugar por tanto a una reflexión mucho más enriquecedora. En este caso, revisitar el escenario de la Alemania nazi resultó ser todo un acierto por parte del autor: además de evocar las mismas sensaciones que despertó su primer gran éxito, El niño en la cima de la montaña deja una huella más profunda y duradera. 

3 de enero de 2017

[Cómic] Reseña de X-Men: El Peor Hombre-X del Mundo, de Max Bemis y Michael Walsh


De un tiempo a esta parte, la cabecera titulada X-Men Presenta de Panini se había convertido en una antología en la que dar cabida a materiales de difícil salida en otros formatos. Por sus páginas habían pasado series como la protagonizada por el Magneto de Cullen Bunn y Gabriel Hernandez Walta y la de Rondador Nocturno del veterano Chris Claremont acompañado de Todd Nauck, así como unos cuantos números inéditos de la X-23 de Marjorie Liu, Sana Takeda y Phil Noto. Este tipo de colecciones que recopilan materiales diversos no suelen funcionar bien en el mercado español y prueba de ello es que Panini ha cerrado X-Men Presenta en su número 69 del pasado mes de diciembre. Sin embargo, yo siempre disfruto cuando alguna editorial se atreve con una propuesta como esta. Las antologías suelen ser una lectura fácil y agradable, ya que permiten picotear entre varias series y encontrarse con autores de distintos perfiles. Además, sirven para paliar las ansias completistas que genera el hecho de que una determinada cabecera no llegue a editarse en España. No obstante, X-Men Presenta se ha cerrado por todo lo alto con la publicación de una de las miniseries mutantes más divertidas de los últimos tiempos: El Peor Hombre-X del Mundo (X-Men: Worst X-Man Ever) de Max Bemis y Michael Walsh.

Max Bemis es más conocido por ser parte de la banda de rock californiana Say Anything que por sus pinitos como escritor, aunque esta miniserie no es su primer trabajo para Marvel. Previamente había escrito un capítulo de V+X, la colección derivada del evento que enfrentó a los Vengadores y a la Patrulla X. Más concretamente, se encargó de una historia bastante divertida en la que el Spiderman Superior se cruzaba con Magneto. El experimento tuvo que agradar en las oficinas de la Casa de las Ideas, ya que no mucho después la propuesta de Bemis para El Peor Hombre-X del Mundo fue aprobada. Actualmente el guionista se encarga de una nueva cabecera en USA dedicada a Foolkiller, el Asesino de Tontos, por lo que sigue vinculado a la editorial tras su primera toma de contacto. Es bastante habitual que alguna celebridad se interese por publicar en una gran editorial de cómics (o que una de dichas editoriales tiente a un autor famoso para que escriba una de sus colecciones), aunque muchos de esos casos no pasan de ser experimentos puntuales. Espero que este no sea el caso. Al parecer, Bemis es un gran aficionado a los cómics y fue él quien se interesó por publicar para Marvel, por lo que es de esperar que veamos más trabajos suyos en el futuro.

Por desgracia, tengo bastante menos que decir del dibujante, Michael Walsh, al que sólo había visto antes en números sueltos de series como Bucky Burnes: El Soldado de Invierno y Mapache Cohete y Groot. Este ilustrador canadiense, que también ejerce labores de portadista, tiene un estilo espontáneo y de trazo grueso que me recuerda a algunos webcomics. Además de manejarse bien con el tipo de humor que propone el guionista, su trabajo aquí me ha parecido interesante por la revisión estética que realiza sobre algunos de los personajes mutantes más conocidos, como la Bestia, Júbilo, Mística, el Sapo o Magneto.


Entrando ya en materia, X-Men: El Peor Hombre-X del Mundo parte de una premisa hilarante. A lo largo de su dilatada historia, la Patrulla X ha contado con infinidad de miembros y no todos han logrado el favor del público. Es más, algunos han sido unánimemente rechazados, odiados y defenestrados. Joseph (un fallido clon de Magneto), Oruga, Cecilia Reyes o Stacy X suelen ser siempre los primeros candidatos en aparecer cuando se piensa en el peor Hombre-X de la historia mutante. Pues bien, lo que propone Max Bemis es contarnos la historia de alguien aún peor que cualquiera de ellos: el joven Bailey Hoskins, un chaval pelirrojo con una suerte que haría reír a Peter Parker y que cuenta con el peor poder jamás ostentado por un mutante. Los caprichos de la genética han querido que Bailey tenga el poder de explotar a voluntad, pero no le han dotado con ninguna forma de salir vivo de la detonación. Por tanto, en cuanto use su poder mutante por primera vez acabará muerto de forma irremediable.

La imposibilidad de usar su poder sin morir hace que, a efectos prácticos, Bailey sea un humano normal y corriente al que las circunstancias han llevado a vivir en la escuela de la Patrulla X; alguien cuyo punto de vista no se diferencia demasiado del que puede tener cualquier lector. Lo curioso es que el muchacho era un gran admirador de las hazañas del grupo de aventureros mutantes, hasta que entra a formar parte de su mundo y empieza a descubrir que no todo es tan atractivo desde dentro. El guionista utiliza esta situación para parodiar con gran inteligencia la idiosincrasia mutante, lo cual desde mi punto de vista denota cierto conocimiento de la franquicia. Creo que las mejores parodias se construyen siempre desde el conocimiento de aquello que se está parodiando, ya que una parodia implica algo más que chistes fáciles: una parodia sustenta su humor en los elementos que definen a eso que se quiere parodiar, retorciéndolos para mostrar lo absurdos que pueden llegar a ser en ocasiones. Eso es precisamente lo que hace Bemis aquí y lo que supondrá las delicias de todo el que tenga cierta experiencia leyendo la franquicia mutante. Por poner un ejemplo, el guionista sabe de lo que habla cuando hace que Bailey trate de encontrar acomodo en alguno de los diversos equipos derivados de la Patrulla X, tales como X-Force, Factor X o los Nuevos Mutantes, produciendo situaciones hilarantes que sólo pueden comprenderse en su totalidad si se conocen los elementos definitorios de esos equipos.

Algo que me ha parecido muy disfrutable del trabajo del guionista han sido los diálogos. De hecho, la miniserie cuenta con unos cuantos que me parecen memorables. Los hay muy divertidos, como esa crítica que hace Lobezno de la sempiterna benevolencia del Profesor Xavier ("El tío tiene un proceso de filtrado que hace que la Iglesia católica parezca exigente. Estamos hablando de un hombre que sigue dando cobijo a Mística pensando que eh, después de una década de falsedades... tal vez haya pasado página."), la explicación que ofrece la Bestia sobre los mutantes de nivel omicrón ("Me lo acabo de inventar. Es sólo una de las letras del alfabeto griego que suena más siniestra.") o los descacharrantes comentarios sobre la tradición de los partidos de béisbol entre los mutantes ("Tío, no hay nada como estos inexplicables lapsos entre crisis mundiales que aprovechamos para estrechar lazos de manera informal."). Sin embargo, uno de los momentos que más he disfrutado de toda la miniserie se produce en su penúltimo número y no tiene nada de humor. De hecho, se trata de una de las apreciaciones más lúcidas que recuerdo haber leído sobre lo que ha definido a la Patrulla X desde los tiempos en los que Chris Claremont la convirtió en lo que hoy es. Se trata del momento en el que un confundido Bailey le pregunta al Profesor Xavier acerca de qué sentido tiene seguir haciendo lo que hace la Patrulla X después de tantos años y tantas luchas. La respuesta que le ofrece Xavier me parece la visión más sincera que se ha atrevido a dar un autor en mucho tiempo y está cargada de auténtico cariño hacia la franquicia mutante. Se trata de una respuesta que, por cierto, está muy alejada de los excesos líricos tan característicos de Claremont, pero que conecta con la filosofía del viejo Patriarca Mutante de una forma muy íntima.


Otro aspecto a destacar es el aspecto "meta" de la miniserie, que juguetea con el concepto de continuidad de una forma que va más allá de la ficción y nos hace pensar en todo lo que sucede en el mundo real que rodea a los cómics publicados por Marvel. Bemis también introduce una serie de comentarios que se pueden aplicar tanto a los personajes como a los lectores. En especial, hay unas frases de Magneto que yo interpreto como un mensaje sobre el estado actual del medio desde un punto de vista bastante crítico ("Haz una búsqueda en Google y encontrarás a miles dispuestos a luchar por los derechos de las minorías... impedir el abuso del poder... cambiar las cosas. ¿Pero quién ha emprendido una acción verdadera? ¿Quién ha hecho un esfuerzo más allá de mandar un tuit indignado?"). Esto me hace pensar que el guionista es consciente de lo agitado que está el medio últimamente y que tiene un punto de vista muy interesante que aportar, aunque sea a base de sutiles comentarios crípticos. Yo diría que más que comentarios sutiles podrían considerarse puyas en toda regla, pero bueno. Doy fe de que a Bemis se le dan bien las puyas, como podría atestiguar el bueno de Cíclope en las últimas entregas de la miniserie.

Pero volviendo al tema de la continuidad, diré que durante la lectura de El Peor Hombre-X del Mundo me estuvo molestando el hecho de que un autor que parecía tan preocupado por mencionar la continuidad hubiese situado su historia en una época tan ambigua que no parecía encajar bien en la continuidad mutante. En efecto, durante su inicio la miniserie parece ser uno de esos productos independientes que pueden leerse sin tener ni idea de por dónde van los tiros en la franquicia de la Patrulla X en ese momento, ya que se presentan versiones más o menos estereotípicas de los personajes. De esta forma, no tenemos a la Bestia con aspecto felino ni a la Patrulla X desplazada en el tiempo rondando por ahí, sino a una versión estándar de los estudiantes de Xavier más conocidos. Incluso la propia escuela se acerca mucho más a la clásica Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos que a la más reciente Escuela Jean Grey. El Peor Hombre-X del Mundo es una especie de "grandes éxitos" mutantes, cogiendo los elementos más característicos de diversos personajes y épocas para crear un escenario familiar y accesible para todo tipo de lector, incluso para los que no suelen leer cómics mutantes. No obstante, tengo que puntualizar que lo que en principio me pareció un aspecto criticable acaba convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de la miniserie, cuya conclusión tiene mucho que ver con la inexplicables peculiaridades de la continuidad marvelita. En un nuevo ejercicio de metaficción, Bemis concluye el argumento referenciándose a sí mismo y a la propuesta que envió a Marvel, lo cual me pareció muy ingenioso y en la línea de esa vieja tradición de los autores de la Casa de las Ideas que suelen incluirse a sí mismos dentro de sus historias. No diré más para no estropearle a nadie la lectura.


El Peor Hombre-X del Mundo acaba de la única forma en la que puede acabar una historia mutante: con un futuro distópico, porque no hay nada más característico de la Patrulla X que un oscuro futuro cargado de persecución, exterminio y opresión. Ese es el punto en el que el humor paródico y un tanto macarra de las primeras entregas se convierte en un humor mucho más ácido, más próximo al humor negro. Es el tipo de humor que se lleva hoy en día gracias a series de animación como Rick & Morty o BoJack Horseman y que, además de hacer gracia, deja al espectador con una cierta sensación de incomodidad. Quizá sea porque hace reír con situaciones que no deberían resultarnos divertidas, como sucede con la conclusión de El Peor Hombre-X del Mundo. Me costaría encuadrar el último número que escribe aquí Bemis dentro del género de comedia al que pertenecen los anteriores, pero eso es lo que hace que esta miniserie sea tan especial. Si hubiese mantenido el mismo tono hasta el final habría pasado al recuerdo como una propuesta graciosa y gamberra, pero su aguda y agridulce conclusión la eleva por encima de otras propuestas similares. Por este motivo no me cuesta calificar a El Peor Hombre-X del Mundo como una de las mejores miniseries mutantes de los últimos tiempos ni tengo problema en decir que la carrera de si guionista en el mundo del cómic merece que le prestemos atención. Habrá que estar atento pues a la publicación por parte de Panini de Foolkiller.

Los cinco números de X-Men: El Peor Hombre-X del Mundo se han publicado en las dos últimas entregas (números 68 y 69) de la colección X-Men Presenta de Panini, por 4,50€ y 3,50€ respectivamente. No se me podía haber ocurrido una mejor despedida para esta cabecera.