17 de agosto de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 8): "Mithas y Karthay"

Mithas y Karthay (titulado The Companions en la edición original de 1992) es la última entrega de Los Compañeros de la Dragonlance (Dragonlance Meetings), una colección que partía de la premisa de narrar los primeros encuentros entre los protagonistas de las futuras Crónicas de la Dragonlance. Dicha premisa no siempre se cumple a lo largo de los seis libros, lo cual repercute en la falta de definición del conjunto. Sin un hilo común que conecte a las distintas entregas más allá de la sucesión cronológica de acontecimientos, la hexalogía carece de personalidad propia y depende por completo de la destreza de los autores implicados en cada volumen para salir bien parados de las historias que plantean. Por fortuna, la encargada de concluir la colección es Tinal Daniell, quien fuera responsable de una de las entregas que más disfruté en su momento: Kitiara Uth Matar. Aunque Mithas y Karthay no suponga la culminación de un argumento construido libro a libro gracias a la suma de aportaciones de los distintos escritores, sí que ofrece una narración absorbente que va aumentando de intensidad hasta alcanzar un clímax muy satisfactorio que hace que la colección en sí gane varios enteros. Merece la pena pasar por los libros anteriores, algo irregulares aunque siempre entretenidos, para llegar al final de la hexalogía y experimentar la sensación de que esos personajes han ido acumulando un cierto bagaje que los enriquece y les proporciona mayor entidad.

Quizá el mejor punto de inicio para cualquier lectura de esta saga de espada y brujería sea la trilogía original de las Crónicas, pero creo que dedicar un tiempo a las precuelas (tanto a estos Compañeros como a las dos series de Preludios) tiene la ventaja de otorgarle un mayor peso a sus protagonistas. No es lo mismo asumir que los personajes son viejos amigos que vivieron muchas aventuras en el pasado porque la narración los presenta así, tal y como sucede en las Crónicas, que acompañarles durante sus primeros viajes juntos y asistir así directamente a la forja de su amistad, lo cual ocurre leyendo precuelas como la que ahora nos ocupa. Todo ese bagaje acumulado en las historias previas beneficia a la caracterización en las aventuras posteriores y ayuda a que el lector conecte y se implique con los personajes. Al menos esta es la sensación que me ha transmitido el epílogo de Mithas y Karthay, que me hizo pensar en los numerosos acontecimientos narrados en la colección desde aquel primer libro que mostraba el momento en el que Flint y Tanis se conocieron. Al llegar al sexto libro el grupo de aventureros ya está más que asentado y los protagonistas están definidos con una claridad cristalina, lo cual incluye sus filias, sus fobias y sus dramas personales. A lo largo de Los Compañeros de la Dragonlance se ha abordado la pertenencia racial de Tanis y Flint, la agotadora convivencia con el carismático y problemático kender Tas, la importancia del legado familiar para personajes como Sturm o Kitiara (ambos descendientes de nobles Caballeros de Solamnia caídos en desgracia por distintas circunstancias), la extraña y disfuncional relación entre los dos hermanos Majere (Raistlin y Caramon) y el apasionado pero tóxico romance entre Tanis y Kitiara, entre otras muchas cosas. Llegados a este punto cuesta no sentirse implicado emocionalmente con estos personajes, lo cual es hábilmente aprovechado por la autora del volumen que hoy estamos comentando.

Mithas y Karthay es una de esas historias en las que los protagonistas pasan buena parte del tiempo separados, implicados en sus propios problemas pero inmersos en acontecimientos interrelacionados, hasta que sus diversos arcos argumentales confluyen en última instancia y todos acaban reuniéndose en el momento del clímax. En esta ocasión, Caramon, Sturm y Tas son secuestrados por los minotauros mientras realizaban un viaje para comprar cierto componente exótico de hechizos para Raistlin. Con sus amigos trasladados hasta las distantes islas habitadas por los hombres toro (las mismas que dan título al volumen), el joven aprendiz de mago se dispondrá a rescatarlos acompañado por Flint y Tanis. Por su parte, Kitiara viajará por su cuenta y riesgo hasta las islas tras ser informada de lo sucedido. Ninguno de los aventureros conoce en un primer momento que acabarán inmiscuyéndose en los planes del Amo de la Noche, un chamán minotauro que pretende lanzar un hechizo que permitirá que el dios al que adora su raza, Sargonnas, el Señor de la Venganza, entre en el plano físico y encabece la conquista del mundo por parte de las fuerzas de los hombres toro.

Buena parte del libro se centra en narrar las penurias por las que pasan Caramon, Sturm y Tas como prisioneros de los minotauros, que llegan a rozar lo angustioso en un par de ocasiones. Esa parte de la historia, por tanto, se beneficia del conocimiento previo y de la implicación emocional del lector hacia los personajes: cuanto más simpáticos te resulten Caramon, Sturm y Tas, más incómoda y preocupante te resultará la lectura de su desventurado viaje. Después de todo, hay varios capítulos en los que son directamente torturados y humillados por sus captores. Por momentos creo que el libro resulta excesivo en su descripción del sufrimiento, aunque soy consciente de que estas historias de fantasía medieval no suelen estar exentas de crudeza pese a todos sus elementos ficticios. En cualquier caso, se trata de escenas ridículas en comparación con la forma en que se emplea la violencia en otras sagas como Canción de Hielo y Fuego, por ejemplo. La diferencia radica en que la Dragonlance está dirigida al público juvenil, no a lectores adultos.

Por otro lado, la autora sabe bien lo que hace al desperdigar a los personajes. Es un acierto separar a los dos hermanos, Caramon y Raistlin, ya que invita a pensar que la preocupación del aprendiz de mago por su corpulento gemelo es genuina. No obstante, Raistlin sabe mucho más de lo que desvela en un primer momento y sus movimientos siempre ocultan otras motivaciones que nada tienen que ver con el amor fraternal, lo cual es muy fiel a su caracterización más íntima. También es interesante averiguar cómo se las ingenia el enfermizo y delicado muchacho para sobrevivir en territorio hostil sin el apoyo de su vigilante y protector hermano. Si la situación hubiese sido a la inversa y Raistlin fuese el secuestrado, no resultaría nada sorprendente que Caramon encabezase su rescate. Sin embargo, en este volumen la escritora nos propone una circunstancia mucho más inusual e inesperada en la que Raistlin adopta el rol de rescatador, lo cual es muchísimo más interesante. Además, el aprendiz de mago tiene que hacer equipo con Flint y Tanis, dos personajes con los que apenas tiene nada en común y que suelen desconfiar de él. El enano y el semielfo no ven la magia con buenos ojos ni están cómodos en presencia del reservado e introspectivo aprendiz, por lo que el trío de rescatadores se mantiene en una constante tensión dramática.


Irónicamente, el único personaje que Tina Daniell no sabe desplegar con el mismo acierto es Kitiara, la apasionada mercenaria a la que tan bien supo coger el tono en el tercer volumen de Los Compañeros de la Dragonlance. En este libro la presencia de Kit no sólo es escasa, protagonizando un único capítulo y no volviendo a aparecer hasta la conclusión, sino que también acaba desempeñando el odioso rol de damisela en apuros que tan inadecuado resulta para una mujer que se gana la vida con la espada. Es importante recordar que hablamos de libros escritos hace más de veinte años, en una época en la que la cultura popular no reflejaba las preocupaciones sociales que tan presentes están hoy en día, pero esta circunstancia resulta llamativa dada la estupenda caracterización de Kit como mujer independiente y rebelde que hizo la autora en el pasado. En Kitiara Uth Matar, la mercenaria siempre tenía un rol activo en los acontecimientos, mientras que el papel que desempeña en la conclusión de Mithas y Karthay es mucho más pasivo de lo que desearía. Puede que esta sea la mayor crítica que se le puede hacer a esta entrega de Los Compañeros de la Dragonlance, aunque no es el único detalle que me ha chirriado durante la lectura.

El otro aspecto que me parece discutible tiene que ver con el manejo del tiempo y el espacio. Como se puede esperar en base a la sinopsis planteada, nos encontramos ante un libro que se centra en el viaje de los rescatadores para alcanzar a los secuestrados en las lejanas islas de los minotauros. Como en muchas otras historias de fantasía medieval, el grueso principal del argumento transcurre durante el viaje propiamente dicho. Pues bien, si cogemos un mapa de Krynn (el mundo ficticio en el que se ubica la Dragonlance), marcamos los puntos en los que se encuentran los personajes al iniciarse el argumento y vamos trazando las líneas que recorren durante sus respectivos desplazamientos, nos sorprenderá comprobar lo vastas que son las distancias que han viajado. Dichos desplazamientos, además, transcurren de forma paralela hasta que todos los compañeros se reúnen en un mismo punto. El problema es que si uno se pone estricto y empieza a hacer cálculos numéricos sobre distancias y tiempos, los datos no encajan: es totalmente imposible recorrer distancias tan enormes en los tiempos marcados por la narración, ya sea a pie, a caballo o en barco. Obviamente, el lector medio no se molestará en analizar los detalles de la historia hasta semejante nivel, pero basta un mínimo esfuerzo mental para poner en jaque la verosimilitud de los acontecimientos. Al fin y al cabo, incluso los mundos de ficción deben obedecer una serie de normas físicas básicas y si el autor no las respeta se arriesga a que se le vean las costuras a su relato.

Reconozco que no es nada fácil manejar una historia con varios arcos argumentales paralelos que acaban confluyendo al final, pero me parece tarea del escritor el llevar a cabo los tediosos cálculos que aseguren que su argumento es verosímil. Eso incluye calcular cuántos kilómetros deben recorrer los personajes en cada jornada para llegar a su destino, manteniendo la cifra dentro del intervalo de lo físicamente posible. Narrar un viaje sin definir con detalle las distancias y los tiempos es arriesgado, sobre todo cuando el libro incluye un mapa para que lector pueda consultarlo a su antojo. Una posible solución para no hacerse un lío de cifras pasa por hacer trampa y recurrir a la magia, lo cual me parece un recurso un tanto perezoso. Es justo el recurso que utiliza Tina Daniell para que los cálculos de su viaje tengan sentido, haciendo que los personajes recorran parte de la gigantesca distancia de su recorrido mediante un desplazamiento mágico. En esta historia tanto los secuestrados, cuyo barco es transportado de un extremo a otro del mapa por una tempestad mágica, como los rescatadores, que usan un portal para ahorrarse el grueso del viaje por tierra, recurren a la magia. No me parece la mejor solución posible para el problema planteado, sobre todo porque incluso teniendo en cuenta el uso de la magia siguen quedando cuestiones que no acaban de encajar: ¿cómo consigue entonces Kitiara llegar a las islas de los minotauros desde Solamnia antes que sus compañeros que han viajado por medios místicos?

En cualquier caso, la autora emplea un recurso que me parece muy efectivo para transmitir la sensación de estar inmersos en un largo viaje durante uno de los capítulos. Se trata del capítulo en el que Tanis, Flint y Raistlin se embarcan para cruzar el Mar Sangriento en dirección a la nación de los hombres toro, que está narrado como si se tratase de un diario de a bordo anotado por Tanis. Me parece un recurso mucho más útil e interesante para reflejar el paso del tiempo y para mover a los personajes una larga distancia sin consumir un número excesivo de páginas. En volúmenes anteriores de la hexalogía he tenido la sensación de que los autores no han sabido manejar bien el ritmo de su relato y se han quedado sin páginas al final, dejando la conclusión o el epílogo algo cojos. Me ha alegrado comprobar que Mithas y Karthay es el caso opuesto, ya que la narración conserva un ritmo bien equilibrado que aumenta progresivamente de intensidad hasta su conclusión, que viene seguida de un adecuado epílogo que sirve como cierre tanto para la historia planteada en este libro como para la colección de la que forma parte. Dejando a un lado mis críticas sobre el rol de Kitiara y el manejo de las distancias y los tiempos, no tengo problema en admitir que este es un libro bastante sólido; es más, diría que es uno de los mejores de la hexalogía.

Se trata de uno de los títulos que mejor aprovecha el entorno de fantasía de la saga, recurriendo a uno de los bestiarios más extensos que recuerdo, con criaturas de todo tipo que van desde gigantescos gusanos marinos, leucrottas, orughis, bulettes y rocs hasta un descomunal hatori, todos ellos seres poco comunes tanto en Dragones y Mazmorras como en la propia Dragonlance. También cuenta con unos personajes secundarios muy llamativos, como la agradable semiogro Kirsig y los representantes de las dos especies más relevantes en esta historia: los kiris, unos primitivos aunque nobles hombres pájaro, y los minotauros. Ambas razas son enemigas, por lo que nuestros protagonistas acaban aliándose con los kiris antes del asalto final contra las fuerzas del Amo de la Noche. Como en cualquier precuela, es fácil adivinar qué personaje secundario no llegará vivo al final de la lucha, pero esto es inevitable. Finalmente, Mithas y Karthay es de especial interés por ofrecer un vistazo a la sociedad de los minotauros, que son seres que no existen en el universo de Dragones y Mazmorras pero que poseen una amplia presencia en la Dragonlance. Más allá de las esperadas muestras de brutalidad, resulta fascinante descubrir que los hombres toro gozan de su propia organización política y religiosa, con sus correspondientes intrigas y juegos de poder. No obstante, quizá lo más sorprende del libro sea la presencia del único kender perverso que recuerdo haber leído en esta saga; uno que sigue conservando su naturaleza entrometida y su peculiar sentido del humor pese a estar alineado con las fuerzas del Mal. Su inclusión en la historia es tan ocurrente como perturbadora.

Con esto concluye mi repaso a los seis volúmenes que componen Los compañeros de la Dragonlance, pero antes de llegar a las esperada relectura de las Crónicas de la Dragonlance aún quedan unas cuantas precuelas que revisitar: en concreto, las dos trilogías de Preludios ambientadas en los años anteriores a las Crónicas en los que los compañeros se separan para buscar evidencias sobre la presencia de los viejos dioses en el mundo. La primera de estas trilogías comienza con El Guardián de Lunitari, una historia protagonizada por la difícil pareja constituida por Kitiara y Sturm, que por azares del destino acabarán viajando en un barco volador de manufactura gnoma hasta Lunitari, la mismísima luna roja de Krynn. Será el próximo libro a comentar en esta serie de artículos.

4 de agosto de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 7): "Pedernal y Acero"

Los Compañeros de la Dragonlance (Dragonlance Meetings en el original) es una hexalogía que pretende narrar los primeros encuentros entre algunos de los personajes más destacados de esta saga de fantasía. Esta es una característica a la que los anteriores libros no prestaron mucha atención y que esta penúltima entrega, Pedernal y Acero (Steel and Stone es el título en inglés), vuelve a poner sobre la mesa. Nos encontramos ante el primer encuentro entre Tanis el Semielfo y Kitiara Uth Matar, una pareja cuya relación pasa por ser una de las más tormentosas de la Dragonlance. Puesto que cada entrega de la hexalogía es cronológicamente posterior a la anterior, ambos personajes ya han tenido ocasión de ser explorados en otros libros. Qualinost se centraba en la juventud de Tanis en la ciudad elfa en la que nació, mostrando cómo su naturaleza mestiza le separaba de sus congéneres y le impulsaba a buscar una vida en el exterior, mientras que Kitiara Uth Matar fue protagonizado por el personaje cuyo nombre le da título y narraba los primeros compases de la vida de Kit como mercenaria. Por su parte, Pedernal y Acero, además de mostrar cómo se conoce la pareja y cómo se inicia su romance, se encarga de narrar una de sus primeras aventuras juntos; una aventura en la que queda bastante claro que uno de los dos no está siendo del todo sincero con el otro.

Creo que una de las razones por las que la Dragonlance fue tan popular entre las chicas como entre los chicos en su momento es el personaje de Kitiara. No es la única mujer que tiene un papel prominente en la saga, ya que hay otras como Laurana, Tika o Crysania que también acaparan gran protagonismo, pero entiendo que es mucho más fácil conectar con ella que con las otras. Además de ser una luchadora experta y una inteligente aventurera, Kit es una mujer independiente que se valora a sí misma por encima de todo y de todos. Está muy lejos de ser una heroína, desde luego, pero pese a sus acciones cuesta encuadrarla en la categoría de villanos. Kit vive como quiere, obedece sus propias normas y persigue sus propios intereses. No duda en aliarse con el mal o en llevar a cabo actos moralmente reprobables si eso le ayuda a obtener lo que desea, aunque no es intrínsecamente malvada. Simplemente es una mujer que quiere vivir la vida a su manera en un mundo con frecuencia hostil hacia las mujeres. En el género de espada y brujería más clásico los personajes femeninos suelen ocupan el rol de damisela en apuros o, lo que es peor, el de mero reclamo sexual para los lectores masculinos. Kit no es lo uno ni lo otro y, de hecho, aunque es un personaje fuertemente sexualizado, me cuesta considerar que su sexualidad esté al servicio del lector. Es más, diría que su sexualidad es suya y de nadie más.

Si lo juzgamos desde una óptica actual es posible que surjan los problemas y nos percatemos de que no es un personaje tan liberal ni empoderante como parecía serlo en la década de los noventa. El tratamiento de la sexualidad siempre suele resultar polémico en estos casos, ya que hablamos de un personaje que recurre al sexo como arma en más de una ocasión. En otros libros que ya hemos comentado tenemos algún ejemplo de ello: por ejemplo, en Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja Kitiara conseguía medrar en el ejército acostándose con su general. Entiendo por qué este tipo de conductas de un personaje femenino puedan ser discutibles, aunque no creo que descalifiquen al personaje en su conjunto. En todo caso, creo que paradójicante lo hacen más interesante. Aunque imperfecto en su tratamiento, después de todo el personaje resuena con muchas inquietudes liberales actuales. Por mi parte, me parece muy sugestivo que unos libros de fantasía para adolescente incluyesen a un personaje con una sexualidad tan abierta. Kit se acuesta con quien quiere y cuando quiere y además lo hace buscando siempre su propio placer o beneficio, de ahí que afirme que su sexualidad no está al servicio de nadie salvo ella misma.

Precisamente la sexualidad de Kitiara tiene cierta prominencia en Pedernal y Acero, ya que el inicio del romance entre el semielfo y la mercenaria viene marcado por la presencia del anterior amante de la mujer. Es más, incluso habiendo iniciado una relación con Tanis, Kit no tiene reparos en volver a acostarse con su pareja previa. Teniendo en cuenta la breve reflexión que he realizado en los anteriores párrafos, esta circunstancia me parece muy coherente con el personaje. No obstante, lo llamativo de este libro es que explora las consecuencias del estilo de vida de Kitiara y su forma de afrontar su sexualidad. En efecto, una de las subtramas del volumen tiene que ver con un posible embarazo del que cualquiera de los dos hombres puede ser el padre, lo cual supone un serio problema para la mercenaria. El estilo de vida liberal de Kit no es el más apropiado para un mundo medieval en el que no existen los anticonceptivos, pero este tema no suele tratarse demasiado. En Raistlin, mago guerrero se menciona un posterior embarazo de Kitiara (del que nace Steel Brighblade, personaje con cierta importancia en el futuro de la saga), pero más allá de eso no recuerdo otras ocasiones en las que se aborde el tema. En este libro el asunto se trata con bastante ambigüedad, ya que no llega a desvelarse la identidad del padre ni el destino del bebé. De hecho, ni siquiera llega a saberse si finalmente se produce el nacimiento o no. Sin embargo, la circunstancia crea una gran tensión dramática entre los personajes y sirve para regalarnos una de las mejores escenas del libro, en la que Kit sueña con un posible futuro en el que ha colgado la espada y se ha convertido en madre y ama de casa al cargo de sus hijos y al servicio de su marido. Sobra decir que para ella tal ensoñación es una pesadilla horrenda.

Es una lástima que el tema no se trate de forma más directa, pero una vez más debemos tener en cuenta que hablamos de una precuela que debe cuidarse de no entrar en contradicción con hechos cronológicamente posteriores. Ellen Porath, autora de Pedernal y Acero, hace lo que puede dentro de las obvias limitaciones que aquejan a todos los libros situados antes de las Crónicas de la Dragonlance. Pese a todo, y aunque en general me gusta mucho la caracterización de Kit en esta entrega, hay algunos momentos del argumento en los que el personaje no tiene un rol tan activo como me gustaría. Llega a ejercer el rol de víctima secuestrada a la que hay que rescatar hacia el final, lo que chirría un poco en comparación con la forma en la que otros libros han retratado al personaje y con mi propia concepción del mismo. Tampoco me gusta demasiado que la historia se ponga en marcha a partir de un robo por parte de Kitiara, ya que me cuesta creer que la mercenaria se rebaje de esa manera (¡no una sino dos veces en el mismo libro!). Puede que Kit tenga unos criterios morales bastante laxos, pero no creo que sea una vulgar ratera. Aunque se puede argumentar que tiene sus razones para apropiarse de las mercancías robadas, el procedimiento de coger lo que no le pertenece y huir por piernas me parece impropio de alguien que tiene otros métodos mucho más efectivos para conseguir lo que desea, ya sea mediante la espada o mediante la cama.


En cuanto al argumento en sí, nos encontramos ante una historia competente y quizá hasta un punto por encima de la media de la saga. Kitiara y su amante, un duro kernita llamado Caven Mackid, sirven como mercenarios en el ejército de un señor feudal que pretende invadir un reino cercano tras haber casado a su hija con el gobernante del mismo. Las cosas no salen bien y Kit aprovecha la confusión para robar unas gemas de hielo mágico que estaban en posesión del hechicero del ejército, un Túnica Negra que responde al nombre de Janusz. Tras dar esquinazo a Caven, la mercenaria se encuentra por casualidad con Tanis y comienza una apasionada relación con él. Pero pronto su pasado llama a la puerta, primero con el regreso de Caven (acompañado por su escudero Wode) y después con los intentos del Túnica Negra de recuperar sus joyas. Kit, Tanis, Wode y Caven acaban viéndose inmersos en una trama que implica a la hija huida del señor feudal, a un búho gigante con un sarcástico sentido del humor y a un enorme y estúpido troll de dos cabezas. Además de tener que aguantarse mutuamente, el grupo de aventureros viajará hasta las confines del gélido sur para evitar que el hechicero y su amo utilicen el poder de las gemas de hielo para conquistar el mundo. No todos llegarán al final de la aventura con vida.

Es fácil deducir qué personajes vivirán y qué personajes morirán en una precuela, pero en este caso la autora consigue conferirle cierto impacto a las muertes de sus criaturas. En ocasiones, el género de fantasía opta por narrar muertes melodramáticas en las que los personajes siempre tienen ocasión de despedirse con unas últimas palabras antes de expirar. Pese a lo inverosímil que resulta este recurso, reconozco que tiene su atractivo. Sin embargo, optar por narrar una muerte rápida, brutal y despiadada puede aumentar el impacto al hacer que el lector se vea privado de esos últimos momentos de despedida. Obviamente, en el mundo real la muerte puede presentarse de improviso y no siempre hay ocasión de despedirse antes del final. Cuando la ficción refleja la muerte de esta manera obtiene cierta verosimilitud y cierta autenticidad que no consigue de la otra forma, además de potenciar el mencionado impacto sobre el lector. En Pedernal y Acero las muertes son de este tipo: rápidas y crueles. Además, no diferencian entre héroes y villanos, ya que ambos son tratados con la misma contundencia. Por otro lado, conviene mencionar que algunos de los personajes que mueren no son humanos sino animales. Lo cierto es que ya he perdido la cuenta de la cantidad de muertes de caballos con las que me he encontrado desde que empecé esta relectura de la Dragonlance, pero las muertes de animales de este libro me parecen bastante más duras de lo habitual y quizá hasta puedan resultar desagradables para los lectores más sensibles. Hay una que me a mí me dolió especialmente, aunque no entraré en detalles por motivos obvios.

En líneas generales, el argumento del libro sabe mantener el interés del lector, aunque comete un error bastante frecuente. Su desenlace es satisfactorio en última instancia, pero resulta algo apresurado en comparación con la extensión que se dedica a la presentación. No es la primera vez que me quejo de esto hablando sobre Los Compañeros de la Dragonlance y sospecho que no será la última mientras dure mi relectura de la saga, pero me parece una protesta justificada. Cuanto mayor y más ambiciosa sea la aventura, más importante es dedicar el espacio necesario a su cierre y a las consecuencias derivadas de él. Un buen epílogo es tan fundamental como un buen desenlace o puede que incluso más, ya que las piezas se han reorganizado sobre el tablero y es preciso ofrecerle un retrato acertado al lector de cómo han quedado las cosas. El volumen que hoy estamos comentando tiene un epílogo de menos de dos páginas en el que se tienen que abordar las consecuencias de las diversas batallas, las muertes de varios personajes y el embarazo de Kitiara. Se me antoja muy insuficiente.

Por otro lado, los secundarios del libro son bastante simpáticos. Caven y Wode no destacan por su brillantez, pero creo que esa es la intención de la autora, que pretende parodiar su masculinidad hasta cierto punto. Mucho más interesantes son Kai-lid y su compañero Xanthar, el búho gigante, probablemente la aportación más memorable del libro por su actitud y sus acertados diálogos. Incluso los villanos, el señor feudal Valdane y Janusz, el Túnica Negra, tienen un trasfondo interesante que implica un impío vínculo de sangre. Además, Pedernal y Acero hace un amplio uso de la mitología de la Dragonlance, recurriendo a localizaciones tan conocidas como el Bosque Oscuro donde habitan los espíritus o las lejanas extensiones congeladas del Muro del Hielo, así como a criaturas tales como minotauros, ettins (trolls de dos cabezas) y thanois (hombres-morsa). El envoltorio ya es bastante atractivo por sí mismo, pero no olvidemos que el principal punto fuerte del libro sigue siendo la exploración del personaje de Kitiara y su relación con Tanis.

Que haya dejado para el final el comentario sobre el romance entre la mercenaria y el semielfo no significa que el libro deje de lado el tema ni mucho menos. La relación entre ambos personajes se trata de forma bastante certera, haciendo hincapié en lo poco que tienen en común más allá de la pasión y el deseo sexual del primer encuentro. Hay pocas razones para confiar en que la pareja pueda funcionar y muchas para creer que lo mejor para ambos es separarse, aunque la autora sabe dejar a los personajes en esa inexplorada zona gris de incertidumbres en la que todo es posible. Tanis y Kitiara son muy distintos y no hay duda de que ambos están en extremos opuestos del espectro moral, de eso no hay duda, pero entre ellos hay una chispa que invita a fantasear sobre las posibilidades futuras. Cabe la esperanza de que la compañía del otro sirva para que Tanis deje de estar tan encorsetado por su pasado y para que Kitiara modere un tanto su temperamento violento y su conducta egoísta... pese a las innumerables pruebas que indican que Tanis nunca podrá obviar su naturaleza de semielfo  y que Kitiara es demasiado ambiciosa como para conformarse con una vida normal y corriente.

El libro aprovecha para hacer alguna que otra referencia a temas tratados en volúmenes anteriores de Los Compañeros de la Dragonlance para reforzar las incógnitas que despierta el mencionado romance: el diferente ritmo al que envejecen humanos y semielfos siempre será una barrera entra ambos y Kitiara están tan obcecada en crearse una reputación que rivalice con la que tuvo su padre en el pasado que no dudará en pasar por encima de todo aquel que suponga un obstáculo para tal fin. Por tanto, desde el primer momento queda claro que el suyo es un romance imposible y que su destino es el fracaso. Por eso la ardiente pasión entre ellos está teñida de tristeza y por eso son tan conmovedoras las ingenuas dudas de Tanis, que sueña con una vida en la que pueda estar casado con Kit. En cambio, como ya hemos apuntado antes, para la mercenaria una vida así es una pesadilla y una condena de la que pretende escapar con todas sus fuerzas. Ya en este momento tan temprano de su relación Kit evita comprometerse con Tanis y le engaña cuando surge la ocasión, lo cual augura un final poco halagüeño para su romance. Este es justo el tipo de romance de ficción que me gusta: carnal, efímero y destinado a una oscura conclusión. Ya habrá ocasión de volver sobre el tema cuando mi repaso de la saga llegue hasta las Crónicas.

Queda un único volumen para concluir el comentario de Los Compañeros de la Dragonlance: Mithas y Karthay, un libro en el que los compañeros que dan título a la hexalogía se encuentran reunidos al fin y viven una aventura que les lleva hasta las islas de los minotauros en los confines del Mar Sangriento. Caramon, Sturm y Tasslehoff emprenden un viaje por mar en el que desaparecen, haciendo que Raistlin , Flint y Tanis deban acudir al rescate. Como no podía ser de otra forma, Kitiara está implicada en esta historia en la que también hay un dios oscuro y un plan para que los minotauros conquisten todo el continente de Ansalon. Lo comentaremos con detalle en la próxima entrada.