29 de diciembre de 2016

[Anime] Kaiba, de Masaaki Yuasa: animación experimental y destrucción emocional

Si estás interesado en el mundo del anime es muy posible que conozcas a Masaaki Yuasa, una de las figuras recientes más destacadas de la animación experimental japonesa. Yuasa ha realizado tareas de director, artista de storyboards y animador en diversas producciones, a las que ha imprimido cierto estilo particular. Sin embargo, no se puede decir que se haya prodigado demasiado. Normalmente asociado con Studio 4ºC, su nombre empezó a sonar con fuerza en 2004 con el estreno de la película Mindgame. Más adelante se encargó del segmento Happy Machine de la película Genius Party (que comenté en este mismo blog hace ya bastante tiempo) y dirigió series como Kemonozume y The Tatami Galaxy. Sus trabajos más recientes incluyen una colaboración con la serie de animación estadounidense Hora de Aventuras, que dio lugar al fantástico capítulo Cadena alimenticia (séptimo episodio de la sexta temporada), y el extraordinario anime Ping Pong The Animation, adaptación del manga de Taiyo Matsumoto recientemente publicado en España. Pero hoy quiero centrarme en una obra algo menos conocida de Yuasa, al menos en occidente: una serie de doce capítulos producida en 2008 por el estudio Madhouse y titulada simplemente Kaiba.


Todos los trabajos de este animador tienen un estilo visual característico y Kaiba no es una excepción. La serie es minimalista hasta el extremo, pero dinámica y desenfadada. Su animación tiene un marcado componente experimental en el que prima lo expresivo sobre la corrección formal, por lo que aspectos como la proporcionalidad o la perspectiva quedan en segundo plano ante el derroche de color y movimiento. Por su parte, el diseño de personajes roza lo infantil, con un deliberado aspecto inocente y afable que a mí me recuerda con bastante intensidad al estilo de Osamu Tezuka. De hecho, diría que Kaiba es una serie que podría haber producido el propio Tezuka... si Tezuka hubiese sido aficionado a consumir peyote u otras sustancias psicodélicas, claro.

Yuasa, que además de dirigir es también artífice del guión, nos presenta un universo en el que se ha desarrollado una tecnología capaz de almacenar recuerdos, de forma que la mente puede sobrevivir al cuerpo y viceversa. Una persona puede almacenar sus recuerdos en un chip y trasplantarlos a otro cuerpo, continuando su vida con toda tranquilidad. Es más, puede cambiar de cuerpo a voluntad, gracias a una fértil industria de construcción de cuerpos artificiales (aunque de naturaleza orgánica). Pero este poderoso avance, en lugar de utilizarse para prolongar la vida y asegurar la inmortalidad, ha creado una sociedad retorcida en la que se mercadea con cuerpos y recuerdos como si fuesen un producto más. Las diferencias entre clases sociales juegan aquí un papel importante, ya que los ricos y poderosos tienen su acceso garantizado a esta tecnología, por lo que cambian de cuerpo a su capricho y compran los recuerdos que desean. Los recuerdos dolorosos son borrados y sustituidos por otros recuerdos agradables, dando lugar a un modo de vida hedonista en el que el consumo de cuerpos y recuerdos lo es todo. No obstante, esos cuerpos y recuerdos no salen de la nada. Las clases sociales más bajas, incapaces de acceder a los lujos de los ricos, recurren con frecuencia a vender sus cuerpos o sus recuerdos para obtener el dinero necesario para vivir. La desigualdad entre ricos y pobres es descomunal, por lo que mientras los unos cambian de cuerpo como quien cambia de ropa, los otros se ven obligados a vender los cuerpos de sus seres queridos o a renunciar a sus recuerdos más queridos para poder sobrevivir.

El contraste entre el estilo visual tan naíf y la dureza de la temática que presenta la serie es uno de sus puntos fuertes. Kaiba trata sobre la injusticia social y la violencia que acaba generando, pero lo hace con una estética infantil, ingenua y casi onírica. Esto crea bastante desasosiego en el espectador, que percibe ese onirismo como algo que más que proceder de un sueño agradable se deriva de una pesadilla. Toda esa psicodelia tan atractiva dibuja una realidad incómoda, tanto por lo que muestra como por sus similitudes con el mundo real. Desde luego la temática de la serie es apasionante, ya que además de su evidente lectura social abarca también una lectura filosófica que indaga en aquello que define a la naturaleza humana. ¿Qué es lo que hace que un ser humano sea como es? Probablemente los recuerdos sobre sus experiencias pasadas sean muy importantes, ¿no? ¿Qué pasa entonces con esa persona si sus recuerdos son borrados o alterados? ¿Seguirá siendo la misma persona o se convertirá en otra distinta? ¿Y si lo que cambia es su cuerpo? ¿Qué sucede si un hombre pasa a vivir dentro de un cuerpo de mujer? ¿Cambiará su identidad de alguna forma? ¿Comenzará a verse a sí mismo como a una mujer? Estas son algunas de las preguntas que aborda la serie en sus segmentos más interesantes.


Fiel a sus principios, Kaiba comienza in media res, justo en el momento en el que su protagonista pierde la memoria. Esto genera gran confusión en el espectador y hace que el primer capítulo se convierta en una experiencia extraña en el que apenas puede entenderse nada de lo que sucede. Supongo que esto pueda echar para atrás a más de uno, pero en esta ocasión me ha parecido un uso muy acertado del típico recurso del protagonista amnésico. De hecho, el espectador comparte por completo la desorientación del protagonista, que no sabe cómo se llama ni qué está haciendo ahí. Pero a medida que el personaje comienza a descubrir el entorno en el que se encuentra, el espectador también va comprendiendo el escenario en el que se desarrolla la historia, atando cabos y encontrando el sentido que parecía estar ausente al principio. La confusión inicial del primer capítulo, por tanto, da paso con rapidez a la fascinación y al ansia por encontrar respuestas a muchas preguntas, siendo una de las más importantes quién es el protagonista de esta historia.

Pues bien, esta es una cuestión que se ignora casi por completo durante la primera mitad de la serie. Los siete primeros capítulos de Kaiba están centrados en el viaje por el universo de nuestro desmemoriado protagonista, al que meten en una nave durante el primer capítulo por razones que no comprenderemos hasta el tramo final. La primera vez que lo vemos, el protagonista (un muchacho al que llaman simplemente Kaiba) despierta en mitad de una ciudad desconocida y descubre que su cuerpo tiene un agujero en el pecho donde debería estar su corazón (y por extraño que resulte, esto no parece tener ningún efecto sobre su salud), además de un símbolo extraño en el abdomen. Entonces comienza a ser perseguido por unas máquinas cazadoras de recuerdos y un grupo de rebeldes le ayuda a salir del planeta, aunque para ello se ve obligado a cambiar de cuerpo. Por eso durante algunos capítulos permanece encerrado en un curioso cuerpo con forma de hipopótamo que es incapaz de hablar. Más adelante ocupará el cuerpo de una niña a la que conocerá durante su periplo, cuya memoria desaparece tras unas circunstancias dramáticas. No será hasta la segunda mitad de la serie cuando Kaiba retorne a su cuerpo original y se aborde el misterio sobre su identidad. Pero antes de llegar a ese punto, centrémonos en el mencionado viaje, pues quizá sea la parte más emocionalmente impactante de la serie.

En este universo de ficción, los seres humanos son una mercancía más. Los más desfavorecidos renuncian a sí mismos y venden sus cuerpos, pero ese proceso de deshumanización también afecta a las clases privilegiadas. Los ricos son esclavos de la moda y cambian de cuerpo con efusividad cada vez que se presenta un nuevo modelo. Ya nada parece tener un valor real, todo es mutable y susceptible de ser vendido o consumido. No obstante, algunas personas se aferran a sus vínculos emocionales para no dejar escapar la poca humanidad que les queda. El viaje de nuestro protagonista nos permite conocer a algunas de estas personas. Algunas de ellas son víctimas del sistema, mientras que otras son partícipes involuntarias de dicho sistema. Aquí entran en juego temas como la emigración ilegal o el aislamiento al que se ven sometidos los ancianos que ya no se consideran miembros productivos de la sociedad. El drama familiar siempre está presente y resulta más cercano a la realidad de lo que nos gustaría, como en el ejemplo de los nietos que esperan a que su abuela se muera para poder hacerse con sus posesiones de valor. Los pocos que conservan algo de humanidad son pisoteados por sus semejantes o asimilados por el sistema, por lo que la serie transmite un mensaje alto y claro: para sobrevivir hay que ser egoísta y aprovecharse de los demás antes de que ellos se aprovechen de ti. Por otro lado, los miembros de las clases privilegiadas encuentran que su vida repleta de caprichos carece de sentido y buscan sensaciones cada vez más extremas con el único objetivo de satisfacer sus impulsos. El algún momento incluso se insinúa que el hecho de poder cambiar de cuerpo supone vía libre para todo tipo de perversiones sexuales. Es más, la serie incluye alguna escena en la que se muestra el sexo de forma notablemente perturbadora, lo cual está potenciado por esa estética inocente e infantil que mencionaba antes.


En definitiva, la sociedad que nos presenta Yuasa es una sociedad rota en la que todo el mundo es infeliz. Los pocos que conservan una ilusión de felicidad lo hacen a costa de autoengañarse, como el anciano que decide ignorar que su mujer le había sido infiel o la mujer que acaba habitando el cuerpo de un perro para poder estar junto al hombre al que ama y que nunca le había correspondido (irónicamente, siendo un perro recibe muchas más atenciones de las que recibía siendo humana, lo cual es poco menos que escandaloso). Sobre cada capítulo flota una nube negra de pesimismo, cuando no de nihilismo puro y duro: nada tiene valor, nada tiene significado, todo es un gran sinsentido. Sólo las emociones parecen auténticas, pero incluso ellas pueden ser manipuladas cuando los recuerdos son borrados o alterados. Capítulos como Las botas de Chroniko o La habitación de los recuerdos de la anciana son devastadores, alcanzando unos niveles de angustia existencial que no todos los espectadores están dispuestos a tolerar. A mí, como gran aficionado al drama de la vieja escuela, me resultaron fantásticos.

Sin embargo, la serie experimenta un drástico cambio de orientación a partir del capítulo ocho. Si hasta entonces la identidad de Kaiba había permanecido como una incógnita que se abordaba de forma tangencial como mucho, a partir de ese punto se convierte en el eje central del argumento. Aquí es donde empiezan mis problemas con la propuesta de Yuasa, ya que la gran y misteriosa historia de Kaiba no me parece tan interesante como esas pequeñas historias que se van narrando durante su viaje a través del universo. Quizá sea porque es una historia muy grandilocuente, en la que entran en juego taimados conspiradores, terroristas fanáticos y tiranos espaciales, pero la veo demasiado efectista y siento que pierde un poco el rumbo a medida que se acerca a su conclusión. A partir de un momento concreto se vuelve bastante previsible y por eso el autor recurre a algunos giros extravagantes que se perciben como algo artificial (es el caso de la milagrosa resurrección de un personaje que pareció morir capítulos atrás, que nunca llega a explicarse bien). Pese a todo, el misterio sobre la identidad de Kaiba se resuelve de una forma más o menos satisfactoria. Lo más criticable de este aspecto es que, una vez conocida su identidad y concluida su historia, se presenta como algo desconectado de todo lo que se presentó durante la primera mitad de la serie. ¿Qué sucede con el resto del universo una vez que Kaiba descubre quién es? ¿Hará algo por cambiar las cosas o decidirá mantener el sistema? Me hubiese gustado que la serie abordase estas cuestiones, aunque hubiese sido en un breve epílogo tras el clímax del último capítulo.

Quizá la mayor debilidad de la serie es la historia de amor sobre la que recae gran parte del peso de su tramo final. Se trata de un romance interesante y cuenta con algunas escenas muy bonitas, pero se me antoja demasiado plano. Es la misma historia de amor que hemos visto mil veces en mil lugares distintos, con los mismos estereotipos blandos y con el mismo mensaje anodino al final: el amor supera cualquier obstáculo, el amor lo vence todo. La ruptura con el tono establecido en los primeros siete episodios me parece evidente, pues toda esa angustia y ese nihilismo acaban desvaneciéndose "por el poder del amor". Puede que yo sea un cínico incorregible, pero me resulta difícil creer que "el poder del amor" basta para arreglar una sociedad tan deshumanizada como la que presenta Yuasa. Por tanto, no me cuesta nada decir que la segunda mitad de la serie está un poco por debajo de la primera y que me sentí mucho menos implicado emocionalmente en ella.


Pero todo lo anterior no quita que mi valoración final sea muy positiva. Aunque la trama principal del protagonista no lograse atraparme tanto como las historias menores que se presentan al principio, cuenta con algunas ideas muy potentes y está apoyada por el mejor despliegue visual del que son capaces en el estudio Madhouse. La expresividad de los personajes es arrolladora y funciona a la perfección dentro de ese estilo minimalista y dinámico tan encantador. Después de todo, el apartado visual es el más llamativo de esta producción y por sí mismo ya justifica el tiempo de visionado. Lo único que me fastidia es que siendo el personaje de Kaiba el gran misterio de la serie su historia sea la menos interesante de todas, cuando otras historias menores como la de Chroniko o la de la anciana son tan memorables.

Lo que no puedo negar de ninguna manera es que la propuesta de Yuasa es bastante distinta a la gran mayoría de animes que nos llegan desde Japón. En ese sentido, la serie cumplió todas mis expectativas: esperaba algo extraño y excéntrico, alejado del anime más comercial, y eso es precisamente lo que me encontré. Su vertiente experimental no es apropiada para todos los paladares y su estética puede resultar problemática para más de un espectador, pero es justo el tipo de producción que a mí me resulta distintiva y apasionante. Si te consideras una persona a la que le gusta explorar nuevas experiencias con la mente abierta, esta serie te parecerá como mínimo curiosa. En cambio, si lo que buscas es algo más convencional te aviso de que no lo vas a encontrar aquí. Tú decides si merece la pena que le dediques tu tiempo o no.

Por mi parte, si estuviésemos en otro tiempo y lugar, creo que optaría por borrar mis recuerdos de los primeros episodios. Así podría volver a verlos sin saber nada y emocionarme como me emocioné la primera vez. En esos ejemplos trágicos de una sociedad deshumanizada me pareció encontrar una elusiva chispa de verdad, de autenticidad, de significado incluso. Es como si entre las cenizas de lo que somos se pudiese atisbar aquello que podríamos ser; que deberíamos ser si nos lo permitiésemos a nosotros mismos. Pero la sociedad que nosotros hemos construido nos está devorando poco a poco, como una bestia descontrolada que hace tiempo que dejó de atender a las órdenes de su amo. Es ahora cuando más necesario es que nos paremos a buscar esa chispa de humanidad que nos define y que otorga sentido a nuestra existencia... o dará igual lo que suceda con nuestros cuerpos o nuestros recuerdos, porque ya no seremos humanos nunca más.


27 de diciembre de 2016

[Manga] Complex, de Manda Ringo: un ejemplo paradigmático sobre el tratamiento de la homosexualidad dentro del manga para mujeres


Todos tenemos nuestros rincones oscuros de Internet a los que nos gusta acudir en la intimidad, aunque no nos sintamos orgullosos de ello. En mi caso, suelo frecuentar páginas en las que se distribuye yaoi. Éste es un subgénero del manga que narra relaciones homosexuales; normalmente realizado por mujeres y orientado hacia un público femenino. En ocasiones contiene relaciones sexuales explícitas entre dos hombres, aunque no siempre (en esos casos en los que no hay sexo, en lugar de yaoi se prefiere usar el término shōnen-ai o "amor entre chicos"). De hecho, las historias que cuenta el yaoi suelen ser muy emocionales, lo cual lo acerca a otros géneros para lectoras femeninas como el shōjo y el josei. Mientras que el manga dirigido a un público masculino se centra en la acción, es decir, en los eventos que suceden y van configurando la trama, el manga para chicas (shōjo) o para mujeres adultas (josei) pone su foco de atención sobre la vida emocional de los personajes. Como cabe esperar, normalmente se trata de una vida emocional agitada, turbulenta y con cierta tendencia hacia al drama gratuito. Esto se intensifica cuando hay sexo por medio, dando lugar a relaciones retorcidas o incluso enfermizas que nada tienen que ver con las relaciones homosexuales reales. A veces me acerco al yaoi buscando ese componente dramático, que suele ser tan extremo y exagerado que me resulta hilarante. Otras, en cambio, busco yaoi porque quiero ver pornografía homosexual; para qué te voy a engañar.

Uno de los principales atractivos del yaoi es el morbo que genera. En Japón las relaciones homosexuales están muy mal vistas, por lo que se consideran algo prohibido, inmoral y hasta antinatural. Además, el tipo de relaciones que se muestran en este género no es precisamente el más sano, ya que lo más habitual es que uno de los miembros de la pareja adquiera un rol dominante mientras que el otro permanezca sumiso. Esto no se limita al sexo, sino que esa dinámica de dominancia-sumisión se extiende a todos los aspectos de la relación. De esta forma, para uno de los amantes el amor significa posesión, mientras que para el otro implica una subordinación voluntaria hacia el ser amado. No voy a poner en duda lo erótica que puede resultar esta dinámica durante las escenas de sexo, pero creo que todos coincidiremos en que eso no es amor... y, en caso de que lo fuese, no sería un amor sano. Por otro lado, teniendo en cuenta la importancia que se da en Japón a las tradiciones, el linaje y los ancestros, el yaoi supone un desafío al orden social establecido, en el sentido de que las parejas homosexuales no pueden tener hijos para continuar la línea familiar. Mi conocimiento de las tradiciones japonesas es bastante limitado, pero tengo entendido que el hecho de no tener descendencia se considera algo deshonroso no sólo para uno mismo, sino también para sus padres y familiares. Todo lo anterior configura una imagen terrible de la homosexualidad, por lo que no deja de ser sorprendente que se publiquen tantas historias tratando el tema, hasta el punto de configurar un subgénero propio.

Personalmente, el yaoi me fascina tanto como me repele. Soy consciente de que se trata de historias dirigidas hacia un público que nada tiene que ver conmigo, pero aún así sigo acudiendo a esos rincones oscuros de Internet que mencionaba antes con la esperanza de encontrar alguna historia en la que pueda verme representado. Siempre he leído manga de todo tipo, independientemente del tipo de público al que fuese dirigido. Es más, el manga para chicas suele resultarme mucho más atractivo que el manga para chicos. Sin embargo, me cuesta muchísimo conectar con el yaoi. Como hombre homosexual que soy, en teoría debería ser capaz de empatizar con las relaciones que muestran las autoras de este género, pero nada más lejos de la realidad. Su visión de la homosexualidad me parece sesgada e irreal, así que por muy excitantes que me resulten las escenas sexuales, no soy capaz de conectar con las emociones de los personajes. Por tanto, durante todo este tiempo leyendo yaoi me he preguntado qué es lo que fallaba dentro del género sin haber llegado a ninguna conclusión satisfactoria. Y sí, he seguido acudiendo a la red para que me proporcionase traducciones amateur de todos esos mangas oscuros que no suelen publicarse fuera del país nipón. No es una costumbre de la que me sienta orgulloso, especialmente en estos tiempos en los que por fin puedes acercarte a cualquier librería y encontrar ediciones españolas de diversos mangas de temática yaoi (o "boys love", como también suele denominarse), pero como apunté antes no siempre acudo en busca de historias emocionales. En ocasiones lo que me interesa sólo es el porno y por suerte hay gran variedad entre la que elegir. Si bien el yaoi ha sido tradicionalmente un género realizado por mujeres heterosexuales para mujeres heterosexuales, hace años que de él surgió una vertiente llamada bara (bara significa "músculo", lo cual ya lo dice todo) realizada por autores masculinos homosexuales y orientada hacia el público masculino homosexual. El bara es mucho más pornográfico, desde luego, y en él la vida emocional de los personajes no interesa al autor o es tan retorcida y enfermiza que te hace dudar sobre su salud mental.

Pero no nos desviemos y volvamos al yaoi. En base a todo lo anterior, mi postura respecto a este género ya debería haber quedado aclarada: me interesa el yaoi, pero no soy capaz de empatizar con las historias que me muestra. No conecto con esa dinámica de dominación-sumisión más allá del plano meramente sexual, así que por mucho que me gusten el morbo y el drama excesivo no puedo comprender las reacciones emocionales de los personajes. Finalmente, no me veo reflejado en esas historias, pese a que estén protagonizadas por hombres homosexuales como yo. Ahora bien, nunca he dejado de pensar que si seguía leyendo acabaría encontrando una historia dentro del yaoi con la que acabaría empatizando, aunque fuese por pura estadística. Y, efectivamente, al final ha acabado sucediendo, aunque no creía que la historia con la que más empatizaría iba a ser también la que más polémica e indignante me iba a resultar. La encontré hace unos días en uno de esos rincones oscuros de la red y dio lugar a un debate extraordinario entre desconocidos, que aportaron puntos de vista sinceros y constructivos sobre una historia que quizá no los merecía. Fue una situación inesperada y sorprendente, pues nadie espera entrar a una página donde se distribuye pornografía a tener un sesudo debate sobre la realidad de la vida homosexual en Japón, los prejuicios sociales, la visibilización del colectivo LGBT y la homofobia. Mi aportación a aquella situación tan inusual y admirable es este texto, en el que, tras esta larga introducción, quiero hablar sobre el causante de todo ese debate: un manga titulado Complex y firmado por una autora llamada Manda Ringo.


Complex se publicó entre 1996 y 2002 en la revista BExBOY Magazine, antes de ser recopilado en cuatro tomos. He intentado seguirle la pista a la autora, pese a sospechar que Manda Ringo no es su nombre real sino un seudónimo. No ha sido difícil encontrar una lista de su principales obras, la mayoría de ellas tan desconocidas que ni siquiera han sido traducidas por los fans. Manda Ringo ha trabajado como mangaka de forma casi ininterrumpida desde 1996, publicando tanto yaoi como josei. Por mencionar algunos títulos, dentro del yaoi es responsable de Gamen no Kokuhaku, Tengoku no Kado y Love Song, mientras que entre su producción josei encontramos Kimen no Kenkyuu, Irokoiyoku Otome y Be my Babe. Si algo tienen en común todos sus trabajos es que ninguno se aleja demasiado de la temática romántica. La mayoría aborda la vida cotidiana desde el prisma del romance, añadiendo un poco de drama y con un trasfondo humorístico en muchas ocasiones. El sexo suele aparecer en su trabajo, pero por lo visto suele tratarlo de forma ligera y con bastante humor, de la misma forma en que lo hace en Complex, por lo que colocar la etiqueta de pornografía a cualquier de sus mangas sería algo excesivo.

Teniendo esto en cuenta, ya podemos centrarnos en Complex, un manga que parte de una premisa muy sencilla y atractiva: se trata de un recorrido por la vida de dos chicos, Junichi y Tatsuya, desde la infancia hasta la vejez. La historia comienza cuando ambos tienen once años y empiezan a experimentar ciertas emociones que no son capaces de comprender. A partir de ese punto se desarrolla a lo largo de toda su vida, abarcando el final de la niñez, la adolescencia, la vida adulta y la vejez. Como es lógico suponer, pasan muchas cosas durante todo ese tiempo y la pareja afronta situaciones de lo más variopinto. A medida que pasan los años, Junichi y Tatsuya se acercan y se distancian, se pelean y se reconcilian, se aman entre ellos y aman a otras personas, ceden ante los prejuicios ajenos y se enfrentan a ellos... viven sus vidas, en definitiva, con sus inevitables altibajos, sus pequeñas alegrías y sus dramas cotidianos. No obstante, la autora ejerce de demiurgo perverso, acentuando esos dramas hasta convertirlos en tragedias dignas de una telenovela. No tengo nada en contra de ello, pues suelo disfrutar de esos dramas telenovelescos como el que más, pero algo que se puede criticar a esta historia es su marcada tendencia a forzar las situaciones dramáticas a base de casualidades y malentendidos difíciles de creer. Esto le resta bastante verosimilitud a una premisa que, por otro lado, funciona a la perfección: se percibe que hay una evolución en los dos protagonistas con el paso de los años, así como un proceso de maduración personal que les lleva a redescubrirse continuamente como individuos y como pareja.

Pero nada de lo anterior está presente en el primer capítulo, que es un auténtico disparate. Imagino que dicho capítulo se concibió como una historia autoconclusiva originalmente, aunque esa es una pobre justificación para uno de los arranques más desafortunados que me he encontrado en manga alguno. Recordemos que la historia arranca cuando los dos protagonistas cuentan con once años de edad. Sin embargo, la minoría de edad no tiene por qué ser impedimento para mostrar escenas de sexo explícito en el yaoi. Es más, existe todo un subgénero centrado en mostrar relaciones homosexuales con niños menores de edad, el llamado shotacon o simplemente shota (su equivalente heterosexual sería el lolicon o loli). No voy a entrar en el debate acerca de si es lícito o no que se muestren relaciones sexuales entre/con niños menores de edad en las historias de ficción. Baste con decir que no soy partidario de ningún tipo de censura y que no tengo problema con que exista todo tipo de ficción siempre y cuando permanezca dentro del terreno de lo ficticio, por muy incómoda o desagradable que me resulte. Ahora bien, comenzar el recorrido por las vidas de los dos protagonistas de Complex con una serie de escenas que sobrepasan los límites del shota me parece un error garrafal. Podría haberme resultado más o menos aceptable si la iniciación sexual de Junichi y Tatsuya se hubiese presentado como un proceso natural de curiosidad y descubrimiento corporal, pero no es eso lo que muestra la autora. En su lugar, el primer capítulo del manga muestra a uno de los profesores de ambos niños abusando sexualmente de ellos. No sólo la conducta del profesor es repugnante, sino que además la autora la presenta como si fuese algo excitante y se permite el lujo de teñirla de cierto humor macabro. Aquí entran de nuevo en juego las peculiaridades del yaoi, las relaciones de dominación-sumisión y la naturalidad con la que ese tipo de relaciones acaba derivando en violaciones. Se considera algo inherente al propio género y en ocasiones puede ser incluso excitante como fantasía sexual, aunque desde luego en este caso no lo es. Personalmente, encontré indignante lo que narra este primer capítulo, de ahí que lo considere un arranque tan desafortunado para una historia que desde el segundo capítulo en adelante trascurre por unos derroteros bien diferentes. Por tanto, casi prefiero ignorar lo que sucede en su arranque. La autora le da carpetazo a la situación del profesor nada más comenzar el segundo capítulo y más adelante hace que los personajes se refieran al abuso como un evento traumático y perjudicial, tratando de arreglar como puede esa forma tan desafortunada de presentar la situación en un primer momento.


Aún así, tratemos de ignorar este comienzo tan poco acertado en favor de todos los elementos positivos que ofrece el manga más adelante. Puede que a veces Complex se deje llegar por los peores clichés del yaoi, pero también sabe presentar situaciones muy auténticas y verosímiles. Mi gran duda es hasta qué punto esas situaciones se han construido en base a un conocimiento genuino de la vida homosexual y hasta qué punto son fruto de la casualidad, porque tras acabar la lectura me quedé con la impresión de que la autora no tenía muy claros algunos conceptos básicos sobre la homosexualidad. Sin embargo, ese desconocimiento resulta beneficioso para ciertas partes de la historia, en especial durante el segmento en el que los dos protagonistas llegan a la adolescencia y empiezan a sentir atracción sexual. En esos momentos iniciales de autodescubrimiento es relativamente frecuente sentir atracción hacia uno u otro sexo independientemente de la orientación sexual, lo cual se debe a la acción de las traviesas hormonas. De esta forma, un hombre heterosexual puede haber experimentado alguna forma de atracción sexual hacia otro hombre durante la adolescencia, sin que ello signifique que sea homosexual (o que un hombre homosexual se sienta atraído de forma puntual hacia una mujer, sin que eso implique que en realidad sea hetero). Durante esa etapa convulsa, Junichi se siente atraído por el sexo femenino aunque al mismo tiempo también siente atracción hacia su amigo Tatsuya. Así, el personaje se plantea ciertas preguntas que todo adolescente homosexual se ha planteado en alguna ocasión, llegando a explicaciones más o menos retorcidas para justificar su comportamiento sin tener que aceptar que se desvía de la norma social. Dicho en otras palabras: Junichi se llega a plantear que en realidad no le gustan los hombres, sino únicamente Tatsuya, por lo que no puede considerarse homosexual. Para mí esto es una forma de autoengaño muy familiar; una forma de rechazar la realidad de que la atracción que se experimenta hacia un compañero del mismo sexo no es una excepción extraordinaria, sino el primer ejemplo de una tendencia que no hará más que ir aumentando a media que se produce la madurez sexual. En ese sentido, vi reflejada mi propia confusión adolescente en la confusión que experimenta el personaje de Junichi.

Tatsuya, por su parte, experimenta una experiencia algo distinta. Tras haber pasado por un episodio de abuso sexual siendo niño, siente un rechazo casi absoluto hacia cualquier manifestación de la sexualidad y evita a toda costa a las mujeres. La única persona hacia la que experimenta una atracción genuina es Junichi, pero su amigo tiene el ojo puesto sobre el género femenino. Por tanto, Tatsuya acaba considerando que su atracción no es ni puede ser correspondida y, como consecuencia, empieza a experimentar una gran frustración. Llegados a determinado punto, esa frustración acaba manifestándose en rechazo, por lo que Tatsuya comienza a ignorar a su amigo y a distanciarse deliberadamente de él. Una vez más, esta es una situación que me resulta familiar. No fueron pocas las veces que me sentí atraído hacia una persona heterosexual durante mis años de adolescencia (o incluso durante la vida adulta), sabiendo que era imposible que esa atracción fuese correspondida de la forma que yo deseaba. En ese sentido, entiendo la frustración de Tatsuya tanto como entiendo la confusión de Junichi. Los capítulos que transcurren durante la adolescencia de la pareja me parecen apasionantes, precisamente porque transmiten bien la inquietud, el desconocimiento y la inestabilidad propias de una persona que está empezando a dar sus primeros pasos hacia la madurez, tanto sexual como emocional. De ahí mi frustración cuando el desconocimiento de la autora acerca de la experiencia homosexual hace que los capítulos que narran la vida adulta de los protagonistas estén tan sesgados y muestren una imagen tan negativa de la homosexualidad.

Una vez que Junichi y Tatsuya han mantenido relaciones sexuales y se han convertido en pareja, Manda Ringo utiliza siempre el mismo recurso para desestabilizar su relación e introducir drama en la historia: la aparición de un nuevo personaje que hace que uno de los dos personajes dude acerca de su amor hacia el otro. El aspirante a tercer vértice del triángulo amoroso puede ser un atractivo representante del sexo masculino o una adorable fémina, pero su papel en la historia siempre es el mismo. Su única labor es la de convertirse en un obstáculo que el amor entre Junichi y Tatsuya tendrá que superar, ya que después de todo Complex no deja de ser una historia romántica que persigue un final feliz. Durante la etapa adolescente puedo entender que la aparición de una chica pudiese tentar a alguno de los miembros de la pareja, pero una vez que los protagonistas se han convertido en adultos y han tenido una relación homosexual durante años, me resulta del todo imposible creer que puedan llegar a sentir un amor sincero hacia una mujer. Me refiero a un amor romántico, desde luego, ya que para mí (y esto puede ser discutido, faltaría más) la diferencia entre el amor fraternal que se experimenta hacia un amigo o un familiar y el amor romántico que se experimenta hacia una pareja es la presencia de deseo sexual. La expresión física de emociones puede darse en ambos tipos de amor, pero sólo se manifiesta de forma sexual en el amor romántico. El sexo sería entonces la expresión física última del amor, cúspide de una relación en la que no sólo se comparten emociones, sino también el propio cuerpo. Evidentemente, eso no impide que pueda existir el sexo sin amor, aunque eso ya sería otra cuestión. Pues bien, lo que sucede en Complex es que uno de los dos protagonistas, ya convertido en un hombre adulto que ha mantenido una relación homosexual durante años, se enamora de una mujer y experimenta hacia ello lo que la autora considera un hermoso amor romántico. Lo siento, pero esto es algo que sencillamente no puedo aceptar.

Soy consciente de que la sexualidad no está formada por categorías cerradas, sino más bien por un continuo situado entre los extremos de la homosexualidad y la heterosexualidad. Dicho continuo cuenta con infinidad de posturas intermedias, más o menos próximas a los extremos o situadas en el punto intermedio. Sin embargo, no creo que sea posible que esas posturas se modifiquen de forma radical una vez que se han establecido. Esto es, no creo que una persona homosexual pueda volverse heterosexual ni viceversa. Si los personajes de Complex hubiesen sido bisexuales no habría tenido ningún problema en aceptar el giro radical que sufre la historia cuando uno de los dos personajes masculinos se enamora de una mujer y se casa con ella, pero no es el caso. ¿Puede una persona homosexual experimentar amor romántico hacia una mujer? Teniendo en cuenta que para mí el deseo sexual es un componente del amor romántico, mi respuesta es no. Hay muchas razones por las cuales un hombre homosexual puede acabar estableciendo una relación con una mujer, pero el amor sincero no me parece una de ellas. Especialmente en Japón, donde es tan importante continuar con el legado familiar y honrar a los ancestros, puedo entender la tremenda presión social para contraer matrimonio, formar una familia y tener descendencia. No son pocas las veces que aparece este elemento de presión social en el manga de Manda Ringo y podría haber sido utilizado con muchísima más astucia. Si el objetivo era introducir un recurso dramático, el matrimonio de uno de los protagonistas podría haberse producido para contentar a los familiares o para guardar las apariencias y ocultar la relación homosexual. Pero no, la autora se empeña en justificar el matrimonio aludiendo al amor sincero. Es más, sospecho que para ella ese amor es tan puro y casto que el niño que acaba naciendo como fruto de la unión tuvo que ser concebido por arte de magia. Para más inri, la madre de la criatura se presenta en un primer momento como lesbiana, pero también por arte de magia acaba convirtiéndose en la perfecta e idílica ama de casa heterosexual tal y como mandan los cánones japoneses.


No olvidemos que la cultura japonesa es tremendamente machista, al igual que la nuestra. Quizá esas relaciones entre una figura dominante y una figura sumisa resulten extremas en el yaoi, pero no se diferencian demasiado de las relaciones heterosexuales en cualquier ficción procedente del país nipón. Tengo la impresión de que en Japón amor y sumisión son lo mismo, en el sentido de que amar a otra persona implica subordinarse voluntariamente a ella y sacrificarse para hacer que su vida sea feliz. Por eso la figura de la abnegada ama de casa que se pasa el día cocinando para recibir a su marido con la cena servida en la mesa y una sonrisa en la cara está tan presente en la cultura japonesa. La mayor manifestación de amor es servir al ser amado, hasta el punto de anularse a uno mismo en favor de dicho ser amado. Pues bien, esto no me parece amor, sino llana y simple servidumbre. También en occidente se considera que el sacrificio personal es la forma más elevada de amor, pero al menos la cultura occidental ha avanzado un poco en el terreno de los derechos de la mujer... o eso quiero pensar. Complex se vuelve descaradamente machista cuando cuando empieza a tocar estos temas, con ese personaje femenino que se sacrifica a sí mismo en favor de la felicidad de otra persona. Dicho personaje acaba entregándole un hijo a su amado y luego la autora se lo quita de encima de la forma más dramática y efectista posible, lo cual transmite el mensaje de que la mujer es poco más que una máquina de producir hijos y que, una vez cumplido ese objetivo, ya no aporta gran cosa. No hay nada más machista que una mujer ofreciendo semejante imagen de su género, pero Manda Ringo no tiene la culpa de haber crecido en una sociedad machista ni de haber asimilado esas ideas tan terribles. Nosotros tampoco tenemos la culpa de vivir en una sociedad machista y de haber asimilado muchos de sus principios, muy a nuestro pesar.

No hace mucho leía un artículo muy interesante sobre la concepción social de la homosexualidad en Japón. Por un lado, la homosexualidad masculina se considera algo reprobable y antinatural. Por otro, la homosexualidad femenina se tolera hasta cierto punto porque se considera algo pasajero y carente de importancia. No sé cuál de los dos percepciones me parece más peligrosa. Al parecer, se considera bastante normal que las jovencitas japonesas experimenten una cariño más intenso de lo habitual hacia sus compañeras de colegio o de instituto, pero eso no se acepta como una forma válida de amor. Se considera que es producto de la inexperiencia o de la inmadurez y se cree que es algo pasajero, que se desvanecerá con el tiempo. En especial, se cree que el matrimonio y la maternidad ponen un final definitivo a ese tipo de emociones tan socialmente inapropiadas. De ahí que Complex nos presente a una supuesta lesbiana que, tras el debido matrimonio y tras haber dado a luz a un niño, haya completado su trasformación en la perfecta mujer heterosexual que la sociedad esperaba que fuese. Una vez más, no quiero echar la culpa a la autora por transmitir estas ideas tan erróneas e indignantes, pero me queda claro que la pobre no tiene ni idea de lo que significa ser homosexual pese a ganarse la vida narrando historias de romance homosexual. Lo de este personaje es un despropósito, pero lo de su marido no se queda corto: un homosexual convencido que, gracias a las maravillas del matrimonio y de la paternidad, se transforma en un hombre heterosexual hecho y derecho. Si la historia hubiese acabado en este punto habría estado dispuesto a viajar a Japón con la intención de prender fuego a la editorial que publicó semejante despropósito, pero por suerte la cosa no acaba ahí.

La historia de amor entre Junichi y Tatsuya continúa adelante cuando el matrimonio ha terminado, iniciándose entonces un lento proceso de acercamiento y reconstrucción de la relación que antes mantenían en la que el niño producto de dicho matrimonio juega un importante papel. En cierto sentido, ambos protagonistas forman una nueva familia junto al niño, llamado Kenta. Esto me parecería mucho más bonito si ellos mismos hubiesen adoptado al niño en lugar de haber pasado por un matrimonio imposible de creer (y que la autora defiende en todo momento como producto del amor), pero no seguiré metiendo el dedo en la yaga. Lo interesante es que, pese a todos los obstáculos con los que han tenido que lidiar, Junichi y Tatsuya acaban retomando su relación, reforzándola y continuando su madurez juntos, adentrándose en la vejez como la pareja que siempre fueron. No puedo ocultar lo emocionante que me resultó llegar a este punto en la lectura, pues aquí es donde este manga juega sus mejores cartas. Ambos protagonistas se habían hecho daño el uno al otro, pero se perdonan. Ambos habían tomado caminos separados durante una etapa de sus vidas, pero deciden volver a caminar juntos y compartir su futuro. Y lo que es más importante: ambos habían ocultado su amor durante años, pero desde que retoman su vida juntos empiezan a ser mucho más abiertos y a mostrarse tal y como son, sin miedo a lo que los demás puedan decir sobre ellos. En determinado punto, los dos protagonistas viajan a unos baños termales y pasean de la mano y se abrazan ante las miradas sorprendidas e indignadas del resto de huéspedes. A esas alturas de su vida, han dejado de sentir la necesidad de esconderse y los prejuicios de la sociedad les resbalan. Por sí misma, esa escena justifica todo lo sucedido hasta ese momento, porque tras tanto drama y tanto sufrimiento se han ganado de sobra la felicidad.


Aún queda otro elemento que me ha resultado polémico en este manga, en el que cada aspecto que me parecía acertado venía siempre acompañado de otro que me resultaba indignante. En este caso, durante el tramo final de la historia, Junichi y Tatsuya empiezan a quedar en segundo plano mientras disfrutan de sus merecidos años dorados, desplazándose el protagonismo hacia el joven Kenta y su amigo Manabu. Estos dos niños recrean hasta cierto punto la situación presentada durante los primeros capítulos de Complex, con dos personajes que están llegando a la adolescencia y que empiezan a sentir unas emociones intensas que no acaban de comprender. Incluso estéticamente recuerdan a Junichi y Tatsuya cuando eran jóvenes, como si la historia fuese circular y estuviese comenzando un nuevo ciclo. Por desgracia, el desconocimiento y la visión prejuiciosa de la autora vuelven a darle un giro enervante a la historia. En ese momento, Junichi y Tatsuya empiezan a preocuparse de que Kenta siga sus pasos y "se vuelva" homosexual. Cualquiera diría que siendo una pareja homosexual que se ha encontrado en no pocas ocasiones con el rechazo de la sociedad, ellos serían los primeros en aceptar y apoyar a Kenta, fuese cual fuese su orientación sexual. Puedo entender que sienta temor ante la idea de que Kenta pase por las mismas situaciones dolorosas por las que pasaron ellos, pero me parece irreal que se preocupen por el hecho de que "se vuelva" homosexual y mantenga una relación con otro hombre que le impida casarse y tener hijos como indican las expectativas sociales. Una vez más, tras la ficción que dibuja la autora se intuye una realidad muy poco halagüeña para las personas homosexuales.

En cualquier caso, la autora muestra a Manabu como alguien abiertamente homosexual, mientras que juega con la posibilidad de que Kenta "se vuelva" homosexual y corresponda a su amigo. Puede que muchos aspectos de este manga me hayan resultado polémicos, pero ninguno tanto como éste. No es posible "volverse" homosexual. Punto. Como decía antes, puedo entender cierta confusión durante la adolescencia, cuando el cóctel hormonal y la inmadurez emocional juegan en nuestra contra. Sin embargo, esta confusión encuentra su límite en la exploración y el autodescubrimiento. La llegada de las primeras experiencias sexuales y la incipiente madurez emocional acaban haciendo que cada uno acepte una orientación sexual que le viene dada desde el momento de su nacimiento. No voy a disertar ahora acerca de las causas de la homosexualidad, pero estoy convencido de que la presencia de factores genéticos, prenatales y perinatales juega un papel importante. Por tanto, la orientación sexual de cada uno está decidida desde el momento del nacimiento, aunque no se manifieste hasta que comienza la adolescencia y llega la madurez sexual. Por este motivo un hombre heterosexual no puede "volverse" homosexual. Tampoco un hombre homosexual puede "volverse" hetero... e insinuar lo contrario es incluso peligroso, pues no han sido pocas las supuestas curas de la homosexualidad que han acabado generando gran sufrimiento. La homosexualidad no tiene cura porque no necesita cura, ya que no es más que una condición humana tan natural como cualquier otra. De esta forma, cuando Manda Ringo plantea la posibilidad de que el personaje de Kenta pueda "volverse" homosexual está poniendo en evidencia su desconocimiento de la realidad homosexual. Las implicaciones de semejante idea pueden ser incluso dañinas, porque si un hetero puede volverse homosexual, entonces el proceso inverso podría también ser posible. Así es como se acaba llegando a la idea de que es preferible no relacionarse con personas homosexuales, ya que lo suyo podía ser "contagioso". O peor aún: a la idea de que unas cuantas descargas eléctricas en los genitales pueden "curar" la homosexualidad, devolviendo al redil a los descarriados.

La relación entre Kenta y Manabu puede ser un hueso duro de roer durante la lectura de este manga, especialmente porque resulta inverosímil que Junichi y Tatsuya, que ya pasaron por ese punto años atrás, sean incapaces de ofrecerles un consejo coherente. Sin embargo, la resolución de este nuevo drama no me resultó del todo insatisfactoria. Pasan lo años y los dos niños van creciendo, se convierten en adolescentes y finalmente en adultos. Así, la relación entre ellos, que al principio parece una réplica de la que mantuvieron Junichi y Tatsuya, empieza a discurrir de forma distinta y lo que parecía un romance acaba quedándose en simple amistad. Eso no quiere decir que uno de los implicados no estuviese enamorado, pero puesto que el otro no puede corresponderle es él quien decide poner fin a una relación que ya no les deja avanzar. Esto es, en mi opinión, lo que acaba salvando esta trama: el hecho de que un personaje homosexual acabe aceptando que su amor nunca será correspondido y poniendo fin a una relación que sabe que nunca satisfará a ninguna de las partes. Para su sorpresa (y la mía propia como lector), esta decisión es comprendida y aceptada, pero sin que ello impida seguir manteniendo una relación de amistad cordial y cercana. Para mí esta resolución es un objetivo ideal, pues cuando me he encontrado en situaciones similares nunca he conseguido mantener la amistad, sino que he preferido enterrar toda la relación y no volver a acercarme a la persona implicada. Contemplar la alternativa es algo positivo, aunque el camino que conduce hasta ella me haya resultado difícil de tragar.

Creo que la autora está convencida de que la amistad y el amor son dos posibilidades igualmente probables en toda relación y que, independientemente del género de los miembros de la pareja, unas relaciones se decantan hacia el lado de la amistad y otras hacia el del amor. En Complex, Kenta y Manabu acaban siendo amigos mientras que Junichi y Tatsuya se convierten en amantes. A mí esta concepción de las relaciones humanas, por muy bonita que sea, me resulta demasiado simple e inmadura. Creo que ignora el componente sexual, así como el hecho de que la orientación sexual no es algo que pueda elegirse de forma voluntaria. Sin embargo, tengo claro que esta visión no es exclusiva de Manda Ringo. El propio género del yaoi ha coqueteado con esta manera de representar las relaciones humanas desde siempre, de ahí que los romances entre chicos de instituto sean su recurso más popular. Lejos está de mi intención acusar a la autora o al género que ha cultivado, pero me parece relevante sacar a relucir su estrechez de miras. Al igual que yo mismo, muchos hombres homosexuales acudirán al yaoi buscando leer historias en las que sentirse representados y lo que se van a encontrar dista bastante de una imagen positiva y realista de la homosexualidad. Muchas de estas ficciones cargan con ideas erróneas, producto del desconocimiento o de los prejuicios; ideas que pueden resultar dañinas. Japón puede ser un país homófobo y machista, pero en occidente tampoco nos libramos de la homofobia y el machismo. Debemos estar alerta para detectar cuándo esa homofobia y ese machismo que están instaurados en nuestra sociedad se filtran hasta nuestros productos culturales. Por eso es importante que mantengamos un pensamiento crítico que nos permita analizar el tipo de cultura que consumimos.


Probablemente esta reflexión haya querido ir demasiado lejos. Después de todo, Complex no es más que un manga semidesconocido que conjuga unos cuantos aciertos con un buen montón de elementos cuestionables y polémicos. Su intención es la de entretener a su público, no la de reflejar o reivindicar una determinada realidad social. No creo que Manda Ringo pensase que alguien fuese a realizar un análisis temático tan concienzudo de esta historia, ya que en última instancia no es más que una obra más dentro de su carrera y puede que incluso una obra menor. Sin embargo, yo no creo que existan las obras menores porque no creo que existan distintos niveles dentro de la cultura. No creo que haya que diferenciar entre la alta y la baja cultura, por lo que cualquier producto perteneciente a la cultura popular tiene potencial para ser analizado como se analiza cualquier clásico de la literatura o del cine. La cultura popular es cultura y hasta un género tan denostado como el yaoi debe ser considerado cultura. En mi caso, la lectura de Complex no sólo me ha resultado entretenida, sino también enriquecedora: me ha hecho reflexionar y debatir acerca de las ideas que transmite y de la realidad que hay tras dichas ideas, lo cual es siempre beneficioso y conlleva un aprendizaje valioso.

No debería extrañarte, por tanto, que al llegar al final del último tomo sintiese una fuerte implicación emocional hacia los personajes. Había pensado tanto sobre ellos, sobre sus aventuras y desventuras, sobre sus amores y desamores, que me habían aportado mucho a nivel personal. Teniendo en cuenta que había visto crecer y madurar a Junichi y a Tatsuya a lo largo de los años, era evidente que la historia sólo podía acabar de una forma. Para ser concretos, de la forma en la que acaban todas las historias si las alargas lo suficiente en el tiempo. El último capítulo del manga es emotivo hasta cotas asombrosas y se percibe el sentimiento que vertió la autora sobre él tras varios años trabajando con esos personajes. Complex me despertó una fuerte respuesta emocional en varias ocasiones y no siempre fue una respuesta emocional positiva, ya que más de una vez acabé un capítulo enfadado y escandalizado. En cambio, el último capítulo me transmitió una enorme sensación de paz; una certeza ineludible de que el viaje había valido la pena y de que todo había terminado de la mejor forma posible para esa pareja de cuya vida había sido testigo.

Pero no nos engañemos: hay que hacer un esfuerzo voluntario para encontrar la trascendencia en este manga. Se trata de un producto sin pretensiones, insisto, con el único objetivo de entretener. Un vistazo superficial pondrá en evidencia sus dramas gratuitos y telenovelescos, su concepción no siempre acertada de la homosexualidad y la simplicidad de sus personajes, que nunca se alejan demasiado de los estereotipos habituales en el yaoi. Sin embargo, es posible encontrar ese mensaje trascendente entre sus páginas si lo buscas. No es necesario ser homosexual ni un consumado lector de yaoi para hallar dicho mensaje, sino que basta con leer con la mente abierta y reflexionar con un cierto espíritu crítico, siempre tratando de ser constructivo en lugar de destructivo. El envoltorio sin duda contribuye a hacerlo, ya que Manda Ringo tiene un estilo amable muy en la línea del tipo de manga que se hizo popular durante la década de los 90 (baste mencionar las obras de CLAMP, Rumiko Takahashi o Masakazu Katsura). El humor ligero prima sobre el drama, estando siempre presente el componente de slice of life, de la vida cotidiana de los personajes. Por tanto, la lectura de este manga siempre es fácil, accesible y agradable. El estilo gráfico y los recursos visuales tan propios del manga para chicas tienen sus detractores, pero a mí me resultan atractivos. Además, la autora experimenta una notable evolución que se evidencia en el nivel de detalle de las páginas. En definitiva, que es un manga que invita a ser leído y cuya lectura es fácil de disfrutar. A partir de ese punto queda en manos del lector el hecho de digerir la lectura y reflexionar sobre ella para alcanzar sus propias conclusiones, si lo desea.

Aunque el párrafo anterior pueda indicar los contrario, no pienso acabar este texto recomendando la lectura de Complex. No me sentiría cómodo recomendando un manga que me ha resultado problemático a tantos niveles, pese a que no niego haberlo disfrutado y haberme emocionado mientras lo leía. He intentado comentar los aspectos que me han parecido más problemáticos, por supuesto, pero aún así me han quedado otros en el tintero. No he hablado, por ejemplo, de la forma en la que la autora utiliza situaciones que me parecen vergonzosamente homófobas como gags cómicos, aunque podría haberlo hecho. Y las escenas de sexo... bueno, digamos que están lejos de plasmar la realidad del sexo gay. Lo que quiero decir con todo esto que no sabría juzgar si Complex es un buen manga o de un mal manga y, de hecho, el objetivo de este artículo nunca ha sido reflexionar sobre su calidad sino sobre su contenido. Necesitaba poner por escrito algunas de las cavilaciones que me han pasado por la cabeza estos días desde que me encontré con esta obra de Manda Ringo en un rincón oscuro de la red. En aquel soporte tan inusual se produjo un debate sorprendente y esperanzador entre un grupo de desconocidos que se puso a analizar una historia que bien podría haber pasado desapercibida en cualquier otro lugar. Esta es mi aportación a aquel acontecimiento tan extraño, así como una buena muestra del impacto que ha tenido sobre mí la lectura de esta obra. La he disfrutado, me he implicado emocionalmente en ella, me he indignado con ella, me he escandalizado con ella, he dedicado horas y horas a reflexionar sobre ella y, como consecuencia, creo que ahora tengo una perspectiva mucho más rica y compleja que antes. En conclusión, Complex ha supuesto una experiencia enriquecedora para mí. Menuda hazaña para una obra tan desconocida y fácil de menospreciar. Menudo triunfo para un producto de la subcultura y un exponente de un género que tiene más presencia en las páginas de pornografía que en las librerías. Debería darle las gracias a Manda Ringo: quizá no de la forma que ella esperaba, pero su trabajo ha acabado cambiando una vida. Habrá otras historias mejores o peores, otras historias más o menos cercanas a la realidad, pero esta historia en concreto no la voy a olvidar.


20 de diciembre de 2016

[Series] Marte: la inesperada ficción documental de National Geographic Channel


National Geographic fue propiedad de una entidad sin ánimo de lucro durante más de cien años, hasta que en 2015 la compró el magnate Rupert Murdoch y pasó a formar parte del conglomerado de empresas 21th Century Fox. Muchos dieron la voz de alarma en ese momento, anunciando que la National Geopraphic que conocíamos había muerto. Desde entonces no puedo negar que me he sentido inquieto sobre este tema. National Geographic Channel y Nat Geo Wild son dos de mis canales favoritos, por lo que he estado atento a cualquier cambio notable en ellos. En el peor de los casos, esperaba que entrasen en un declive similar al que experimentó el Canal Historia, que gracias a sus documentales sobre conspiraciones alienígenas ha perdido su prestigio y se ha convertido poco menos que en una broma recurrente en la red. No obstante, si bien es cierto que estos últimos meses he empezado a ver ciertos programas en National Geographic Channel cuya orientación me parece discutible (quizá algún día deberíamos hablar sobre los documentales que produce y presenta ese magufo encubierto que es el actor Morgan Freeman), las cosas no parecen haber cambiado demasiado. Quizá el cambio más notable ha sido que este año la cadena se ha atrevido a emitir una ficción documental que tiene más de ficción que de documental propiamente dicho.

Marte es una serie de seis capítulos basada en el libro How We'll Live of Mars de Stephen Petranek (creo que no está disponible en castellano, aunque al parecer es la versión impresa de una Charla TED que puede encontrarse con facilidad en Internet) y se sitúa en el año 2033, narrando las andanzas de la primera tripulación humana enviada a Marte. Al tratarse de una docuserie o ficción documental, la historia de dicha tripulación es una mera invención basada en la medida de lo posible en los avances realizados hasta el momento. Las cuestiones con las que se enfrentan los personajes de 2033, como el tipo de nave necesaria para llegar hasta Marte o la mejor ubicación para establecer un campamento base, nos hacen volver a 2016 para revisar el estado actual de los avances tecnológicos y científicos. Ahí es donde entra la parte documental, que cuenta con invitados tan célebres como el astrofísico (e ídolo personal) Neil deGrasse Tyson o el astronauta Scott Kelly.

Mentiría si dijese que la parte ficticia y la parte documental están equilibradas, ya que la serie se centra mucho más en la historia que transcurre en 2033. Es más, aunque parte de esa historia está pensada para explorar cuestiones científicas, otra no obedece más que a motivos estilísticos o dramáticos. Puede que el establecimiento de un ficticio asentamiento humano en otro planeta sirva como excusa para hablar sobre astronáutica real, pero las historias de amistad o incluso romance que se dan entre esos personajes inventados son puro entretenimiento. Esto es lo que más me ha dividido mientras veía Marte: por un lado el contenido científico me parecía algo escaso, pero por otro estaba disfrutando con lo que me contaban esos personajes. Analizándolo con algo de perspectiva, diría que el ávido consumir de documentales que soy esperaba algo más cercano al documental científico al que estoy acostumbrado, pero eso no fue impedimento para que me dejase llevar por el futuro ilusorio que presentaba. Si lo que buscas es un producto divulgativo al cien por cien, Marte no va a satisfacer tus expectativas. Sin embargo, si buscas una serie de ciencia ficción con unas bases científicas más o menos verosímiles esta serie te dejará satisfecho. De hecho, aunque no suelas ver documentales es muy posible que Marte te resulte sugerente.


Otro aspecto que me ha dejado una sensación extraña mientras veía esta docuserie tiene que ver con su enfoque. Ese futuro que propone cuenta con una asociación formada por distintas naciones con el objetivo de alcanzar el planeta rojo y la tripulación que se envía allí es un grupo multirracial y multinacional. Sin embargo, la vertiente documental parece decantarse más hacia las instituciones privadas que hacia las entidades públicas de cara a depositar sobre sus hombros el progreso de la carrera espacial. No me cabe duda de que en tiempos recientes las empresas privadas han llevado a cabo importantes avances en la industria aeroespacial, pero presentarlas como si fuesen la mejor opción para seguir progresando en el futuro no me parece el enfoque más adecuado. Me genera gran incomodidad pensar que una vertiente tan importante del desarrollo humano está siendo financiada por intereses privados. La ciencia y la tecnología deberían pertenecer a todos y la mejor forma de asegurarlo es haciendo que sus principales desarrollos estén siempre amparados por dinero público. Soy consciente de que esta es una postura idealista, pero no creo que el capitalismo y la ciencia hagan una buena combinación. La ciencia sirve a los intereses de todos, mientras que el capitalismo sólo sirve al interés de unos pocos privilegiados. Deberíamos plantearnos si queremos que el progreso tecnológico derivado de la exploración espacial nos beneficie a todos o si preferimos dejarlo en manos de unas pocas empresas.

Algo que no me ha gustado de Marte es que presenta a esas empresas privadas como SpaceX como si fuesen la panacea. SpaceX en concreto se retrata como una suerte de cuna de futuros genios, pioneros y exploradores amparada por ese benevolente mecenas que es Elon Musk (co-fundador de PayPal y de otras empresas como Tesla Motors o SolarCity). Seguro que habrá gente con muy buenas intenciones trabajando allí, pero la serie ofrece una visión tan azucarada de esta empresa aeroespacial que a ratos casi parece una vídeo promocional o un infomercial de SpaceX. Eso por no hablar de que el propio Musk se presenta como un soñador altruista. Pues bien, permíteme que dude de la bondad y el altruismo de todo empresario multimillonario. Uno no se enriquece a base de bondad y altruismo, así que si de verdad el futuro está en manos de gente así quizá deberíamos echarnos a temblar.

Quitando los segmentos promocionales de SpaceX, el resto de aportaciones de la vertiente documental de Marte me parecen bastante interesantes: un repaso a la historia de los pioneros de la exploración, una vistazo a la vida en una estación científica permanente en la Antártida, un breve resumen del año pasado por el astronauta Scott Kelly en la Estación Espacial Internacional... La serie llega a presentar materiales históricos sorprendentes, como unas entrevistas a Wernher von Braun (ingeniero alemán inventor de los cohetes V2 que se pasó al bando americano tras la Segunda Guerra Mundial) en las que habla de llegar a Marte antes incluso de que la primera misión llegase a la Luna.


Pero volviendo a la parte ficticia, sin duda el principal atractivo de Marte es la historia ambientada en 2033. Dicha historia, pese a ser obviamente inventada, me ha transmitido la impresión de tener los pies sobre la tierra. Los personajes a los que vemos viajar a nuestro vecino planetario no son superhombres ni supermujeres, sino personas normales y corrientes. Se incide mucho en la vertiente humana, mencionando con frecuencia los años de preparación que han necesitado para afrontar el viaje o la gente que han dejado atrás. Otro aspecto sobre el que se hace especial hincapié es el sacrificio que están dispuestos a realizar, pues nada garantiza que la misión vaya a ser un éxito y que todos puedan volver a casa. Algunos de ellos no logran volver, de hecho, pero no diré más para no estropear ninguna sorpresa. Estando en el planeta rojo estos astronautas se deprimen, se enamoran y echan de menos a su familia, como lo haría cualquier persona real. En ese sentido, se trata de una ficción bastante bien construida.

Me gusta mucho ese aspecto idealista a lo Star Trek de que se trate de una misión diversa, con astronautas de distintas nacionalidades y etnias, lo cual se ve reflejado en el reparto de actores.  Es más, el rol principal de la serie recae sobre una mujer asiática a la que interpreta la cantante, compositora y artista visual surcoreana JiHAE (de hecho, esta mujer interpreta dos papeles en la serie, el de uno de los astronautas y el de su hermana gemela que permanece en la Tierra). El atractivo físico no es la única baza de esta actriz, que consigue transmitir las complejidades de un personaje que debe permanecer autocontrolado incluso ante las situaciones más alarmantes. Bajo ese aspecto calmado se intuye un turbulento océano emocional que la serie pocas veces nos deja atisbar, pero cuando lo hace logra embelesar al espectador.

Otras producciones de este tipo tratan de mostrar siempre la mejor cara posible de los personajes, a los que suelen presentar como héroes abnegados o exploradores intrépidos. En este caso puede que alguno de ellos obedezca a ese estereotipo, pero los demás son seres emocionales y falibles. De nuevo me ahorraré los detalles para no arruinar sorpresas, pero uno de los temas que se abordan tiene que ver con la dureza psicológica necesaria para vivir en una burbuja sobre un mundo desconocido a millones de kilómetros de la Tierra. Especulando sobre lo que podría suceder en la vida real (y que de hecho ha sucedido en no pocas ocasiones en el pasado), no todos los personajes poseen dicha dureza psicológica. Algunos llegan a quebrarse durante su estancia en el planeta rojo, convirtiéndose en un riesgo tanto para sus compañeros como para la misión. Este es otro gran acierto: a veces los mayores riesgos no provienen de un fallo tecnológico sino de un problema humano.

La parte del argumento que transcurre en la Tierra también tiene su interés, con un mecenas que ha invertido casi toda su fortuna para financiar la misión que no deja de presionar para que se consigan resultados aunque eso ponga en peligro a los astronautas. Este personaje, que bien podría ser un reflejo ficticio de Elon Musk, combina el idealismo que normalmente se asocia a la exploración con una vertiente más oscura: la del hombre capitalista que sabe que las inversiones más arriesgadas también pueden ser las más beneficiosas. De nuevo tengo la impresión de que la serie es demasiado amable con este tipo de figuras, pero al menos su presencia sirve para que el espectador se plantee unas cuantas preguntas incómodas.


Lo único que cuestionaría del argumento es la falta de sutileza de su conclusión, que se atreve a abordar de forma muy directa uno de los grandes interrogantes que se plantea la ciencia sobre Marte. Afortunadamente, la serie no proporciona detalles. Si lo hubiese hecho habría abandonado el campo de la especulación científica para entrar de lleno en el de la fantasía. Creo que hubiese preferido que hubiese dejado el misterio sin resolver para que un día seamos nosotros los que encontremos la respuesta en la vida real. Pese a todo, creo que no podrían haberle dado un final más adecuado.

En cuanto a los apartados más técnicos, el derroche ha sido considerable teniendo en cuenta que se ha emitido en National Geographic Channel. La serie es bastante atractiva en lo visual y la recreación de Marte es muy convincente. No llega al nivel de una producción cinematográfica, pero tampoco lo necesita. El aspecto en el que más destaca es el sonoro, donde la banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis (responsables también de la banda sonora de la película La Carretera) acapara gran parte del protagonismo. No sólo el tema principal es memorable, sino que las melodías ambientales dibujan un paraje sonoro apropiado para la desolada superficie marciana. La música que acompaña a la serie resulta sugerente e inspiradora, potenciando lo que muestran las imágenes y emocionando cuando tiene que hacerlo. Si te gusta la música atmosférica, esta banda sonora te va a encantar. En cuanto al doblaje al castellano, parece que han tirado la casa por la ventana para contar con la voz del veterano Ramón Langa (doblador habitual de Bruce Willis) en uno de los roles más importantes. Sin embargo, en el proceso de doblaje se han perdido todos esos acentos que se pueden observar en la versión original y que ayudan a ofrecer esta imagen multicultural de la tripulación que tan importante me parece.

Dicho todo esto, sigo sin poder quitarme de la cabeza que National Geographic Channel no era el mejor sitio para una producción como esta. Si se hubiese emitido en cualquier otro medio, sus bondades habrían permanecido intactas y su enfoque me habría parecido menos polémico. Pero claro, uno tiene ciertas expectativas sobre lo que debe emitirse en sitios como National Geographic Channel o BBC Earth, tan fuertemente asociados con la divulgación científica intachable. Quizá es cierto que National Geographic está empezando a cambiar y Marte sólo es la primera manifestación de este cambio. En cualquier caso, con sus virtudes y sus defectos, esta inspirada ficción documental merece que les des una oportunidad.


19 de diciembre de 2016

[Documentales] Planeta Tierra II: las historias que más importan


Como aficionado a los documentales sobre naturaleza, recibí el anuncio de Planeta Tierra II como si fuese poco menos que la segunda venida de Cristo... y no era para menos. La primera entrega de Planeta Tierra, serie documental de la BBC estrenada hace ya diez años, sigue siendo a día de hoy uno de los grandes referentes dentro de la divulgación acerca del mundo natural. Tal y como esperaba, su continuación ha vuelto a elevar el listón, marcando un nuevo hito con el que tendrán que medirse los documentales del futuro. Planeta Tierra II cuenta con algunas de las imágenes más asombrosas, espectaculares y emocionantes que he tenido el placer de ver durante este 2016 que toca a su fin. De hecho, me aventuraría a decir que ha sido el mejor producto audiovisual que nos ha ofrecido este año.

Quizá esto suene exagerado, pero no necesito ser un experto en fotografía o cinematografía para reconocer que las imágenes que consiguieron capturar los equipos de la BBC durante el rodaje de esta serie documental están a años luz de cualquier otra cosa que haya podido disfrutar en cine o televisión. A lo largo del año he podido ver muchas películas y series de ficción que alardeaban de su espectacular acabado visual o de su carga dramática, pero ninguna de ellas puede competir con la espectacularidad de la propia naturaleza y con el drama desatado de la vida salvaje. La lucha por la supervivencia lleva produciéndose desde que el mundo es mundo y cualquiera debería sentirse humilde ante la magnitud de los logros que ha conseguido la vida en nuestro mundo. Ante ellos cualquier historia de ficción que nos podamos imaginar palidece y resulta carente de significado, pues no son más que mero entretenimiento. La vida en cambio es real y nunca deberíamos insensibilizarnos ante las historias que nos cuenta; historias producto del azar, sustentadas en millones de años de evolución y en las que todo es materia de vida o muerte; historias, en definitiva, tan reales y auténticas como el mundo en el que vivimos. Esta autenticidad desgarradora es la principal baza de Planeta Tierra II, que nos convierte en observadores privilegiados y nos regala imágenes conmovedoras y bellísimas con la esperanza de que sintamos esa chispa de humildad que nuestras vidas acomodadas en el interior de nuestras ciudades nos hace olvidar con tanta frecuencia.

Algo que me alegra decir acerca de Planeta Tierra II es que deja que su mensaje hable por sí mismo sin necesidad de insistir demasiado. Los responsables de la serie son conscientes de la potencia de las imágenes que tienen entre manos, así que no las manipulan demasiado. El espectador aficionado a los documentales podrá identificar los típicos trucos de montaje para generar ilusión de continuidad entre tomas que quizá se han registrado con días de diferencia, pero más allá de eso la serie deja que las imágenes hablen por sí mismas. De hecho, la voz del narrador se escucha lo mínimo posible para no restar protagonismo a las imágenes. Su labor sólo consiste en ofrecer la información necesaria para contextualizar cada escena e ir conectándola con el tema de cada capítulo. Como mucho, la voz remarcar las ideas que las escenas ya han expresado con total claridad en formato visual. Mostrar directamente en lugar de explicar no sólo me parece más efectivo, sino que hace que todo sea más dinámico y accesible, sin necesidad de atosigar al espectador ocasional que no tenga un interés especial en las clasificaciones científicas o en los conceptos biológicos más complejos. También hace que las conclusiones sean más devastadoras, desde luego, ya que expresar con palabras que un ecosistema está en peligro no tiene ni por asomo el mismo impacto que mostrar imágenes de ese mismo ecosistema (y sus habitantes) muriendo a consecuencia de la acción del hombre. Un consejo: si eres de lágrima fácil asegúrate de tener un pañuelo a mano cuando vayas a ver Planeta Tierra II.


La voz del narrador que he mencionado antes es, obviamente, la del incombustible David Attenborough, toda una leyenda de la divulgación científica. En ese sentido siempre será recomendable acercarse a estos documentales en su versión original, para disfrutar de la voz pausada, apasionada y melosa de Attenborough. Como todo buen divulgador, el naturalista británico es también un excelente narrador, capaz de hipnotizar al espectador y sumergirlo por completo en lo que aparece en su pantalla. Quizá sea su convicción la que le permita conectar tanto con el público, ya que Attenborough lleva desde finales de la década de los 70 participando en documentales cuyo objetivo último es concienciar acerca de la importancia de la conservación del mundo natural. Este hombre venerable, que tiene ya noventa años, ha dedicado casi toda su vida a difundir un mensaje de admiración y respeto por la naturaleza, por lo que no me cabe duda de que se cree todas y cada una de las palabras que ha locutado por mucho que formen parte de un guión. Por tanto, cuando la voz de Attenborough habla sobre la tragedia que supone la pérdida de biodiversidad, la tristeza y el sentimiento de pérdida que percibe el espectador son dolorosamente reales.

Pero Planeta Tierra II no es tanto un lamento por la naturaleza amenazada como una celebración de esa misma naturaleza. La intención de concienciar siempre está presente, pero en segundo plano. Creo que los productores han sabido manejar con destreza este aspecto, pues los mensajes que buscan concienciar funcionan mucho mejor cuando son sutiles y asaltan al espectador por sorpresa que cuando se presentan de forma descarada o evidente. Por eso los episodios de la serie nunca empiezan advirtiendo sobre las amenazas que se ciernen sobre un ecosistema concreto o sobre los peligros del calentamiento global, sino deleitándose en el puro y simple sentido de la maravilla que se experimenta contemplando la vida salvaje inmersa en su hábitat. Sólo cuando el espectador ha empezado a dejarse llevar por las imágenes y ha sido capturado emocionalmente por el drama de las criaturas que se muestran es cuando se ofrece el mensaje ecologista. En resumidas cuentas, la serie primero hace que disfrutes adentrándote en la vida de los seres más coloridos, extraños o peculiares que te puedas imaginar para luego, una vez que los has conocido y has establecido una cierta conexión con ellos, golpearte con la dura realidad de que todo eso que acabas de observar está siendo amenazado.

Me resulta difícil creer que una persona, por difícil que le resulte sentirse conectada a la naturaleza, sea incapaz de emocionarse con estos documentales. La serie captura tu atención porque te ofrece algo curioso, algo vistoso o algo fuera de lo común. Entonces te va atrapando lentamente en su red y te suelta su mensaje justo cuando más predispuesto estás a escucharlo y más susceptible eres a su impacto. Obviamente, un único documental no es suficiente para que cambie tu actitud respecto al mundo o para modificar tus hábitos de consumo, pero si el mensaje logra calar un poco en ti quizá empieces a tenerlo más presente en el futuro. Eso por sí mismo ya podría considerarse un pequeño triunfo para un sencillo documental.


En cualquier caso, dejando a un lado sus intenciones trascendentes, podríamos valorar Planeta Tierra II sólo por las imágenes que contiene y bastarían para considerarlo una obra maestra. Quizá hayas visto el famoso vídeo de la cría de iguana escapando de las serpientes en la playa, ya que se hizo viral en las redes sociales no hace mucho. Pues bien, se trata de un pequeño fragmento del primer episodio y muchas de las secuencias de los siguientes capítulos son aún más increíbles. De hecho, creo que algunas de las secuencias que se muestran nunca antes habían sido registradas en vídeo. Más de una vez me he preguntando cómo es posible que hayan conseguido esas tomas, pero no hay ningún secreto misterioso aparte de la experiencia y la paciencia de los documentalistas, el uso de la tecnología más moderna y un poco de suerte. Algunas de esas escenas han supuesto un derroche de recursos considerable para ser grabadas, pero otras han sido producto del simple azar. Es lo bonito que tiene la naturaleza, que es imprevisible.

Los espectadores curiosos que al igual que yo se han quedado con dudas acerca de cómo fue el proceso de grabación cuentan con un interesante añadido al final de cada capítulo en la forma de unos breves diarios de rodaje. A mí me han resultado especialmente iluminadores por acercarme al trabajo de campo de los documentalistas, por lo general bastante tedioso y lleno de incomodidades (cuando no directamente peligroso). Los cámaras de Planeta Tierra II las pasaron canutas grabando la serie y comparten algunas experiencias que van desde lo gracioso (en una ocasión decidieron construir su tienda en el lugar en el que los pingüinos de la zona solían defecar) hasta lo admirable (en otro momento tuvieron que mantener el tipo frente a las imparables lluvias amazónicas para no perder la oportunidad de registrar en vídeo a una nueva especie de delfín de agua dulce recién descubierta). Supongo que hay que estar hecho de una pasta especial o al menos creer mucho en tu labor para pasarse un par de semanas recorriendo senderos olvidados de la mano de Dios en un remoto confín del mundo sólo por grabar unos cuantos minutos en vídeo. Ahora bien, doy fe de que esos minutos bien han merecido el esfuerzo invertido en ellos.


Cada uno de los seis episodios se centra en un bioma distinto: islas, montañas, selvas, desiertos, praderas y entorno urbano. Los cinco primeros son más o menos convencionales al retratar entornos conocidos, al menos si sueles ver documentales de este tipo. Siempre aportan algún detalle fascinante, como unas cuantas tomas de una especie poco común o de un comportamiento que no suele registrarse, pero se mueven dentro de unas fronteras que han sido transitadas muchas veces. Es el sexto y último episodio el que me parece más atrevido, ya que se centra en las especies que se han adaptado a compartir el entorno urbano con el ser humano. Algunos de los casos que presenta me resultaban familiares, pero otros han sido todo un hallazgo para mí. El crecimiento de la población de halcones entre los rascacielos de Nueva York o la relación entre los habitantes de cierta región de Etiopía con las hienas moteadas son ejemplos realmente sorprendentes, pero creo que nada supera a la experiencia de ver cazar a un leopardo en plena ciudad de Bombay, en la India, a escasos metros de la zona habitada por las personas. Los documentales sobre animales salvajes en entorno urbano no son frecuentes (sólo me viene a la cabeza una vieja serie documental de Televisión Española titulada Fauna Callejera) y quizá eso pruebe que probablemente estemos menospreciando el efecto que tienen nuestras ciudades sobre la fauna. En efecto, muchas criaturas están viendo cómo el crecimiento de las ciudades les roba cada vez más territorio, pero unas pocas han conseguido adaptarse y medrar en este hábitat peculiar. Cómo afectará este hecho a su evolución futura es una cuestión que merecería ser explorada más adelante.

Es una pena que estas cuestiones no resulten interesantes para el grueso de la sociedad, tan embelesada con sus películas y series de ficción y con tanta dificultad por sentir pasión hacia cualquier cosa que tenga una mínima intención educativa o instructiva. Me entristece pensar que ese vídeo viral de la iguana y las serpientes que mencioné antes ha sido la única ración de documental de naturaleza que ha consumido mucha gente durante este 2016. ¿Tú lo has visto? Si no lo has hecho, te invito a que lo busques. Si ya lo has hecho y aún no te has lanzado a ver el resto de Planeta Tierra II, no sé a qué estás esperando. Hay un buen montón de escenas fabulosas esperándote. No has visto a la rana macho enfrentándose a las avispas para proteger a sus huevos ni a las leonas hambrientas tratando de cazar a una jirafa. Tampoco has visto al perezoso atravesando a nado la distancia entre dos islas para buscar pareja ni a los siluros aprendiendo a cazar palomas en las orillas del río. Esas son las historias que más importan, las historias más auténticas, las que transcurren a nuestro alrededor, en nuestro propio mundo... aunque no nos interesen o no les prestemos atención porque no son más que aburridos documentales sobre animales.


17 de diciembre de 2016

[Cine] Crítica de Rogue One: Una historia de Star Wars


Advertencia: este artículo asume que has visto Rogue One.

No me considero un fanático de Star Wars, aunque la franquicia espacial concebida por George Lucas siempre me ha interesado. Si bien sólo unos pocos me apasionan, al menos recibo con curiosidad todos los productos ambientados en esa galaxia muy, muy lejana que muchos descubrimos siendo niños. Aún así diría que este es un muy buen momento para interesarse por Star Wars, pues el nivel que están teniendo los distintos productos derivados es bastante alto, entre los cómics publicados por Marvel, la serie de animación de Star Wars Rebels y las novelas como Star Wars: Consecuencias o Estrellas Perdidas. Sin embargo, las películas siguen siendo el producto estrella, así como el principal gancho para mantener al público vinculado a la franquicia y consumiendo todo lo que ésta le ofrece. Desde que Disney se hizo con la propiedad intelectual podíamos sospechar que la producción de películas sería constante y que, más allá de continuar la historia principal con una nueva trilogía, pronto empezarían a llegar diversos spin-offs. Disney había demostrado su buen hacer gestionando la versión cinematográfica del Universo Marvel, por lo que sentía una especial curiosidad por comprobar si su modelo de producción encajaba igual de bien con Star Wars. Pues bien, a juzgar por lo visto en este primer spin-off, Rogue One, parece que Disney sabe lo que está haciendo. Con esto no quiero decir que la película sea perfecta, pero desde luego ha satisfecho todas mis expectativas.

Ahora que ya se ha estrenado, durante los próximos días vamos a ser bombardeados sin piedad por infinidad de críticas que aseguran que Rogue One es la mejor película de Star Wars desde El Imperio Contraataca. Puede que la gran mayoría de estas críticas sean puro marketing, pero hay algo de cierto en ellas. La sensación que me ha dejado Rogue One al salir de la sala de cine es similar a la que experimenté hace ya un buen montón de años viendo El Imperio Contraataca por primera vez y creo que esto se debe a las similitudes tonales entre ambas películas. El Episodio V siempre ha sido mi película favorita de la saga de Lucas y he dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre los motivos que me llevan a colocarla por encima de las demás. Entre esos motivos tengo claro que el principal es el tono derrotista de la historia. Mientras en Una Nueva Esperanza veíamos cómo un puñado de cazas eran capaces de destruir la estación espacial más poderosa jamás concebida, en El Imperio Contraataca las fuerzas rebeldes siempre eran superadas en fuerza y número, teniendo que huir constantemente para poder sobrevivir. En esta película se percibía que la posibilidad de ser derrotados era muy real y que las consecuencias podían ser terribles. Después de todo, se trata de la película en la que Luke pierde la mano tras ser derrotado por Vader. Ninguna otra entrega de la saga ha logrado transmitirme esa misma sensación de opresión, esa certeza de que la victoria es muy improbable y ese temor a que los personajes no salgan bien parados de sus aventuras. No obstante, Rogue One ha conseguido transmitirme todo eso y además ha convertido esas sensaciones en hechos: en este spin-off los rebeldes logran alcanzar la victoria, pero a un precio tan alto que hubiese sido inconcebible en la trilogía original.

Otro de los aspectos en el que están haciendo hincapié las críticas sobre Rogue One tiene que ver con su naturaleza de película bélica, más que de película de aventuras especiales. Se habla mucho del interesante relato que hace Rogue One de una galaxia en guerra y de cómo es la vida en las trincheras de una batalla, pero esto no es especialmente novedoso. Toda la franquicia ha girado siempre en torno a la guerra, al fin y al cabo. En mi opinión, la gran aportación de Rogue One en este sentido es que por una vez esta guerra se percibe como una guerra real, no como el conflicto simple y maníqueo de una película ligera de aventuras. Si pensamos durante un instante en cómo ha presentado tradicionalmente Star Wars a los dos bandos enfrentados nos daremos cuenta de que su conflicto es, sobre todo, un conflicto moral: el Imperio es malvado por naturaleza mientras que los rebeldes son bondadosos y luchan por la libertad y la justicia. La franquicia nunca ha mostrado un gran interés en justificar las complejidades de ambos bandos en el cine, presentando a unos buenos muy buenos enfrentados a unos malos muy malos. Por eso, por mucho que se mostrasen espectaculares batallas multitudinarias, la guerra parecía un juego de niños. Los soldados imperiales eran casi una broma con patas, eran malos y eran torpes, así que a ningún espectador se le ocurría cuestionar los actos de los rebeldes cuando los hacían volar por los aires, En otras palabras, la guerra de Star Wars era una guerra para niños, en la que nadie dudaba de que los buenos tuviesen el derecho de matar a los malos porque... bueno, porque eran los malos y seguro que se lo merecían. Así no es como funciona la guerra real.


En el mundo real los conflictos bélicos tienen poco que ver con los conceptos del bien y el mal. La guerra se produce la mayoría de las veces por motivos políticos o económicos y los bandos participantes suelen realizar acciones cuestionables que se consideran criminales fuera del marco del enfrentamiento. En una guerra real no hay "buenos" ni "malos", sino personas obligadas a cometer actos atroces por causas que están mucho más allá de ellos mismos. Los soldados, sean del bando que sean, tienen que obedecer órdenes que muchas veces no comprenden ni comparten. No todos participan en la guerra por los mismos motivos ni tienen el mismo nivel de convicción en sus principios, porque son personas y las personas no son "buenas" o "malas", sino que viven desplazándose por el continuo que hay entre ambos extremos. Pero por primera vez dentro de la saga, Rogue One me ha hecho creer que los soldados de esta guerra eran personas: no todos los "buenos" eran héroes ni todos los "malos" eran villanos depravados. De hecho, uno de los protagonistas de esta película es alguien capaz de matar a sangre fría para proteger a la rebelión de la que forma parte y eso ya se aleja bastante de los héroes de impecable moralidad de Lucas. El único personaje que se permitía jugar dentro de la gama de grises en la saga original era el canalla de Han Solo, pero incluso él acababa creyendo en las moralinas de sus compañeros. En cambio, los personajes de Rogue One son bastante más ambiguos. Quizá no tanto como los protagonistas de cualquier drama bélico que quiera representar una guerra con veracidad, pero yo lo considero un cambio muy refrescante para la franquicia.

Aquí es donde la película trata de hacer equilibrios para ajustar su premisa a la mayor audiencia posible, lo cual incluye a los niños. Hay cierto interés por hacer que las acciones de los personajes sean cuestionables, pero hacia el final todos acaban cayendo en los típicos clichés del heroísmo idealista. En esta película podemos ver a los líderes rebeldes ordenando el asesinato de un hombre inocente que trabaja para el Imperio, cosa que no podría haber sucedido en la trilogía original porque los "buenos" no podían hacer esas cosas. De hecho, no había necesidad de hacer esas cosas porque en el otro bando todos eran "malos". Ni siquiera existía la posibilidad de que hubiese alguien entre los imperiales que estuviese siendo coaccionado u obligado de alguna forma. Pero supongo que las audiencias mandan y al final el grupo de personajes que protagonizan la trama de Rogue One acaba dejando atrás esa moralidad cuestionable y abrazando un heroísmo más o menos convencional. Personalmente me habría gustado que se hubiese explorado más esa idea de un grupo de rebeldes que usan métodos moralmente cuestionables por el bien mayor, pero supongo que eso no es lo que esperaría el público que acude al cine a ver una película de Star Wars. Al fin y al cabo, Star Wars siempre ha ofrecido aventuras ligeras con la lucha entre el bien y el mal de fondo; nada más.

Lo que importa es que la película ofrece una imagen bastante más compleja de lo que supone la guerra y es una imagen bastante desalentadora: los rebeldes están en clara desventaja y caen como moscas ante la imparable maquinaria imperial. El espectador tiene claro que se trata de una batalla desesperada y que la victoria sólo puede lograrse a un coste altísimo. En efecto, los protagonistas de Rogue One acaban entregando su vida por la rebelión y su pequeña victoria sólo sirve para que otros tengan la posibilidad de seguir luchando en su lugar. Creo que este es el final más previsible para una precuela protagonizada por nuevos personajes que luego nunca son mencionados en las siguientes películas, pero no por ello funciona peor. Para mí era sin duda el mejor final posible para esta historia y lo único que lamento es que la película es bastante corta y el tiempo que dedica a presentar y a profundizar en esos personajes antes de su final se me antoja un tanto escaso. Todos los personajes principales me parecen atractivos, pero la acción transcurre con tanta velocidad que apenas hay tiempo para conocerlos. Todos juegan su papel en la trama, pero su reunión es algo forzada y su evolución es tan rápida que cuesta creerla. En especial diría que la protagonista, Jyn Erso, pasa de ser una superviviente amargada a una auténtica creyente en los ideales de la Rebelión con tanta rapidez que resulta algo artificial; algo producto de las exigencias del guión más que de un desarrollo fluido del personaje. Y pese a todo tengo que confesar que tanto su muerte como la de sus compañeros consiguió emocionarme.


La película insiste en que el sacrificio de esta escuadra formada por parias y marginados que decide actuar cuando los líderes rebeldes se lo han prohibido es lo que otorga esperanza a la galaxia. Son ellos los que consiguen robar los planos de la Estrella de la Muerte, permitiendo así que más adelante Luke pueda destruirla en el Episodio IV. Sin embargo, a mí está visión me parece demasiado melosa y, de hecho, conecté mucho mejor con algo que dice Cassian Andor antes de embarcarse en la que será su última misión: tanto sus hombres como él han llevado a cabo actos terribles por la Rebelión y si se rindiesen en ese momento todos esos actos no habrían servido para nada. Todos son conscientes de que tienen las manos manchadas de sangre, pero confían en que sus crímenes permitan que aquellos que vengan detrás se encuentren con una galaxia mejor, en la que ya no sea necesario derramar más sangre y en la que los ideales puedan brillar de nuevo. Por supuesto que la guerra continuará cuando ellos hayan muerto, pero al menos habrán conseguido que sus vidas tengan un significado al luchar por una redención que en el fondo saben que no merecen. Esta idea tan bella y tan triste me emociona infinitamente más que todas esas menciones a la esperanza que tienen más de juego de palabras con el título del Episodio IV que de mensaje filosófico.  

Otro aspecto importante que debería destacarse al hablar de Rogue One es que se trata de la película de Star Wars más diversa que se ha hecho hasta ahora y aquí se nota la mano de Disney, siempre atenta a expandir sus franquicias para que lleguen al mayor público posible. Al igual que El Despertar de la Fuerza, Rogue One tiene a una mujer como personaje central, lo cual ya me parece algo digno de elogio, pero además su reparto reúne actores afroamericanos, latinos y asiáticos. Teniendo en cuenta las críticas que se llevó el Episodio VII por poner a una mujer en el rol protagonista y por haber "forzado" la diversidad, me parece que Disney ha realizado una clara declaración de intenciones con Rogue One: ahora Star Wars es esto y, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta. Sólo por eso la película ya se merece todos los aplausos posibles.

De hecho, pese a la rapidez con la que se suceden los acontecimientos y el apresurado desarrollo de estos personajes, el grupo de protagonistas de Rogue One ya es uno de mis favoritos de toda la franquicia. Y sí, el hecho de que sea el grupo más diverso ha tenido mucho que ver en ello. Yo me crié desde niño con la tripulación original de Star Trek y con los tebeos de la Patrulla X de Chris Claremont, dos franquicias muy distintas pero con un mismo interés en mostrar a un grupo de personajes multirracial y multinacional. Ambas transmitían unos elevados ideales, pero no sólo de palabra sino también con el ejemplo. En otras palabras, no sirve de nada defender la igualdad y la justicia si no se practican. Star Wars siempre ha hablado sobre la lucha por la libertad de los rebeldes oprimidos por el malvado Imperio, pero la presencia de mujeres o minorías étnicas entre las filas de la Rebelión era casi inexistente. Por supuesto que estaba la Princesa Leia, pero ella no empuñaba un sable láser ni pilotaba un Ala-X a través de las trincheras de la Estrella de la Muerte. Ahora al fin eso ha cambiado: el Episodio VII tiene a Rey esgrimiendo su sable láser y Rogue One, además de tener a una mujer dirigiendo a una escuadra en la que es posiblemente la misión más importante de la historia de la Rebelión hasta ese momento, tiene a un grupo rebelde que transmite la impresión de que todos tienen cabida en esta lucha por la libertad independientemente de su origen o del color de su piel. Yo personalmente he disfrutado con locura de los actores asiáticos (Donnie Yen como el monje ciego Chirrut Îmwe y Jiang Wen como el artillero Baze Malbus), pero me ha alegrado ver también a un actor latino (Diego Luna en el papel de Cassian Andor) y a un actor que, pese a ser británico, tiene raíces islámicas (Riz Ahmed como el piloto Bodhi Rook). Rogue One dice alto y claro que, ahora sí, esta Rebelión es la Rebelión de todos.


Quizá haya sido una consecuencia involuntaria, pero el hecho de enfrentar a este grupo tan diverso a la homogénea imagen del Imperio, cuya estética nunca ha ocultado sus referentes fascistas, tiene ahora unas connotaciones que me resultan muy interesantes. El Imperio pretende cortar toda la galaxia siguiendo su patrón, esclavizando o eliminando a todos aquellos que no encajen en sus planes o que no compartan su visión. Básicamente, el Imperio elimina a todo aquello que es diferente, que no encaja dentro de los estrechos cánones imperiales. Por eso es importante que aquellos que se alcen contra esta amenaza sean el ejemplo viviente de toda esa diversidad que el Imperio pretende oprimir o erradicar. Pero claro, por mucho que quieras creer en esa lucha, si no te ves representado en los personajes que la llevan a cabo no puedes considerar que sea "tu" lucha. Creo que Rogue One es la primera película de Star Wars en la que de verdad he sentido como míos los ideales de la Rebelión y esto no es poca cosa. Esto es así porque me he visto representado en estos personajes más que en ningún otro de la franquicia: estos son los parias, los rechazados, los despojos. Son aquellos que son distintos, que no tienen cabida en el universo que concibe el Imperio. Que me aspen si esto no refleja el sentir del día a día de cualquier miembro de una minoría social enfrentada a la presión del resto de la sociedad. Ya sólo falta que el Episodio VIII saque a Poe Dameron del armario para que Star Wars se convierta en aquello que yo siempre quise ver.

Pero volviendo al bando imperial, no querría acabar este comentario sin mencionar lo interesante que me ha resultado el villano de esta película: el Director Krennic, interpretado por Ben Mendelsohn. Simpatizo con bastante facilidad con este tipo de personajes obsesionados con demostrar la valía de su trabajo para así demostrar también su propia valía. Un vistazo superficial nos hará ver a Krennic como el típico oficial imperial que quiere medrar en la jerarquía y aumentar su poder e influencia, pero un análisis más concienzudo nos revelará a una persona que duda de sí misma y de su capacidad. No estoy seguro de que este personaje crea en realidad en la causa del Imperio. Más bien me da la impresión de que su única motivación es demostrar a toda la galaxia que es capaz de llevar a cabo una empresa tan ambiciosa que ha consumido toda su vida. No creo que ansíe el poder por el poder mismo, sino porque el poder probaría que tenía razón, que construir un arma tan impensable como la Estrella de la Muerte era posible y que él y sólo él se merece el mérito por haberlo logrado. Por eso la principal amenaza de Krennic en Rogue One no proviene de Jyn Erso y sus rebeldes, sino del propio Imperio que le arrebata el control de su preciada obra. Dicho lo cual, la muerte de Krennic me parece la más apropiada posible, pues tiene la ocasión de experimentar en su propia persona el poder del arma a la que había dedicado tantos esfuerzos. Es justicia poética, además de una ironía deliciosa.


Me doy cuenta de que ya llevo un texto considerable y apenas he hablado de la película en sí. Supongo que no quiero recalcar lo obvio que otras críticas habrán mencionado hasta la saciedad. La película es muy buena, eso me parece indiscutible. Es dinámica y entretenida, ofreciendo un buen equilibrio entre acción, humor y drama. Su conclusión es algo más dramática de lo habitual, pero tiene todo lo que se espera de una película de la saga. En especial las escenas de acción, incluyendo tanto las batallas en tierra como las escaramuzas espaciales, están entre las mejores que ha ofrecido Star Wars hasta la fecha. Es justo lo que se esperaba de Rogue One, así que en ese sentido la película no me ha sorprendido demasiado.

Sí me ha sorprendido, en cambio, la banda sonora. Esta era la primera vez en la que John Williams no se encargaba de componer la música de una película de la saga, así que había cierta inquietud al respecto. Personalmente, yo encontré a Williams bastante menos inspirado de lo habitual en la banda sonora de El Despertar de la Fuerza, así que tenía muchas ganas de comprobar qué podía ofrecer Michael Giacchino. El trabajo de este compositor en la banda sonora de Doctor Strange me había encantado y, pese al poco tiempo que tuvo para componer la música de Rogue One, su trabajo me ha resultado muy satisfactorio. Hay algo juguetón en la banda sonora de Rogue One, una cierta complicidad que lleva a engañar al espectador con ciertos conjuntos de notas que rememoran a las melodías de Williams pero que luego transcurren por otros derroteros musicales. Se perciben las bases de los temas que todos llevamos en la memoria gracias a la trilogía original, como el tema de la Fuerza o la marcha imperial, pero Giacchino las presenta como si estuviesen aún sin pulir, como si fuesen las versiones prototípicas que más adelante alcanzarían su forma final en las composiciones de Williams. Esto me ha parecido fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de la banda sonora de una precuela. La película se sitúa antes del comienzo de Una Nueva Esperanza y de alguna forma el compositor ha conseguido transmitir que su banda sonora también es anterior a la del Episodio IV

Lo primero que hice al salir del cine fue lanzarme a escuchar la banda sonora y, de entro todos sus temas, tengo que destacar la Hope Suite, el tema con el que se cierra la batalla de Scarif en la película. Es un tema con clara influencia de Williams en el uso de las contundentes fanfarrias de viento, pero que sabe introducir de forma sutil las cuerdas para remarcar los momentos más emotivos. Es el tema que más me llega de toda la banda sonora, desde luego.


Sólo me queda un aspecto por abordar antes de dar por concluida esta crítica y tiene que ver con un tema siempre peliagudo: la nostalgia. La franquicia Star Wars no es la única que sufre una nostalgia desmedida en estos tiempos, sino que parece algo que afecta a todo el conjunto de la cultura popular. Vivimos en una época en la que se rinde culto a décadas pasadas que ya ni siquiera recordamos demasiado bien. Yo nací en la década de los 80 y apenas recuerdo gran cosa de aquellos años, pero la cultura popular parece empeñada en hacerme revivir las mismas sensaciones que experimenté de niño. Hoy hay tantas películas, series y videojuegos desesperados por crear un vínculo emocional con su público que se recurre sin pudor a las memorias infantiles con la esperanza de que, por pura asociación, ese producto despierte alguna emoción dentro de su público. La verdad es que yo empiezo a estar bastante hastiado de toda esta nostalgia gratuita que en el fondo no esconde más que una estrategia de marketing bastante pobre. Empiezo a aborrecer el culto a la década de los 80 y me molesta que la gente considere que todo tiempo pasado fue mejor.

Star Wars no se libra de esta tendencia dañina, pues tanto el Episodio VII como Rogue One recurren demasiado a la nostalgia por la nostalgia misma. Este es el motivo por el que Vader tiene cierta presencia en Rogue One, después de todo. No voy a poner en duda la calidad de las escenas de Vader en esta película. Es más, diría que el personaje nunca antes había resultado tan regio, temible e imponente como en estas escenas y yo las disfruté como el que más. Sin embargo, su presencia aquí es bastante gratuita. Había formas más sutiles de conectar el final de Rogue One con el inicio de Una Nueva Esperanza, por lo que veo a Vader como una concesión al público nostálgico que buscaba una réplica de la vieja Star Wars con efectos modernos. En cierto sentido, es como si los mitos del pasado estuviesen lastrando todas las novedades que aporta la nueva película y esto me parece algo triste. Personalmente habría eliminado las escenas de Vader para darle más tiempo en pantalla al desarrollo de Jyn Erso y sus compañeros. Pero claro, así la película habría perdido el reclamo de la nostalgia. Este es el gran problema de esta moda nostálgica, que la admiración excesiva por el pasado hace que resulte más difícil admirar las bondades del presente.

Yo ya ha visto la saga original de Star Wars y no quiero ni necesito que vuelvan a recrearla. Lo que quiero ahora es una nueva Star Wars, que se amolde al presente y refleje todos los cambios que se han producido en la sociedad durante las últimas décadas. Esto es lo que está haciendo Disney, pero es como si todos los avances que está consiguiendo se apoyasen siempre en la nostalgia por el pasado y esto les restase impacto. Los que vendieron el Episodio VII al gran público no fueron Rey, Finn o Poe, sino Han Solo y Chewbacca diciendo que habían vuelto a casa. De igual forma, el gran reclamo de Rogue One no son Jyn Erso y los suyos, sino Darth Vader y la Estrella de la Muerte. Y por si esto fuera poco la película incluso recrea a Tarkin y a Leia tal y como aparecen en Una Nueva Esperanza, lo cual hace que me pregunte si de verdad era necesario permanecer tan anclado en el pasado. Con lo grande que es el universo de la franquicia Star Wars, ¿de verdad es necesario referenciar una y otra vez la saga original? Con todas las posibilidades que permite un universo así, ¿todo va a permanecer siempre a la sombra de Luke, Leia y Han? No soy ingenuo y sé que las franquicias siempre juegan sobre seguro, apoyándose en productos previos de probada eficacia que han logrado hacerse un nombre en el mercado. Star Wars no pretende cambiar el mundo, sino resultar rentable en taquilla porque no deja de ser cine comercial.

No obstante, me gustaría que los responsables de la franquicia fuesen más valientes y empezasen a dejar la nostalgia de lado para llevar a la franquicia al futuro. Y digo esto pese a ser el primero al que se le saltaron las lágrimas al ver a Han en el trailer de El Despertar de la Fuerza. Digo esto pese a que estuve a punto de caerme de la butaca del cine cuando aparece Tarkin en Rogue One, tan fiel al original que parece que el propio Peter Cushing haya vuelto de entre los muertos. Digo esto pese a que siempre disfruto con los guiños a las anteriores películas y a que cualquier mención a los personajes que conocí de niño me ablanda el corazón. Y, sin embargo, lo que más me motiva ahora no es seguir sumergiéndome en lo que ya me ofreció Star Wars en el pasado, sino descubrir todas esas cosas nuevas que puede ofrecerme hoy. Quiero ver a más personajes como Rey o Jyn Erso. Como Cassian. Como Poe. Como Chirrut. Como Finn. Quiero que Star Wars me muestre cosas que antes no podía mostrarme. Quiero, en definitiva, que el pasado empiece a quedarse atrás de una vez y deje al fin vía libre al futuro. Cuando quiera viajar al pasado siempre podré acudir a las películas originales, pero no quiero ir al cine en busca de una nueva entrega y encontrarme que ésta siempre tiene un pie en el pasado cuando debería lanzarse sin miedo hacia una nueva frontera.


Rogue One es una gran película y se puede disfrutar a muchos niveles. Tiene un reparto de lo más interesante, unas escenas de acción maravillosas y una banda sonora muy bonita. Esconde un montón de guiños y referencias a la franquicia, algunos muy descarados y otros más sutiles que sólo captarán los más avezados. Es algo apresurada y a sus personajes les falta algo de tiempo para que su desarrollo cuaje del todo, pero es casi una película redonda. Lo único que me parece verdaderamente criticable es que se deja lastrar demasiado por la nostalgia. Para mucha gente esto no supondrá ningún problema y en el fondo a mí no me ha impedido disfrutar como un loco de Rogue One, pero me hace pensar en lo lejos que podría haber llegado esta idea si no se hubiese apoyado tanto en esa nostalgia gratuita. Insisto: yo soy el primero que se emociona al ver a Mon Mothma o a un piloto de Ala-X con el mostacho típico de los años 70, pero vivir en el pasado no es sano. Es necesario aceptar que las cosas cambian, que lo viejo queda atrás y que el futuro pertenece a la nuevo.

Una última cosa antes de cerrar. Querido Alan Tudyk (el droide K-2SO en Rogue One), esta es la segunda vez que me haces lo mismo. Ahora esto se ha vuelto personal y pienso enviarte las facturas por los gastos de la terapia que voy a necesitar.