13 de noviembre de 2016

[Cómic] Poe Dameron: Soy sexy y toda la galaxia lo sabe

Mi interés hacia la franquicia Star Wars estaba bajo mínimos cuando se estrenó El Despertar de la Fuerza. De hecho, la película me dejó bastante frío la primera vez que la vi. También es cierto que en ese momento mi percepción estaba condicionada por el constante bombardeo que supuso la vuelta a la actualidad de la moda Star Wars tras varios años de letargo. Tantas voces hablando al unísono, ya fuese para proclamar sus bondades o para denunciar sus fallos, no tuvieron otro efecto en mí más que llevarme hasta el punto de saturación y provocar el subsiguiente rechazo a todo lo que tuviese que ver mínimamente con la saga galáctica. Sin embargo, durante estos meses en los que el fenómeno volvía a enfriarse a la espera de que se renueve el bombardeo con la promoción de la nueva e inminente película, me he dado cuenta de que he vuelto a acercarme a la franquicia poco a poco con un renovado interés. La causa de esto no es El Despertar de la Fuerza, que sólo he vuelto a ver una vez desde el día de su estreno, sino los productos que se han ido lanzando dentro del universo canónico amparado por Disney. Los auténticos responsables han sido la serie de animación Star Wars Rebels, cuyos personajes se han ganado mis simpatías, los cómics de Marvel encabezados por la inteligente serie de Darth Vader de Kieron Gillen y Salvador Larroca y también alguna novela como Star Wars Consecuencias de Chuck Wendig. Puede que estos no sean más que obras derivativas dirigidas hacia los seguidores más consumistas, pero a mí me han devuelto la pasión por un universo del que ya estaba casi desconectado del todo. Por tanto, ahora que volvía a estar receptivo hacia Star Wars, estaba deseando que los personajes de El Despertar de la Fuerza diesen el salto a otro medio para comprobar si podían resultarme más apasionantes de lo que me resultaron en mi primer contacto con ellos. En especial estaba deseando que el piloto Poe Dameron diese el salto al cómic y pasase a protagonizar su propia serie, cuyos primeros números ya están disponibles en España en formato grapa.


Quizá no fuese el personaje más brillante ni el mejor presentado del Episodio VII, pero Poe Dameron me resultó uno de los más atractivos; eso sí, no tanto por el atractivo intrínseco al personaje como por el propio atractivo natural del actor que lo interpretaba, Oscar Isaac. Es más, diría que Poe me interesa más por todo lo que se ha montado a su alrededor fuera de la película que por su participación en el arranque de la nueva trilogía, que es bastante simple. No obstante, la peculiar interpretación del actor y sus declaraciones durante la promoción de la cinta alimentaron las dudas acerca de la sexualidad de Poe y abrieron la puerta hacia una posibilidad estupenda: tener un personaje LGBT entre los protagonistas no sólo de una película de gran presupuesto, sino de una de las franquicias más poderosas de la historia del cine. Pese al compromiso que parece haber adquirido Disney con la diversidad a la hora de afrontar el reto de continuar la saga galáctica, de momento esto no es más que una mera posibilidad y quizá se quede en agua de borrajas en el futuro. Mientras tanto, algunos seguiremos soñando con ella. Para mí sería todo un acierto que un personaje tan carismático acabase siendo gay o bisexual de forma explícita. En cierto sentido, parece que Oscar Isaac lo interpretaba como si lo fuese.

No hay nada de esto en las primeras entregas del cómic de Poe Dameron, aunque me gustaría poder verlo en el futuro. Lo que sí creo que captan bien estas primeras entregas de la colección es el magnetismo que le imprimió Oscar Isaac al piloto de la resistencia rebelde. Poe es un personaje nacido para molar: virtualmente perfecto, habilidoso, carismático, con un punto de picaresca y condenadamente sexy. Puedes sustituir cualquiera de sus diálogos en cualquier número por la frase "soy sexy y toda la galaxia lo sabe" y encajará sin problema con su postura y su expresión facial (yo mismo lo he probado, aunque jamás lo admitiré en público). Trasladar algo tan abstracto como el carisma de una persona real al papel no me parece una labor sencilla, pero este cómic lo consigue de forma más que adecuada. Todo en esta colección parece estar subordinado ante su personaje central, ya que todo es un escenario orientado a proporcionar mayores oportunidades de lucimiento a Poe. La historia en sí es una simple excusa para que Poe luzca palmito, aunque no seré yo quien se queje de ello.


La premisa parte de algo que ya vimos en El Despertar de la Fuerza: el encuentro entre Poe Dameron y Lor San Tekka, el personaje que le entrega el mapa que conduce hasta la ubicación de Luke Skywalker. El cómic nos sitúa algún tiempo antes de la película y su primer arco se centra en el comienzo de la búsqueda de Poe, a quien la general Organa ordena encontrar a Lor San Tekka. Siguiendo sus pasos, nuestro protagonista y sus compañeros (un grupo de pilotos apodado el Escuadrón Negro y el adorable droide BB-8) llegan a un planeta en el que reside un culto subterráneo erigido alrededor de un misterioso huevo gigante. Hasta allí llega también la Primera Orden, con el objetivo de apresar al peligroso piloto rebelde. Los villanos han encargado la misión de detener a Poe a un nuevo personajes llamado Agente Terex, cuyos raíces parecen hundirse hasta el Imperio que gobernó la galaxia años atrás. El conflicto con nuestro protagonista está servido.

El equipo creativo al que Marvel puso al frente de la serie no es nada desdeñable. Los guiones corren a cargo de Charles Soule, un escritor cuyos guiones siempre me han parecido bastante solventes pese a haber tenido algún tropiezo que otro. Este no es su primer cómic dentro del universo Star Wars, donde ya se encargó de las miniseries Lando (ya publicada en España) y Obi-Wan & Anakin (que acaba de empezar a publicarse). y parece bastante cómodo dentro de la franquicia. Por otro lado, el apartado gráfico es obra de Phil Noto, un dibujante por el que siento cierta debilidad. Si bien es cierto que me parece mejor ilustrador que dibujante, en el sentido de que a veces creo que necesita pulir un poco más su narración, no tengo problema en perdonarle ciertos detalles por el acabado general que consigue. Hay que tener en cuenta que este artista no se encarga sólo del dibujo, sino también del color, con todo lo que ello supone durante la realización de una serie regular con sus exigentes plazos de entrega.

Habrá que ver qué planes tienen los dos autores para darle vidilla a la colección más allá de su premisa inicial, que se me antoja demasiado simple y poco llamativa. Como he dicho antes, entiendo que todo lo que se plantea es un escenario construido para ensalzar a Poe, pero espero que la serie se tome su tiempo de forma que tras unos cuantos números podamos conocer algo mejor al resto del reparto. Ya sé que Poe y BB-8 son geniales, así que ahora espero que se le otorgue el debido trasfondo a los secundarios, en especial a los miembros del Escuadrón Negro (entre los que se encuentra un personaje de Star Wars Consecuencias que me interesa bastante). Por lo visto en los primeros número se intuye que esa es la intención de los autores, aunque se necesitará tiempo para conseguir que esos personajes se hagan un hueco en el corazón del lector. Teniendo en cuenta que las series de Star Wars que publica Marvel huyen de los cuadros de texto y de los monólogos interiores, el desarrollo de personajes debe hacerse de formas mucho más sutiles que mediante la clásica exposición a base de texto. Creo que este aspecto le falla un poco a Soule en esta cabecera, cuyo primer número reposa demasiado en los diálogos con función expositiva, pero esto no es nada que no pueda mejorarse en el futuro. Por otro lado, también espero un villano a la altura del héroe protagonista. El Agente Terex tiene potencial para serlo, aunque aún está bastante lejos de convertirse en un personaje memorable. El tiempo dirá.

Finalmente, una última expectativa que me gustaría que cumpliese esta colección tiene que ver con el asunto de la sexualidad de Poe. Imagino que cualquier revelación sobre este aspecto se habrá reservado para la trilogía cinematográfica, pero los cómics podrían seguir dando pequeñas pistas que alimenten la rumorología asociada al piloto rebelde. Bastaría con algo tan simple como mostrar a Poe flirteando con algún personaje masculino al más puro estilo del Capitán Jack Harkness de Torchwood para dejar que el fandom siguiendo soñado. Y yo con él, por supuesto.


Para acabar estas rápidas impresiones sobre el arranque de esta cabecera sólo me resta decir que, como los demás cómics de Star Wars de Marvel, la serie de Poe Dameron ofrece un entretenimiento fácil y accesible. No es necesario estar al día acerca de todos los detalles del universo expandido para poder seguir la trama y su lectura es apropiada para todas las edades. Se trata de un cómic agradable de leer, con un apartado gráfico resultón, mucha acción y un protagonista carismático. No es ni mucho menos una serie sobresaliente, pero su inicio es sólido como una roca. Hay algunos aspectos que podrían mejorarse, pero se compensan con el gran potencial desplegado para futuras historias. No todas las series tienen que estar por encima de la media: a veces basta con que sean entretenidas y te hagan pasar un buen rato. Ésta es una de esas series.

Personalmente, agradezco este tipo de obras ligeras. De hecho, considero que son el auténtico motor de una franquicia tan masiva como Star Wars. Las nuevas películas irán llegando a su debido tiempo y propiciarán nuevos arranques de euforia colectiva, por supuesto. Durante esos momentos, Star Wars será la moda imperante y todo el mundo hablará sobre la franquicia y querrá saber más sobre ella, lanzándose al consumismo compulsivo de todo tipo de material. Sin embargo, cuando pase la fiebre y el interés general empiece a flaquear, la franquicia quedará de nuevo en manos de los productos menores, como Star Wars Rebels, los cómics de Marvel o las novelas. Al menos en mi caso, son esos productos menores los que consiguen que la saga galáctica me interese y me apasione, no por una fiebre momentánea sino por la progresiva acumulación de horas y horas de buen entretenimiento a base de propuestas sólidas y agradables.


8 de noviembre de 2016

[Documentales] Jodorowsky's Dune: cuando el fracaso es un triunfo


Muchas películas han alcanzado el estatus de leyenda en la historia del cine, pero sólo una lo hizo sin llegar nunca a ser rodada: Dune, de Alejandro Jodorowsky. Durante los años 70, el director chileno había asombrado y escandalizado a los espectadores con películas como El Topo o La Montaña Sagrada. Fue en esa época cuando se embarcó en el colosal proyecto de adaptar al cine Dune, la novela de ciencia ficción escrita por Frank Herbert. Jodorowsky se planteó la tarea como una especie de "misión sagrada" y quiso reclutar a los mejores "guerreros espirituales" para dar vida a una película que pretendía ser un "mesías" para una nueva era y provocar todo un despertar espiritual en aquellos que la viesen en las salas de cine. De esta forma, el director se rodeó de algunos de los artistas más destacados de su época, como Moebius, H. R. Giger y Chris Foss. Es más, logro reunir un reparto de actores que incluía a figuras como Orson Wells, Mick Jagger, David Carradine y hasta el mismísimo Salvador Dalí. Sin embargo, aquel proyecto de ambición desmesurada acabó chocando contra las expectativas conservadoras de Hollywood. En una era pre-Star Wars, la mera idea de realizar una película de ciencia ficción de alto presupuesto ya era risible para los productores. Pero además aquella era una película tan osada, desafiante, rupturista y poco convencional que atemorizó a los estudios. La única manera de que semejante locura se rodase pasaba por adaptarla a lo que Hollywood consideraba adecuado, limitando su duración y apartando de la dirección al ambicioso y estrafalario Jodorowsky. Previsiblemente, cuando el equipo se negó a pasar por el aro el proyecto quedó en el limbo y aquella película jamás llegó a rodarse. ¿Por qué entonces el Dune de Jodorowsky se convirtió en una leyenda? ¿Cómo es posible que una película que nunca se rodó se considere una de las más influyentes de la historia del cine moderno? ¿Qué tenía aquel proyecto para que sigamos hablando sobre él décadas después de que se cancelase? Esas son las preguntas que aborda el documental Jodorowsky's Dune, dirigido por Frank Pavich en 2013.

Pero antes de hablar sobre el documental es necesario abordar la figura de Jodorowsky, una persona que a mí siempre me ha dividido: su faceta como artista me parece incuestionable, pero su faceta como "gurú espiritual" y "psicomago" me parece bastante deleznable e incluso peligrosa. He visto y leído muchas entrevistas con el chileno y siempre me he encontrado con algún comentario suyo que me ha resultado escandaloso, ridículo o absurdo. En especial cuando habla sobre sexualidad su pensamiento me parece retrógrado y machista a más no poder. No obstante, hace ya algún tiempo que aprendí a separar al artista de su obra, de forma que puedo admirar las creaciones de Jodorowsky aunque el propio Jodorowsky me parezca un mamarracho de mucho cuidado. Lo que sí tengo que concederle es que se trata de una persona con carisma, capaz de llevarse a la gente a su terreno con facilidad y de vender sus ideas con convicción. Estas son características aplicables tanto al gurú de una secta como a un director de cine y Jodorowsky fue ambas cosas mientras trabajaba en Dune. Puede que no comulgue con su visión mística del mundo, pero desde luego que comparto su visión mística acerca de lo que debería haber sido aquella película.

Me considero una persona apegada con fuerza a lo empírico, por lo que para mí la espiritualidad no tiene cabida alguna en el mundo material. Sin embargo, eso no quiere decir que rechace cualquier forma de espiritualidad. Desde mi perspectiva, aquello que consideramos espiritual pertenece al mundo del arte, donde reina la emoción y no la razón. Es en ese contexto donde las ideas de Jodorowsky, incluyendo las más disparatadas, tienen auténtico valor para mí. El chileno apenas conocía la novela original de Dune cuando comenzó a trabajar en su adaptación al cine, pero supo utilizarla como base para construir el mensaje que quería transmitir; un mensaje espiritual, un mensaje sobre el arte como puerta hacia la trascendencia del ser humano. Jodorowsky buscaba que su versión de Dune produjese la misma experiencia que el consumo de LSD sin necesidad de tomar la droga y que permitiese al espectador acercarse a una realidad que está por encima de lo que se puede experimentar con los sentidos. De esta forma se produciría su "despertar espiritual". No obstante, todo esto no hubiese sido más que palabrería de no haber estado apoyado por el argumento de la película.


No es ningún secreto que el Dune de Jodorowsky iba a tener más bien poco que ver con el Dune de Frank Herbert, lo cual no me genera ningún problema pese a que me considero un gran admirador de la propuesta original de la novela. Aunque antes era reacio a que se adaptase una obra de un medio a otro y me quejaba cuando una adaptación no reproducía fielmente el material en el que se basaba, con el tiempo me he dado cuenta de que prefiero las adaptaciones que huyen de querer calcar la obra original y se centran en ofrecer una visión particular en torno a dicha obra. Después de todo, la reproducción fiel no aporta nada nuevo y con frecuencia permite que se pierda parte de la esencia original al cambiar de medio. Sin embargo, cuando una adaptación coge el material original y se lo lleva a su terreno, sí está aportando un punto de vista novedoso. Puede que la adaptación centre su enfoque en algunos aspectos que pasaban desapercibidos en la obra en la que se basa, que actualice el contexto en el que se desarrolla o que use el material de partida como excusa para construir el mensaje que quiere lanzar. Esto último es lo que iba a suceder con el Dune de Jodorowsky, que supondría numerosos cambios respecto a la novela con el fin de transmitir el ideario espiritual de su director.

No conocía la propuesta del chileno para la conclusión de la película hasta que vi este documental y tengo que reconocer que me parece fascinante. De hecho, pese a distanciarse mucho del final de la novela tengo la sensación de que encaja como un guante dentro de la mitología desarrollada por Frank Herbert. En la novela, dos casas nobles se disputan el dominio sobre el planeta Arrakis, más conocido como Dune, el único lugar del universo donde se encuentra una sustancia que prolonga la vida, potencia la cognición y otorga la capacidad de predecir el futuro llamada especia melange. Al final, los dos herederos de ambas casas luchan en un combate a muerte en el cual vence el héroe protagonista, Paul Atreides. Así, Paul reclama Dune, asciende al trono y se convierte en el mesías de una cruzada religiosa que se extenderá por el universo gracias a los poderes que le concede la especia. En cambio, el final propuesto por Jodorowsky ofrece una conclusión mucho más atrevida para Paul (y que el documental de Frank Pavich recrea con detalle en una escena fabulosa). Durante el duelo entre el heredero de la Casa Atreides y su rival, Feyd-Rautha de la Casa Harkonen, Paul es vencido y degollado. Mientras la sangre le mana del cuello, con sus últimas palabras declara que ya no puede ser derrotado porque se ha convertido en algo que ningún arma puede vencer. Entonces Paul cae al suelo y su cuerpo muere... pero no su espíritu. La voz de Paul se escucha en ese momento a través de los cuerpos de su madre y de su hermana, presentes en el combate. "Yo soy Paul", dicen. Los seguidores de Paul, los Fremen del desierto a los que ha liderado para reclamar Dune, también hablan con su voz y proclaman "yo soy Paul". Así, tras su muerte física el protagonista logra la trascendencia y arrastra con él a sus seguidores. Todos se han convertido en uno, alcanzando un estado superior del ser. Entonces la especia se propulsa desde los desiertos de Arrakis hasta la atmósfera, creando un anillo alrededor del planeta y acelerando su evolución. El antaño planeta desértico se convierte en un mundo azul rebosante de vida y escapa de su órbita para recorrer el universo anunciando la llegada de una nueva era para la humanidad. La pantalla se funde en un color azul intenso y aparecen los créditos. Fin.

Qué inspiradora y optimista es esta propuesta tan distinta de la de Frank Herbert. El escritor también se refiere a Paul como una figura mesiánica en la novela, pero lo hace en términos mucho más oscuros. Para Herbert, la presciencia de Paul es una trampa. Su capacidad de ver el futuro le convierte en un mesías, pero también le arrebata su libre albedrío y le separa del resto de la humanidad. Aunque sabe que sus acciones acabarán produciendo un baño de sangre en todo el universo conocido, una vez que pone en marcha la cadena de acontecimientos que conducirá hasta el futuro que ha visto ya no puede escapar de ella. Por eso en el Dune de Frank Herbert y en sus secuelas el personaje de Paul es un héroe trágico, un mesías que nunca quiso ser tal cosa, así como el desencadenante de una situación terrible que tardaría milenios y cientos de generaciones en solucionarse. En cambio, para Jodorowsky Paul es una suerte de mesías hippy que provoca la convergencia de todos los seres vivos en una única consciencia universal. Así, todos los humanos se hacen uno solo. Todos son Paul. Paul es todos. Es más, todos son el propio planeta Dune, que comienza entonces su viaje por el universo para dar la buena nueva. Es fácil imaginar que la intención era que el viaje de Dune fuese más allá de la pantalla de cine, alcanzando las mentes de los espectadores e incitándoles a pensar en esa unión mística, esa consciencia universal, ese destino último del espíritu humano. El mensaje que quería enviar Jodorowsky con ese Dune azul recorriendo el cosmos era precioso y conmovedor. Es una pena que nunca llegase a plasmarlo, una auténtica pena.


Pero por muy bonito que fuese su planteamiento, aquella película era objetivamente una locura. Creo que el chileno estaba tan convencido de su visión que perdió el norte y ya no sabía lo que tenía entre manos. Por poner algunos ejemplos que se mencionan en el documental, su forma de reclutar a los que él consideraba los actores apropiados para los distintos personajes de la película era cuanto menos poco ortodoxa. Jodorowsky quería que Salvador Dalí interpretase al Emperador del universo y para conseguirlo estaba dispuesto a aceptar cualquiera de los desafiantes caprichos que le plantease el artista... por absurdos que fuesen. De esta forma, cuando Dalí puso como condición para interpretar el papel que apareciese una jirafa en llamas en la película, Jodorowsky incluyó a una jirafa en llamas en su guión. La dichosa jirafa ardiente puede verse en el storyboard que realizó Moebius, de hecho. Esta es una buena prueba de que el director estaba tan comprometido con el proyecto que tenía entre manos que habría hecho casi cualquier cosa para sacarlo adelante, pero dudo que fuese consciente del monstruo delirante al que quería dar a luz. La película no sólo excedía todo presupuesto, sino que planteaba escenas imposibles de rodar con las técnicas disponibles en los años 70. Diría que incluso planteaba escenas que resultarían difíciles de rodar hoy en día, en plena era del CG. La película iba a tener una duración desmesurada, iba a ser un desafío técnico sin precedentes e iba a costar una millonada. Todo eso ya era más que suficiente para encender todas las luces rojas en las cabezas de los productores, pero es que además aquella iba a ser una película tan poco convencional, tan atrevida, tan excéntrica que no se podía comparar con nada. El Dune de Jodorowsky iba a ser un Star Wars antes de que existiese Star Wars, iba a ofrecer un despliegue visual psicodélico y surrealista sin igual ("como el LSD pero sin necesidad de tomar la droga", en palabras del propio director) y además iba a ser una película espiritual. No existía nada parecido en ese momento y la respuesta ante lo nuevo nunca suele ser positiva. Los productores se asustaron. Quisieron mutilar el proyecto de Jodorowsky y el chileno se vio en la tesitura de tener que elegir entre abandonar su amado sueño en manos de quien lo hubiese cambiado de arriba abajo o simplemente dejarlo morir. Eligió lo segundo.

Lo irónico es que pese a que nunca llegó a existir, el Dune de Jodorowsky cambió el mundo. Cuando la película se canceló, el equipo de artistas que se había reunido para llevarla a cabo siguió trabajando en el cine y los estudios acabaron haciendo uso de sus talentos. Este equipo, formado por gente como Moebius, H. R. Giger y Chris Foss, se puede encontrar detrás de películas como Alien, el Octavo Pasajero, Blade Runner o Tron. Sin el Dune de Jodorowsky es posible que estas películas no hubiesen existido o hubiesen sido muy distintas. De hecho, fue Jodorowsky quien convenció al artista H. R. Giger para que trabajase en el cine, así que sin él es posible que el célebre xenomorfo de Alien nunca hubiese existido tal y como lo conocemos. Por otro lado, sin el Dune de Jodorowsky no habrían existido El Incal o La Casta de los Metabarones, dos cómics fundamentales y tremendamente influyentes que se derivan de las ideas que el propio Jodorowsky no pudo plasmar en su película. ¿Por qué aún seguimos hablando sobre esa cinta que nunca se rodó? Pues porque sus ecos se siguen escuchando hoy. Las semillas que plantó dieron lugar a otras películas, a cómics y a libros que heredaron parte de la visión original de ese loco proyecto que no llegó a materializarse.

¿Cómo habrían cambiado las cosas de haber existido la película? ¿Cómo sería el mundo si el fenómeno Star Wars hubiese llegado antes de Star Wars y se hubiese producido con una película como esta? ¿Habría calado su mensaje en la sociedad? Sólo podemos especular. Puede que el Dune de Jodorowsky no llegase a existir, pero su legado es innegable. El documental establece un emotivo paralelismo entre lo que le iba a suceder a Paul al final de la película y lo que le sucedió al proyecto. Igual que Paul murió pero al hacerlo trascendió su cuerpo y trajo una nueva era de iluminación, el Dune de Jodorowsky fue asesinado por Hollywood permitiendo que de sus cenizas surgiesen nuevas y atrevidas ideas que cambiaron el mundo. Su legado es inmortal. Muchas voces siguen proclamando "Yo soy Paul" ante la oscuridad del universo.


Por supuesto que Dune acabó llegando al cine, aunque ya poco tenía que ver con aquel proyecto desmesurado. De todas formas, el daño ya estaba hecho. Jodorowsky tardó más de veinte en años en volver a hacer una película, en parte por el fracaso que supuso para él no haber conseguido dar vida a su visión. El documental es bastante revelador en este sentido, mostrando a un Jodorowsky que a sus más de ochenta años ya ha aceptado que su Dune nunca llegará a existir. No obstante, en los minutos finales lanza un desafío: cuando él muera, aquel que quiera realizar una película de animación de Dune a partir de su trabajo podrá hacerlo. Esa sería la única forma posible de que la película pudiese hacerse tal y como él la había concebido, así que el guante está en el suelo esperando a que algún valiente se atreva a recogerlo algún día.

En cualquier caso, el Dune de Jodorowsky fue un proyecto fallido, un fracaso. Conjuró a uno de los equipos creativos más talentosos de la historia y lo puso a trabajar en un corpus maravilloso de bocetos, ilustraciones y diseños, pero fue un fracaso. Sirvió de inspiración para algunas de las obras más recordadas de las últimas décadas, pero fue un fracaso. Aspiró a ser algo distinto, innovador y anticonvencional, algo que provocase una revolución en la forma de pensar de los espectadores, pero fue un fracaso. Pues si esto es el fracaso, ¡entonces viva el fracaso! ¡Viva la ambición que llevó a Jodorowsky a desear las estrellas! ¡Viva la integridad que le hizo renunciar a un proyecto por el que lo había dado todo cuando los productores quisieron cambiarlo! ¡Viva el Dune de Jodorowsky! ¡Yo también soy Paul!